15 de septiembre de 2015

DECISIONES 17



Hacer un trabajo manual siempre le permitía pensar y recordar con mayor claridad. Las manos estaban ocupadas pero la cabeza libre. Y su cabeza siempre giraba y giraba, dando sin cesar vueltas a las cosas. Envidiaba a esas personas que sabían cómo poner la mente en blanco. ¿De qué manera se conseguía? Ella era incapaz de no pensar, a menos que durmiese. Y cada vez dormía menos horas. Aunque es verdad que ahora, con la llegada de Freya, esas pocas horas que conseguía dormir eran más gratificantes. El ronroneo majestuoso y distante de la gata era como un cordón umbilical que la unía a un ser vivo, un ser cuyo corazón latía cerca del suyo, y al que había que alimentar y mantener limpio.
Puso la mesa despacio, deteniéndose en alisar bien el mantel y colocar los platos, vasos y cubiertos perfectamente alineados, como soldados que se disponen a hacer la instrucción. Y recordó la tarde que había salido a tomar un café con Lucas Pardo. ¿Había disfrutado? Una parte de ella se negaba a reconocerlo, porque entonces también tendría que reconocer que la vida de vez en cuando nos hacía regalos inesperados, y eso no estaba dispuesta a aceptarlo; desbarataría sus planes o al menos los haría menos creíbles para ella misma. Pero había otra parte, la más honesta, que le decía que si lo había disfrutado. Hacía ya tiempo que no conversaba con alguien de inteligencia superior a la media, con gustos similares a los suyos en música y literatura, y que no era políticamente correcto. Nunca decía lo que se esperaba de él o era lógico que dijese un hombre de su edad y posición. Habían hablado, aunque muy por encima, de su vida pasada. Él le preguntó sin ambages por qué no se había casado y Laura le respondió con sinceridad: quien se lo había propuesto no era totalmente de su interés y quizá quien ella había deseado que se lo pidiese no lo había hecho. Pero también estaba por medio el ligero detalle de su afán de independencia y su endiablado carácter. Y cuando dijo esto último Lucas prorrumpió en una franca carcajada que hizo que todo el mundo en la cafetería les mirase. Al principio Laura se sintió incómoda y hasta algo enojada con él, pero al final los dos terminaron riendo.
-Es cierto que no tiene usted un carácter fácil, amiga mía. Y resulta sorprendente.
-¿Por qué?
-Es que parece, a simple vista, una mujer muy dulce y hasta indefensa. Pero luego, a medida que se la va conociendo, uno se da cuenta de que es usted dura como el pedernal. O al menos eso intenta que los demás creamos.
Laura se quedó callada. Le extrañaba que en tan poco tiempo se hubiese dado cuenta de tantas cosas. Y por eso mismo decidió cambiar de tema. Le molestaba que la gente la analizase. No era un ratón de laboratorio.
-¿Se siente muy solo desde que ha enviudado?
No lo preguntaba sólo por rellenar un espacio de la conversación o para que dejase de hablar de ella, sino también porque le interesaba. Tenía verdadera curiosidad, ella que ya había perdido el interés por casi todo.
Antes de contestar Lucas llamó al camarero con un ligero gesto de su barbilla y pidió que les trajesen otro café.
-En momentos como estos es cuando echo de menos fumar.
-¿Fumaba usted?
-Mucho. Más de dos cajetillas al día. Pero lo dejé hace más de diez años. Uno de mis mejores amigos se murió de cáncer de garganta y la verdad es que me dio miedo. Bien…usted quiere saber si me siento solo después de enviudar. Y le diré que no.
Se quedó callado mientras el camarero les servía y antes de seguir hablando puso azúcar en la taza y removió parsimoniosamente el contenido.
-El hecho es que siempre me he sentido solo. Creo que desde que era un adolescente, más joven que mi nieto, ya estaba solo. La vida con Carmen no fue mala, ni buena. Si tuviera que aplicarle un calificativo diría que fue insulsa. Era una buena persona y buena esposa si nos atenemos a los cánones. Cuidó perfectamente de la casa y de nuestra hija.
-Pero…-le animó Laura con un interrogante en esa sola palabra.
-El problema es que quería cuidar de mí en demasía. Y me agobiaba. Pretendía que mi mundo se redujese a la niña y a ella. Que viniese directamente a casa del trabajo, que la acompañase a la iglesia, que fuese con ella al cine a ver las películas que ella elegía para los dos y que me pusiese las corbatas y trajes que ella me compraba. Y que le hiciese el amor los sábados a las once de la noche, sin desprendernos del camisón y el pijama, con la luz totalmente apagado, sin gemido ni palabras lascivas, por supuesto, y durante diez minutos, como mucho. No sé cómo no escribió un manual al respecto.
Laura se rio sin disimulo. Ella siempre había sido muy libre en las cuestiones sexuales y le hacía mucha gracia que las mujeres de su época y por lo que sabía todavía algunas de la presente, viesen la sexualidad como un pecado o un mal necesario.
-Con lo cual…debo entender que ha tenido usted innumerables amantes.
-No tantas-sonrió Lucas. Pero sí algunas. Pero ¿sabe usted cuál es el problema de las amantes?
Ella denegó con un gesto.
-Que tarde o temprano todas pretender ser esposas. Y ahí se termina la gracia.




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