27 de septiembre de 2015

DECISIONES 25


Sin embargo ella parecía encontrarse muy cómoda con aquella conversación de tintes surrealistas y siguió hablando.
-Los hombres de su generación e incluso posteriores no fueron preparados para tener una relación de igualdad con las mujeres. O piensan en ellas como putas o como florecillas silvestres. Y lamento decirle, mi querido amigo, que por regla general no somos ni una cosa ni la otra. Simplemente somos personas, como ustedes, con nuestros miedos, nuestras incapacidades y también nuestros rasgos de valentía y por supuesto, albergamos vida inteligente. No hay que hablarnos como si fuésemos retrasadas ni protegernos de todo.
-Tiene poca fe en los hombres. ¿Tan mal la han tratado?
Laura no esperaba una pregunta tan directa. Estuvo a punto de soltarle una frase lapidaria de las suyas, de las tantas que tenía guardadas para pararle los pies a todo aquel que pretendía sacarlos del tiesto. Pero pensó que hacerlo sería una injusticia, porque ella había sido la que inició la conversación y en cierta manera le dio lugar a que él le preguntase. Y quizá por primera vez en muchos años también ella, como el común de los mortales, sintió la necesidad de hablar casi a corazón abierto con alguien. No se veía capaz de desnudarse por completo ante Lucas ni ante nadie, pero si podía al menos mostrarle que era una persona como todas, que sufría y penaba, y que también había tenido sus buenos momentos.
-No peor que yo a ellos.
Lucas se arrellanó en el sillón de mimbre y le pidió que llenase otra vez su taza.
-Ya estará frío. Permítame que prepare más.
Sin embargo él la detuvo con un gesto y le contestó que no importaba, le gustaba el café cuando se quedaba templado en la cafetera, sobre todo en verano. Se sirvió y se dispuso a escucharla. Le interesaba mucho lo que tuviese que contarle. Nunca había conocido a una mujer de su edad tan segura de sí misma. Cierto que algunas chicas de entre treinta y cuarenta años lo eran, pero no alguien de su misma generación, a la que se supone que han educado para ser solo esposa y madre. Claro que ella había trabajado toda su vida y no se había casado, con lo cual suponía que había ya una diferencia.
-Es cierto que el primer chico del que me enamoré me hizo sufrir bastante. Yo entonces era muy joven, creía que le quería mucho y me dolió enterarme de que tenía una novia en su ciudad con la que poco después se casó.
-¿Le partió el corazón?
-No se burle de mí o le partiré una maceta en la cabeza-le amenazó, muy seria.
-No me burlo, querida Laura-se defendió él también muy serio. Las penas de amor cuando uno es joven son muy duras de llevar. Lo sé por experiencia. Ya le contaré. Pero ahora es su momento. Siga, por favor.
-Me repuse, claro está. Nadie se muere de amor, puede que de aburrimiento o por falta de ganas de vivir, pero de amor, no. A los pocos meses me di cuenta de que era un gilipollas sin remedio y decidí pasarlo bien.
-¿Se fue usted de caza?
Laura sonrió. Aquella era una manera de hablar típicamente masculina; pero en realidad, fue lo que ella hizo. Se había dado cuenta, para su sorpresa, que bastaban un par de lánguidas miradas y que se pintase los morros y se bajase un poco el escote para encandilar a algún memo. Al principio no tenía mucho éxito con los chicos, pero entonces un buen amigo con el que nunca había tenido otro tipo de relación, porque la amistad no debe emponzoñarse con el amor ni con el sexo, le aconsejó que no fuese tan marisabidilla y no discutiese de nada inteligente con un hombre al que pensase llevar a la cama. Eso, le contó, nos baja la libido y ya no hay manera. Cuando le expuso esa teoría y como se había enterado de ella a Lucas, éste se echó a reír, pero no se la rebatió.
-El caso es que me costaba mucho esconder mis ideas pero claro, alguna vez lo hice, si la ocasión lo merecía de verdad. Pocas veces lo mereció, si he de ser sincera, aunque yo en aquel momento pensase que sí. Creo que ya se lo he dicho, pero me parece que hay en mi una parte masculina que me hace, o más bien me hacía, desear algo y no parar hasta conseguirlo. Eso me pasaba entonces con los hombres. A veces me fijaba en alguno y aunque de entrada él no se hubiese percatado de que yo existía, me las arreglaba para que se diese cuenta.
-¿Le sometía usted a un acoso y derribo?
-Pues claro que no-se rio ella. Esa es la mejor manera de espantar a un hombre. No, mucho más sencillo. Me dejaba ver, me hacía la pobrecita, le pedía ayuda o consejo sobre algo; le ponía ojitos, le hacía ver cuánto le admiraba y en menos de una semana le tenía comiendo de mi mano. No hay nada que excite tanto a un machito como pensar que una mujer languidece por él y depende de su mayor sapiencia. Es mano de santo. Ni uno se me ha resistido con ese ardid. Hablo de hace años; los chicos de hoy en día…la verdad es que no sé de qué manera se les puede encandilar. Quizá debamos fijarnos en Isabel y en su nieto, a ver si pasa algo entre ellos.
-Dios no lo permita-rogó Lucas, muy serio.
Y en ese momento Laura se revolvió ofendida, como una leona que defiende a su cachorro.
-Oiga usted, Isabel es una chica preciosa. Solo falta que gane unos kilos y que se quite todas esas porquerías que lleva por la cara y que el pelo le crezca de su color natural. Ya quisiera ese holgazán de nieto que tiene usted que la niña le mirase a la cara. Y espere a que yo haga mi labor con ella; será toda una señorita.
Lucas la miró, divertido. Todavía no se había dado cuenta de que Isabel, al igual que la gata que les miraba con algo de fastidio rayano con el desprecio desde su mecedora, había llegado a su vida para quedarse.

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