14 de septiembre de 2015

DECISIONES 16



Laura estaba esperando a Isabel, que llegaba tarde a comer, como de costumbre. Era ya la tercera vez que compartían mesa y mantel y estaba cansada, aunque no sorprendida, de los malos modales de la muchacha. Llegaba siempre tarde, se sentaba a la mesa de una manera desmadejada, como si tuviese todos los huesos fuera de su sitio, y ya en el colmo de la desconsideración comenzaba a comer antes de que la propia Laura se hubiese sentado. Cuando se lo reprochó se dio cuenta por su cara de sorpresa de que en realidad no lo hacía por maldad, sino por simple desconocimiento. Nadie durante toda su corta vida se había preocupado por inculcarle las más elementales normas de cortesía. Tristes tiempos en los que los padres descuidaban a sus hijos hasta el punto de no educarles. Su madre había sido una mujer fría y dura, pero nunca pudo decir que se despreocupase de ella, sino todo lo contrario.
Cuando comían juntas intentaba que Isabel participase de la conversación. Le preguntaba por sus clases, por sus amistades, por su familia…pero apenas obtenía monosílabos como respuesta. Presentía que iba a ser una tarea dura e ímproba, pero se había propuesto cambiar alguna de sus costumbres. De entrada le había prohibido que se sentase a la mesa con el teléfono móvil. El primer día se quedó boquiabierta al ver que al tiempo que comía tecleaba como una posesa.
-¿Se puede saber qué estás haciendo?
La muchacha levantó la vista, sorprendida.
-Enviando mensajes.
-¿A quién? ¿Qué puede ser tan urgente que no lo puedas enviar después? ¿Es que se está incendiando algo?
-No seas pesada, tía, solo contesto a un whatsapp que me ha enviado una compañera de clase.
Laura suspiró. La paciencia no era algo que la caracterizase, pero decidió que empezaría a tratar, al menos, de ejercer ese bendito don.
-Primero, no me llames tía, puesto que no somos familia, que yo sepa. Y segundo, en mi mesa lo único que se hace es comer y mantener una conversación agradable, e inteligente, a ser posible. Aunque esto último…lo dudo. Deja el teléfono a menos que quieras que te lo confisque.
-¿Significa eso que me lo vas a quitar?
Laura no pudo evitar sonreír. También su vocabulario era parco.
-Más o menos. Así que guárdalo a buen recaudo, siéntate derecha como una señorita y no me enseñes la comida cuando mastiques. Y por Dios bendito, no agarres el cuchillo como si fueses a despellejar a un bisonte. No hay que empuñarlo para cortar el filete. También sería bueno que para el pescado usases la pala.
Los días siguientes las cosas habían mejorado un poco, no lo suficiente, pero si lo necesario para que no desistiese de hacer de esa niña una persona un poco más normal. No sabía realmente por qué motivo se preocupaba por ella. Pero de alguna manera le parecía que era tremendamente injusto que se estropease una vida que comenzaba a despuntar. La suya ya no tenía remedio, no había nada nuevo que la atrajese o que la empujase a vivir. Pero antes de dejar este mundo quería dejar una obra que perdurase en el tiempo. No era artista. No escribía ni pintaba, tampoco componía música ni era escultora, pero no había sido una mala educadora, y quería, antes de marcharse, superar un último reto.
Mientras limpiaba la verdura se preguntó en qué momento empezó a sentirse desengañada de la vida y superada por las circunstancias. Recordaba una exposición que había visitado unos diez años atrás. Trataba sobre la melancolía reflejada en el arte a lo largo de la Historia. Había salido de allí con la sensación de haber hecho un gran descubrimiento. También ella padecía de melancolía, entendida casi como una enfermedad, como un mal que aquejaba a unos cuantos seres extraños, que siempre estaban descontentos con la vida y con el mundo en general. Algunas personas decían que solo los tontos son felices; pero ella no estaba del todo de acuerdo. Envidiaba profundamente a esas personas que son capaces de sonreír con una puesta de sol, o que disfrutan con las pequeñas cosas hasta el punto de que esas pequeñeces les hacen olvidar males mayores. Ella no había tenido en su vida grandes padecimientos. Tal vez desengaños amorosos, personas que le habían prometido mucho y luego la habían engañado; pero nada más. Siempre había tenido buena salud y el suficiente dinero para vivir, sino con lujos, si al menos con comodidades. Sin embargo, siempre había tenido la sensación de que la vida le estaba robando algo muy importante, aunque no supiese exactamente qué. No había nada que la motivase, excepto, en ese justo momento, hacer que esa chica dejase de ser Mortem y pasase a ser Isabel.





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