18 de septiembre de 2015

DECISIONES 20




Laura seguía dándole vueltas a la idea del suicidio. A veces se le daba por pensar que si tuviese la ocasión le pagaría a alguien para que la quitase de en medio. Pero este plan tenía varios problemas. El primero era el dinero. Sospechaba que para pagar a un asesino a sueldo se necesitaría bastante más dinero del que ella poseía. Y aún en el hipotético caso de que lograse reunir la suma deseada, ¿qué garantías tenía de que después de cobrar el delincuente la liquidase? Naturalmente habría que pagarle por adelantado puesto que los muertos no hacen frente a las deudas. Y ella nunca se fiaría de la palabra de un delincuente. Lo más normal sería que cobrase y se largase con el dinero. Otro de los problemas es que no sabría a quién acudir para ese trabajo. Cuando había goteras en el tejado se llamaba a un albañil, cuando se estropeaba el coche al mecánico, y si goteaba la cisterna del inodoro al fontanero. Pero, ¿en qué guía aparecían los teléfonos de los sicarios?
Si era sincera consigo misma, y siempre lo era, el principal problema estribaba en que aunque no tenía ganas de vivir, no sabía cómo morir. No le daba miedo la muerte, pero tenía pánico al dolor. Nunca lo había soportado. Y tenía la ligera sospecha de que morir debía de ser doloroso, aunque su madre decía a menudo que lo que verdaderamente duele es morir. Con semejantes frases escuchadas casi desde la cuna no le extrañaba nada que fuese tan escéptica y estuviese desengañada de la vida. Sus padres la habían educado de forma que viese la existencia propia como deber y sacrificio, nunca como un placer. Incluso ahora que era casi una anciana cuando se sentaba procuraba hacerlo recta y no apoyaba nunca la espalda, para no caer en la comodidad, lo cual llevaba inmediatamente y por un corto camino a la indolencia y la decrepitud. Con el tiempo había conseguido erradicar alguna de las ideas imbuidas por sus padres, pero no todas. Había disfrutado del placer sexual aprendiendo a no tener remordimientos cuando se iba a la cama con algún hombre que le agradaba, pero no se le escondía que en gran parte lo hacía porque había en su sangre algo de cazadora. Le gustaba sentir el poder del depredador cuando da la primera dentellada a su víctima. La culpa era, indudablemente, de ese imbécil de Jaime, el primero chico al que había amado y que la había engañado vilmente cuando ambos eran estudiantes. Si en aquel momento en que era tan joven y por tanto vulnerable se hubiese topado con un buen chico que la amase y se ocupase de ella, probablemente su vida hubiese transcurrido de otra manera.
Tampoco se había permitido nunca disfrutar demasiado de la comida. Le gustaba cocinar pero tenía una relación malsana con la alimentación y a menudo se castigaba con dietas espartanas o alimentos poco apetecibles. No sabía muy bien por qué motivo lo hacía, pero cuando no estaba bien de ánimo era incapaz de comer de manera racional.
Cuando era más joven no había podido viajar mucho debido a que no tenía tiempo o andaba escasa de dinero. Ahora tenía lo suficiente para hacer algún viaje corto y el tiempo le sobraba; pero no tenía ganas ni curiosidad. No quería viajar sola para no sentirse todavía más apartada del mundo. En alguna ocasión había visto anuncios de cruceros para patéticos, aunque los vendiesen en las agencias de viajes como “cruceros de singles”. Menuda estupidez. La gente pensaba que con ponerle a algo un nombre en inglés ya se convertía en una cosa atractiva. Seguía siendo una mierda, pero en inglés. ¿A quién le puede interesar embarcarse en una aventura de ese tipo con un montón de viejos achacosos y con la próstata hecha picadillo y viejas con reumatismo intentando menear las caderas al ritmo de rumbas y merengues. Prefería tomarse un frasco entero de cianuro o meter la cabeza en el wáter.

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