20 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 20


La cena no fue sencilla ni fácil para mí. Alexander y Rodolfo se comportaban con naturalidad y los tres manteníamos la conversación aparentando no fijarnos en el ceño fruncido de Flavia. Apenas había probado bocado y se limitaba a dar vueltas en el plato a la comida, pasándola de un lado al otro. Varias veces que su padre hizo amago de reprenderla yo le apreté la mano por debajo de la mesa y con los ojos le pedí que no lo hiciese. Creo que no me equivocaba al pensar que ella sería el fuerte que había que conquistar, y tenía que intentar hacerlo yo sola, y poco a poco. Si había alguien en el mundo que supiese de niñas tercas y caprichosas, supongo que era yo. Había lidiado veintitantos años con una y todavía continuaba en la lucha. Suspiré, resignada, mientras miraba a la niña con disimulo. Sentí por ella una piedad no exenta de simpatía y de cariño. Su mundo se tambaleaba. Ella había sido la reina de aquella casa y había llevado como una pequeña déspota a su padre y a su hermano hasta donde le interesaba y resulta que ahora llegaba vaya usted a saber de dónde una señora desconocida a la que al parecer Papá quería y a la que su hermano hacía monerías para agradar. Es de entender que la pobre criatura hubiese decidido declararme la guerra. ¿Qué armas tenía yo para combatirla? Pocas, salvo la paciencia y la comprensión; pero sobre todo el no entrar al trapo de sus provocaciones, pues eso era lo que ella esperaba y deseaba. Pobrecita Flavia…intentaba quizá por primera vez hacer uso de sus ardides femeninos, pero poco sabía ella, en su inocencia, que su adversaria estaba curtida en mil batallas y era una torre difícil de derribar. Mientras tomábamos el postre le sonreí con benevolencia, haciendo caso omiso de las pataditas que me daba por debajo de la mesa, de que me había roto las medias y dejado un tobillo morado, y de que no dejaba de sacarme la lengua y hacerme muecas cada vez que su padre se levantaba de la mesa para servir algo. Rodolfo intentó meter baza con su hermana, recriminándole su actitud, pero desvié su atención. Esta era una guerra que tenía que hacer yo sola, con tacto, paciencia y mucha mano izquierda. Me dije a mi misma que estaba desperdiciando mis dotes maquiavélicas haciendo estúpidos contratos; los partidos políticos de este país estaban tirando a la basura toneladas de genio para el engaño. Pero…ya estaba demasiado cansada para dedicarme a estafar a la gente y prometer cosas que sabía imposibles…mejor me dedicaba a esta señorita que tenía enfrente y que ahora mismo me hacía muecas de desprecio y extraños visajes con los ojos. Aproveché que Alexander salió para atender el teléfono y decidí darle algo de su propia medicina, así que me llevé las manos a las orejas, las moví adelante y atrás, y le saqué cuanto pude la lengua, girando los ojos al mismo tiempo hasta quedar mareada. Rodolfo se retorcía de risa en su silla, mientras ella se quedó tan sorprendida que al principio no supo que hacer; aunque pronto reaccionó. Siglos de atávica maldad femenina la llevaron a arrearme otra patada por debajo de la mesa que me dejó jadeando. La amenacé con el cubierto de postre, mirándola fijamente.
-Jovencita, si vuelves a darme una patada, te juro por todo lo sagrado que te voy a dejar el culo en tan mal estado que no podrás sentarte en un mes. No veas las zapatillas que guardo en mi maleta lo dura que tienen la suela. Si no quieres que seamos amigas, no hay problema, pero no más patadas.
-Eres fea y vieja-me dijo. Mi mamá es más guapa que tú.
-No lo dudo, querida, las madres siempre son las más guapas.
-No me gusta tu pelo y tienes ojos de gato.
-Pues mira que bien. Yo en cambio creo que el color de tus ojos es precioso. ¿Tu madre también los tiene verdes?
Se quedó un poco desconcertada ante mi pregunta; supongo que esperaba enfado por mi parte y que me metiese con su aspecto o dijese algo desagradable de su madre. Me miró largo rato con los mofletes hinchados por el enfado y al final se levantó de la mesa con estrépito. Si su silla no acabó en el suelo fue porque su hermano la agarró a tiempo.
-¿Ves? Las chicas están muy locas-me confió, sentándose a mi lado.
Sonreí ante su cara de circunstancias. Le acaricié la cabeza y le atraje hacia mí. Sentí una especie de calorcito en el corazón cuando espontáneamente me rodeó la cintura con sus brazos y levantando la cara me ofreció una sonrisa desdentada.
-Yo creo que eres muy guapa y me gustan tus ojos. ¿Sabes que mi padre tiene una foto tuya en su despacho y otra en su cuarto?
-¿Ah sí? Pues no, no lo sabía.
-Él nos ha hablado mucho de ti, pero Flavia no quiere oírle.
-Bueno, tu hermana es buena chica, solo hay que darle tiempo. La ayudaremos tú y yo, ¿verdad?
Se encogió de hombros y se aferró con más fuerza a mi cintura. Di gracias por este niño sensible y tan similar a su padre. Al menos tenía un aliado para la guerra.
Por supuesto Flavia no me dijo buenas noches antes de irse a la cama. Mientras Alexander acostaba a los niños yo recogí la mesa y cargué el lavaplatos. Entré en la habitación de invitados, amplia y luminosa, de paredes de color vainilla. La cama era ancha, con dosel, y estaba cubierta con una colcha blanca bordada y cojines de color naranja. Mientras me duchaba se me dio por pensar que la había decorado para mí; quizá porque recordé una conversación que mantuvimos muy al principio en la que le conté cuánto me gustaban los colores cálidos. Todavía no me había acostado cuando, tras un leve toque en la puerta, apareció a mi lado con una sonrisa cómplice. Nos abrazamos largamente y por primera vez desde que había llegado conseguí relajarme. No me había dado cuenta de lo tensa y cansada que estaba hasta que me tomó en brazos. Hablábamos en voz baja, casi susurrando.
-¿No crees que es demasiado pronto? A ver si se van a despertar…
Negó con la cabeza mientras, sin dejar de mirarme, hizo que me recostase en la cama, donde seguimos explorándonos el uno al otro, como caminantes sedientos que acaban de cruzar el desierto y necesitan reponer fuerzas.
-No sabes cuántas veces he soñado con tenerte así de nuevo-me susurró al oído.
-Puede que si lo sepa; supongo que las mismas que yo. Alex, te he echado mucho de menos. Últimamente estabas tan extraño cuando hablábamos, como si deseases deshacerte de mí enseguida. ..
Me tapó la boca con un dedo y siguió recorriendo mi cara, mi cuello, hasta llegar al tirante del camisón, que empujó despacio para dejar mis hombros al descubierto. Gemí sin quererlo, y me tapé la boca riendo al ver su cara de advertencia.
-Guiomar…
-¿Qué?
-No puedes empezar con tus escándalos. Los niños están cerca y…
-Ya lo sé. Prometo que me estaré callada. Y sino, siempre puedes taparme la boca con un pañuelo.
-Pero… ¿tú dónde aprendes esas cosas, mi pequeña pervertida?

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