21 de septiembre de 2015

DECISIONES 22



Isabel comía de lunes a viernes con Laura y aunque siempre llegaba de malas pulgas y refunfuñando, en el fondo para las dos se había convertido en una especie de rutina. Odiaba las diatribas de la vieja, como le llamaba interiormente, y siempre le contestaba de malos modos o se quedaba en un ignominioso silencio mientras le lanzaba miradas furibundas. Ella también la miraba fijamente y más bien parecía una película de pistoleros del Oeste midiéndose en el salón del pueblo antes de salir a batirse. Sin embargo en su fuero interno aquella jovencita se decía que era la primera vez en la vida que sentía que el importaba a alguien lo suficiente como para que le regañase por sentarse mal a la mesa, por no comer con la boca cerrada o por llegar tarde. Sus padres siempre la habían dejado que campase por sus respetos, desde que ella podía recordar. Se limitaban a darle techo y comida, pero nunca la habían castigado ni se habían preocupado de que hiciese sus deberes o no faltase a clase. En muchas ocasiones se había portado mal a menudo para probarles. Recordaba como a los trece años, poco después de que su padre se marchase de casa, en una ocasión entró en el cuarto de su madre y le destrozó a tijeretazos su mejor abrigo. Cuando llegó de trabajar y vio el desaguisado simplemente la buscó por toda la casa y le pegó una bofetada; bofetada que Isabel le devolvió. Desde aquel momento se hablaban en contadas ocasiones y sólo lo más necesario. Con su padre las relaciones no eran mucho mejores. En el acuerdo de divorcio se decía que el padre tenía derecho a pasar con su hija la mitad de las vacaciones escolares y fines de semana alternos, pero hasta el momento sólo había estado con él una semana en que su madre tuvo que ausentarse por motivos de trabajo. No se llevaba bien con su nueva esposa, una chica de escasos treinta años a la que no le encandilaba precisamente hacerse cargo de una adolescente problemática.
Por lo menos cuando iba a comer con Laura veía en ella un interés, aunque fuese para regañarla por tener poco vocabulario o carecer de modales. Había momentos en que con gusto le hubiese contado cómo se sentía o cuánto lloraba por las noches antes de quedarse dormida. Pero había aprendido con mucho dolor que no se puede confiar en nadie, porque antes o después acaba traicionándote. Eso le había pasado con Iker, el chico con quien había estado durante el último año y que la había dejado tirada como se arroja a la papelera un pañuelo de papel después de usado. Cuando salió de su vida empezó a pensar en el suicidio. ¿Para qué quería vivir si no tenía por quien hacerlo? Lo único que la frenaba era el miedo y quizás una leve esperanza de que pudiese ocurrir un milagro y despertarse una mañana sintiendo que le importaba a alguien. Cuando era pequeña y vivía su abuela solía decirle que si se desea algo con mucha fuerza, acaba por cumplirse. La duda era que no sabía qué desear, si tener la valentía necesaria para quitarse la vida o que de repente apareciese una persona que la hiciese sentirse especial e importante. Pensó que ese alguien podría ser Iker, pero una vez más se equivocó. Y ya eran muchos errores en su corta vida, o eso pensaba ella.

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