20 de septiembre de 2015

DECISIONES 21



Una mañana se encontró con Lucas Pardo y su nieto cuando ambos llegaban a casa y ella estaba en el jardín regando las plantas. Lucas se acercó a saludarla y con un gesto indicó a su nieto que le acompañase. Él accedió a regañadientes, lo cual no pasó desapercibido a Laura. No le culpó. En el fondo, ¿para qué necesitaba hablar con una vieja a la que no conocía de nada?
-Buenos días, Laura. Le presento a Carlos, mi nieto. Saluda a la señora Serrano-le indicó.
El chico dijo un simple hola, apagado, y siguió con las manos en los bolsillos. Laura se limitó a contestar con una leve inclinación de cabeza y se mostró aliviada cuando el muchacho abrió la valla de su propio jardín y entró. Lucas se encogió de hombros.
-No puedo con él. Sencillamente. Si no fuese porque come como un buey juraría que vivo con un fantasma. Lo único que hace es comer, dormir, pasarse horas delante de la pantalla del ordenador o con el móvil y salir en esa endiablada moto. Es sangre de mi sangre pero sinceramente, no veo en él nada mío. Ni de la familia de su padre, si vamos a eso. Es como si hubiese sido sacado directamente del Infierno.
-Eso pensé yo la primera vez que le vi-confesó ella sin pudor alguno.
Lucas soltó una carcajada. Le encantaba esta mujer sincera y hasta cruel a veces, puesto que la sinceridad siempre lleva aparejada una cierta dosis de crueldad. Cualquier otra hubiese dicho algo conveniente para quitarle hierro al asunto, pero ella se limitaba a decir lo que sentía sin que le importase el efecto que pudiese ejercer en su interlocutor. Y sintió necesidad de seguir hablando con ella un rato, así que le pidió sin más florituras que le invitase a un café.
Laura no se mostró sorprendida ni molesta, sino extrañamente indiferente, como era casi siempre.
-¿No preferiría un té helado? Hace calor y nos vendría mejor. Podemos tomarlo aquí mismo, a la sombra. Ya lo tengo preparado. Siéntese mientras lo saco de la nevera.
En menos de cinco minutos estaban sentados bajo un pino de enorme copa que les protegía del sol y bebían un delicioso te de menta. Estuvieron un rato callados, en ese silencio cómodo de quien está bien y no necesita rellenar espacios con frases sin sentido. Lucas se esforzó por recordarla cuando tantos años atrás frecuentaba la casa de sus suegros, pero era inútil; no tenía su imagen en la cabeza. Puede que en aquel momento ella estuviese fuera, estudiando.
-Estaba pensando que cuando me casé, en los primeros años, solíamos pasar las vacaciones aquí y no recuerdo haberla visto.
-En aquellos momentos yo no vivía en esta casa. Me había alquilado un apartamento pequeño en el centro, quedaba cerca del colegio y además, si le soy franca, nunca soporté a mi madre-confesó mientras cruzaba las piernas y movía ligeramente la derecha de un lado a otro, como siempre solía hacer. Era incapaz de estarse quieta aún sentada.
-A usted no le gusta demasiado la gente.
Era una afirmación más que una pregunta.
-Depende. No siento la necesidad de estar siempre rodeada de personas. La soledad, cuando es buscada, también es agradable. La mala es la otra, la que llega sin haberla deseado.
-¿Y usted la ha padecido?
Antes de contestar se removió, inquieta, en su silla. No le agradaban mucho las preguntas personales y cuando alguien cruzaba esa frontera solía despacharlo sin miramientos. Pero en este caso y no sabía bien por qué, la pregunta no le molestó. No le pareció que fuese hecha con curiosidad malsana, sino porque de verdad estaba interesado en lo que ella tuviese que contarle.
-Generalmente la he buscado yo misma. La convivencia conmigo no es sencilla, puesto que yo tampoco lo soy, y casi siempre he preferido estar sola. Pero en alguna ocasión he echado en falta alguien con quien hablar o simplemente con quien callar. Al fin y al cabo, supongo que por mucho que me pese, soy humana, y necesito cierto contacto con los de mi género. Pero como he sido hija única, la soledad nunca ha sido nueva para mí.
-Es curioso. Yo tampoco tengo hermanos. Y lo que dice es cierto; los hijos únicos somos especialmente solitarios, supongo que por costumbre. Mi mujer me reprochaba muchas veces que los sábados o domingos, cuando no trabajaba, me encerrase igualmente en mi despacho. Pero era algo casi físico, no podía soportar estar todo el fin de semana con ella revoloteando a mi lado, organizándome la vida, disponiendo de mi tiempo, preparando salidas o reuniones como si mi vida le perteneciese.
-¿Por qué se casó?
La pregunta pilló a Lucas desprevenido. Y se preguntó por qué lo había hecho. Hacía tanto tiempo que en ese justo momento no sería capaz de dar una respuesta concreta. Lo más sencillo sería decir que entonces amaba a Carmen, pero no sabía si en realidad la había amado alguna vez. Puede que sólo estuviese enamoriscado de ella, lo cual es bastante distinto. Había habido una gran atracción física, eso por descontado. Quería acostarse con ella, disfrutar de ella, estar a su lado. En aquel momento le gustaba su inocencia, el que no supiese estar ni un rato callada, que dependiese de él para todo, que intelectualmente fuese inferior a él, lo cual le daba la posibilidad de aleccionarla. Pensó durante un tiempo muy fugaz que podría ser para ella una especie de Pigmalión. Pero estaba equivocado. La apariencia dulce y sumisa de Carmen era engañosa. Cuando ya estaban casados todas esas miradas lánguidas y poses de niña inocente fueron evolucionando hasta convertirla en una apisonadora que poco a poco iba entrando en su vida tratando de moldearla a su antojo. Al final resultó ser el cazador cazado. Intentó explicárselo a Laura pero no sabía cómo. Simplemente se encogió de hombros, pensando que ella le tomaría por idiota. Pero una vez más le sorprendió.
-No me lo diga. A estas alturas de la vida no sabe por qué se casó.
Y se echó a reír, con algo de amargura retinta en esa risa que en ella siempre era levemente sardónica.
-Muy propio de hombres. La mayoría de las mujeres que conozco, aunque su matrimonio haya sido un completo desastre, saben muy bien porque se casaron. Algunas porque en ese momento le amaban, otras porque les convenía económicamente, unas cuantas porque se quedaron embarazadas y en esos tiempos era la única salida posible. Pero ninguna se ha encogido de hombros como usted acaba de hacer. Y si le consuela, no es el único. Conozco a unos cuantos que han tenido una reacción parecida.
-¿Es que se dedica usted a hacer estadísticas o encuestas?
-Desde luego que no. Simplemente he tenido ocasión de hablar con unas cuantas personas y me gusta escuchar y luego analizar lo que hace la gente y por qué. A veces lo entiendo y otras veces no, pero le aseguro que siempre aprendo algo. Ustedes son tan débiles que a veces siento pena…
-Se refiere a…
-A los hombres en general. Aunque generalizar sea muy peligroso, en este caso sé que no me equivoco. Son fácilmente manipulables por las mujeres.
Ahora fue Lucas quien se rio, con una risa franca y abierta.
-Me gustaría saber a cuántos hombres ha manipulado usted.
Ella hizo un gesto de desprecio con la mano.
-A ninguno. Ya le dije el otro día que en el fondo en mi hay una parte bastante masculina y no me van los tejemanejes femeninos. Soy demasiado directa, siempre digo lo que pienso y no sé hacerme la pobrecita. Detesto que me protejan y no sé poner miradas lánguidas ni hacer caídas de párpados. Y francamente, a mi edad aunque supiese tampoco me valdría de mucho.





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