17 de septiembre de 2015

DECISIONES 19


Después de compartir su tiempo con alguien y como estaba desentrenada en esas cosas, siempre necesitaba estar sola y a ser posible en contacto con la Naturaleza. Por suerte su casa estaba en las afueras y su jardín trasero lindaba con montes de pinos y eucaliptos, esos árboles a los que nunca había podido acostumbrarse porque no eran los propios de aquella tierra y de alguna manera actuaban como vampiros sedientos de sangre y chupaban el suelo que ocupaban hasta dejarlo medio yermo, como esas mujeres que se resecan al hacerse viejas.
Mientras caminaba a buen paso y se adentraba en el pinar pensó en el símil que acababa de establecer en su mente y recordó cuánto había sufrido casi veinte años atrás cuando le llegó la menopausia. No había tenido ningunos de esos trastornos físicos que al parecer sufrían casi todas las mujeres; pero su cabeza, siempre dando problemas, la había llevado a pensar que había desperdiciado su vida. Durante mucho tiempo encontró que era injusto que los hombres pudiesen tener hijos durante toda su vida y las mujeres llevasen fecha de caducidad, como los yogures; a pesar de que ahora por decreto ley del gobierno ya ni los yogures caducaban. No es que ella tuviese el sentido maternal muy acendrado, pero era algo similar a saber que aunque ni loca lo haría, sería posible que fuese a Rusia en coche. Nunca había querido ser madre, pero cuando la Naturaleza le quitó la posibilidad de serlo le molestó tanto que estuvo a punto de apuntarse a clases de boxeo. Al final no lo hizo porque cuando asistió a una clase de prueba el saco le dio un golpe en todos los morros y estuvo casi una semana como un Ecce Homo. Y como de alguna manera tenía que espantar sus ganas de matar a alguien decidió caminar diariamente por el monte hasta quedar exhausta. Pero ni así dejaba de pensar y darle vueltas a las cosas. Al final decidió pedir consejo médico y su ginecólogo, un hombre a punto de jubilarse, le recetó parches con estrógenos que proporcionasen a su organismo la dosis de hormonas que el paso de los años y la ingrata naturaleza femenina le negaban. Después de una semana empezó a sentirse mejor y se le fueron pasando poco a poco las ganas de emprenderla a golpes con los padres de sus alumnos en las reuniones del colegio.
La mayoría de sus alumnos eran estúpidos, ignorantes e insensibles, pero cuando se reunía con sus padres, una vez al trimestre, reconocía que no podían ser de otra manera. Con semejantes genes todavía se maravillaba de que caminasen erguidos y comiesen con cubiertos. Siempre había pensado que ciertas profesiones necesitan una fuerte vocación. A saber: cura, médico, militar y maestro. Y ella no la tenía. Sin embargo, dado que era terca como una mula, había cumplido muy bien con su deber e incluso de aquellos más tarugos había sacado algo en limpio.
Siguió recordando mientras andaba a buen paso la conversación con su vecino. Sabía que le había escandalizado, aunque no quisiese confesarlo. Y disfrutaba con ello. Los hombres eran unos seres tan simples que a veces sentía conmiseración; aunque en la mayoría de las ocasiones le producían desprecio. Las mujeres también; quizá todavía más. En general, no apreciaba mucho al género humano.
En una ocasión, hablando con una amiga que acababa de ponerle a su marido unos monumentales cuernos; muy merecidos por cierto, la tranquilizó diciéndole que probablemente el cornudo nunca se enteraría. La razón era muy simple: los hombres son infieles por naturaleza y cuando les sale el primate que todos llevan dentro hacen las cosas a tontas y a locas, y se les pilla enseguida. Además, tienen la fea costumbre de alardear de ello tomando una cerveza con los amigotes y a menudo comen una y cuentan veinte, como en el parchís. Las mujeres en cambio suelen ser infieles por deseo, insatisfacción o venganza, y planean la estrategia a seguir como un general adiestrado en West Point, con lo cual solo son descubiertas cuando, hartas de una situación insostenible, ellas mismas propician ser pilladas in fraganti.
Laura nunca había engañado a nadie. Era partidaria, cuando se cansaba de alguien, de decírselo a la cara y sin demasiadas florituras. Tampoco le gustaba hacer daño gratuitamente. El problema principal era que los hombres no concebían que también la mujer pudiese buscar una aventura sin mayores consecuencias y que el encamarse de manera ocasional no significa ir en busca de las bendiciones.
Todavía recordaba que para curarse de sus miedos a la decrepitud en una ocasión tuvo un lío con un muchacho al que sacaba casi veinte años. Cuando una compañera de trabajo lo descubrió accidentalmente le preguntó por qué lo había hecho. Y ella le contestó mirándola a los ojos: “Porque podía hacerlo. Y porque me dio la gana. Quería demostrarme a mí misma que todavía puedo ser deseable para un hombre guapo y mucho más joven que yo”. Alicia, que así se llamaba su compañera, le contestó que le parecía una depravación. Laura no quiso herirla con una de sus salidas de tono. Pensó que la pobre ya tenía bastante castigo con aguantar al gañán con quien se había casado. Y ella se consideraba premiada por haber podido disfrutar de un cuerpo que parecía hecho precisamente para eso. No prolongó la aventura en el tiempo; sabía que la contención era importante en la vida y a todos los niveles. Hasta el mejor de los dulces puede empachar y causar indigestión.



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