5 de septiembre de 2015

DECISIONES 14



Cuando llegó a casa no le extrañó que Freya no saliese a recibirla. Las dos eran demasiado independientes para esas muestras de cariño. Seguramente estaría acomodada en alguno de los sillones, ya que la mecedora de la cocina estaba vacía. Laura guardó cuidadosamente todas las provisiones que había comprado y luego se hizo un café y se lo llevó a la sala para tomarlo tranquilamente sentada en su sofá preferido, mirando hacia el jardín. Se dio cuenta de que llevaba al menos dos días sin pensar en su plan de suicidio y constatar ese hecho la hizo sentirse rara; ni bien ni mal, sino simplemente extrañada consigo misma. Últimamente solo pensaba en eso, y la sorprendió que tanto la llegada de Freya como conocer a Mortem, es decir, a Isabel, la había alejado de esos pensamientos, aunque ella sabía que era algo puntual.
Al volver a la cocina para fregar la taza y el platito del café le extrañó no ver a la gata en su mecedora. La buscó por toda la casa, incluso la llamó a voces, aunque ya sabía que no acudiría a su llamada. Y de repente se sintió más desesperada de lo que había estado en años. Aunque no quisiese reconocerlo se había acostumbrado a compartir la casa con otro ser vivo y ahora, ante la posibilidad de perderla, se le encogió el corazón. Buscó por el jardín, incluso salió a la calle y la recorrió toda mirando hacia uno y otro lado, pero a esas horas de la tarde no había nadie más que un par de madres vigilando los juegos de sus hijos. Les preguntó si habían visto a la gata y le dijeron que no. Volvió a casa alicaída y al abrir la puerta la soledad y el silencio se adueñaron de ella como los tentáculos de un animal monstruoso. Se sentó en la mecedora donde solía estar Freya y se sorprendió a sí misma apretando contra su pecho el cojín que conservaba su olor. Se enfadó por ser tan imbécil se estar derramando lágrimas por una gata. ¿Es que se iba a convertir en una estúpida vieja sentimental apegada a un animalito?
No sabía cuánto tiempo estuvo allí sentada, mirando hacia la nada, con el cojín en el regazo. Pero cuando la sobresaltó el timbre de la puerta ya estaba oscureciendo y los árboles del jardín se habían convertido en sombras. Acudió a abrir después de mirarse en el espejo del recibidor y componerse la cara. Quien quiera que fuese, aunque se tratase de un testigo de Jehová o de un vendedor de seguros, no debía verla con restos de lágrimas.
Al otro lado de la puerta estaba un hombre de su edad, alto y con el pelo completamente blanco, al igual que el bigote, lo cual contrastaba con su tez morena. Laura no le conocía de nada, pero tampoco le importaba, porque llevaba en brazos a Freya, que al ver la puerta abierta se lanzó al suelo de un salto y entró con porte de reina, sin dignarse mirarla ni medio segundo.
-Supongo que es suya. La he visto alguna vez al pasar por la calle, atisbando por la ventana.
-Sí, es una cotilla empedernida. Lo que no sé es por donde ha podido salir a la calle. Gracias por traerla. Confieso que estaba preocupada.
Y decirlo en voz alta la hizo sentirse mejor por una parte aunque por otra no sabía si le gustaba esta nueva faceta suya que estaba descubriendo.
-Me llamo Lucas Pardo. Vivo en la casa de al lado con mi nieto. Nos hemos mudado hace apenas dos días.
Y le ofreció la mano, que Laura estrechó, sorprendida. ¿Cuánto tiempo hacía que no había tenido contacto humano? La palma era seca y dura, pero agradable al tacto.
-Yo soy Laura Serrano. Vivo aquí desde siempre.
Y sin saber muy bien por qué lo hacía y sorprendiéndose de nuevo a sí misma, le invito a que tomase con ella un café. Él aceptó y cuando le invitó a esperar en la sala, declinó la oferta y dijo que prefería, si a ella no le importaba, que lo tomasen en la cocina. Y así, sin haberlo planeado, Laura se vio preparando café para un desconocido y compartiendo con él su mesa llena de muescas y recuerdos.
-No sé si recuerda usted a la pareja que vivía antes en la casa. Eran mis suegros.
Ahora estaba claro. Entonces este hombre era el marido de Carmen, la chica que había sido su vecina.
-Sí, claro que me acuerdo. La casa lleva vacía muchos años, pero me acuerdo ligeramente de Carmen, su mujer. Está aquí también, supongo.
-Murió hace tres años.
Lo dijo de manera despegada, como podría haber constatado que hacía buen tiempo. Y Laura, que nunca había sido diplomática y ahora lo era menos todavía, no hizo lo que se suele hacer en estos casos, que es decir lo siento mucho. Porque en realidad ella no lo sentía. Apenas la había conocido, por tanto le parecía estúpido decir un convencionalismo.
-Así que el chico de la moto es su nieto-afirmó, en cambio, sin mencionar el hecho de que hacía poco tiempo que había perdido a su mujer. No le gustaba entrar en el dolor ajeno, como no permitía que nadie entrase en el suyo.
-Sí, es Carlos, mi único nieto, por suerte. Ya sé que los abuelos se supone que no deben decir estas cosas, pero me tiene frito. Con diecisiete años, ya se puede usted imaginar.
-¿Y sus padres?
-Están separados. Su padre se ha casado de nuevo y tiene un bebé de meses, supongo que su nueva esposa lo último que quiere es luchar con un adolescente rebelde. Y mi hija ahora mismo está trabajando en Alemania. Es ejecutiva en una importante empresa de publicidad y lo que más le importa es su trabajo. Así que a mi me ha tocado cargar con el mochuelo-dijo, en un arranque de sinceridad que hizo que Laura le mirase con agrado. Al menos no era hipócrita, lo cual según su tabla de valores decía mucho de él.



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