22 de septiembre de 2015

DECISIONES 23



Un lunes soleado que más bien parecía domingo Isabel se presentó a comer con peor aspecto y cariz que de costumbre. Apenas levantó la vista del plato y más que comer lo que hizo fue pasear los espaguetis de un lado a otro y mascullar para sí. Laura soportó con estoicismo su cara larga y se mantuvo callada hasta que terminaron de comer. Fue entonces cuando le pidió que hiciese café.
-Nosotras no lo tomamos nunca-le recordó la chica.
-Pues hoy lo tomaremos. O al menos yo. Vienen mis vecinos.
-Pensé que no hablabas con nadie. ¿Es el de la moto?
-Ese mismo. Y también su abuelo. Supongo que con él tendrás algún tema de conversación. Vais vestidos con las mismas pintas siniestras, así que algo en común tendréis.
Isabel no le contestó, pero al menos se levantó y preparó café, aunque sin dejar de fruncir el ceño y poner morros mientras llenaba de agua la cafetera y la ponía al fuego. Apenas Laura había colocado en la mesa de la sala el servicio para cuatro y una tarta de manzana recién hecha cuando llamaron a la puerta. Isabel permaneció desparramada en el sofá y con cara de pocos amigos, así que ella misma abrió. Tampoco Carlos traía buena cara y por un instante Lucas y ella se miraron como compañeros de fatigas a los que la vida ha puesto a prueba. El chico iba vestido de negro, como de costumbre, pero había añadido un nuevo piercing a su colección; esta vez en un párpado. Laura cerró los ojos involuntariamente. Una vez había leído en una revista de pedagogía que algunos chicos que han sido maltratados o tienen trastornos de personalidad podían llegar a hacerse heridas o cortarse en brazos y piernas como una manera de castigarse; pero dudaba que estos muchachos lo hiciesen por eso, sino como deseo de pertenecer a un grupo o en sentido contrario, de ser distintos a los demás. De cualquier manera la deprimía ver cómo vestían, como hablaban y cómo estropeaban una vida que todavía no había comenzado.
Los dos muchachos rechazaron el café, pero Isabel, en un alarde de provocación aunque sabía que tenía prohibido fumar en la casa, encendió un cigarrillo mirando fijamente a Laura.
-No, jovencita-le dijo, ella, quitándoselo de los labios. Si quieres fumar tendrás que irte al jardín. En mi casa no se fuma.
-Vieja puta-masculló la chica en voz baja aunque con la suficiente fuerza para que todos la oyesen. Carlos rio por lo bajo y Lucas se quedó callado, tenso, esperando la reacción de la ofendida.
Laura la miró con parsimonia.
-Si lo que pretendías era ofenderme, no lo has hecho. ¿Conoces la diferencia entre una zorra y una puta?
Los tres se quedaron mirándola, estupefactos. La chica porque quería provocarla y al no obtener los gritos a que su madre la tenía acostumbrada, se sentía frustrada, y tanto Carlos como su abuelo porque les parecía raro que una señora con el aspecto de Laura dijese cosas semejantes, por más que Lucas ya se hubiese dado cuenta de que no era una mujer al uso y por supuesto no la clase de mujer que uno daba por supuesto al verla.
-Veo por tu cara que no; y creo que los demás tampoco. Pues seré breve.
Aunque no lo reconociese, Laura estaba disfrutando de la situación.
-Verás, querida, si has pretendido ofenderme, no lo has conseguido. Yo respeto mucho a las putas. Son mujeres que comercian con lo que tienen, que es su cuerpo, y a nadie hacen daño. Cuando los hombres se van de putas, como dicen entre ellos, saben bien a lo que van; a comprar sexo, por distintos motivos. Yo no juzgo, no me parece ni bien ni mal. La vida me ha enseñado que las cosas no son blancas o negras, hay muchas gamas de grises en medio. Las putas para mí son tan dignas como cualquier otra mujer que trabaje en una oficina, en una tienda o dando clase. Las zorras son algo muy distinto. Una zorra suele ser una mujer muy respetable y generalmente casada y bien casada, que usa sus artimañas mezquinas para conseguir lo que quiere de los demás; ya sea de su marido, de sus hijos, de un amante…da igual. Si me hubieses llamado zorra si me habría sentido ofendida, y probablemente te hubiese echado de mi casa. Pero no es el caso. Así que si os aburrís aquí y queréis fumar, ya os estáis largando con viento fresco al jardín.
Los dos salieron en silencio y Laura sirvió el café.
-Es usted una mujer sorprendente-le confesó Lucas mientras se ponía dos terrones de azúcar.
-¿Usted cree?
-Lo afirmo.
-¿Y puede saberse por qué cree que soy sorprendente?
-Por muchas cosas. Pero si me atengo a esta escena…por soportar sin necesidad a ese engendro de niña y por haberle parado los pies de esa manera. Yo a mi nieto le aguanto porque no me queda más remedio, pero le confieso que hay días en que tengo ganas de arrancarle la cabeza. A usted nada la une con esa chica.
-No, es cierto. Pero me gustan los retos, de siempre. Y me he propuesto hacer que tenga mejores modales. Es de buena pasta, sólo necesita que la pulan un poco. Y a su nieto me temo que le pasa algo parecido.
-Hasta los doce años fue un chico muy educado, pero ahora no le reconozco.
-Vamos a tomar el café tranquilamente y que ellos se vayan conociendo. Puede que se entiendan; para mí que hablan el mismo idioma.

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