2 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 10



Cuando salimos noté el frío cortante en la cara y me puse las gafas de sol para protegerme tanto de los débiles rayos como del viento que me hacía lagrimear. Alexander me subió las solapas del abrigo, y me ofreció su brazo. Me agarré a él como si lo hubiese hecho toda mi vida. Pensé que la gente con la que nos íbamos encontrando de camino al paseo marítimo se imaginaría que éramos otra pareja más en la mitad de su vida, que salen a estirar las piernas un viernes después de comer, para hacer ejercicio y quizá hablar de los problemas de los hijos, de la vida, de las próximas vacaciones…Y sin embargo lo único cierto era la edad. Pero ni teníamos vida en común, ni hijos, ni siquiera sabía si alguna vez nos iríamos de vacaciones juntos. Al principio los dos caminábamos en silencio, acompasando cada uno sus pasos a los del otro, sintiéndonos mutuamente, y cómodos en un silencio que en el fondo decía muchas cosas. Hablaba este silencio de la mutua aceptación, de que no nos sentíamos defraudados, sino contentos de estar juntos, de la necesidad que ambos teníamos de compartir.
Las aceras del paseo marítimo estaban casi vacías a aquellas horas, y nos sentamos en uno de los bancos de madera. Alexander me atrajo a su lado y me pasó su brazo por encima de los hombros. Mi cabeza encontró en su pecho el acomodo natural, como si ese hubiese sido siempre su sitio. Cerré los ojos y dejé que el sol invernal me calentase la cara. Se estaba tan bien así que pensé que no me gustaría irme nunca de este banco solitario y perdido en una pequeña ciudad norteña, sintiendo bajo la palma de mi mano el latido del corazón de este hombre que llevaba tan poco tiempo en mi vida y que sin embargo se había convertido en alguien tan importante, que podía de igual manera darme la felicidad o hundirme en la tristeza.
El fin de semana pasó pronto y el lunes a primera hora nos despedimos en el aeropuerto, con lágrimas por mi parte y promesas de la suya de que nos veríamos de nuevo muy pronto. Durante el vuelo permanecí con los ojos cerrados, para que la última imagen de Alexander permaneciese en mi retina el mayor tiempo posible.
Al día siguiente teníamos reunión; esta vez nos tocaba en casa de Laura y cada una se llevó su labor. Yo había decidido hacer una bufanda para Alexander, y elegí una suave lana de color azul. Fui de las últimas en llegar porque salí algo más tarde del trabajo. Me alegré de que no estuviesen ni Luisa Fernanda ni su prima, la horrenda Anastasia. Sabía que las chicas me someterían al tercer grado y no me apetecía que la pacata de Luisa Fernanda me condenase a las llamas del infierno, pero menos aún que su prima entrase en una de las parcelas más privadas de mi vida.
Ni tiempo me dieron a quitarme el abrigo y sentarme. Laura me puso delante una taza de café, me empujó al sofá y unas cuantas caras curiosas se pusieron a mi alrededor, empezando todas ellas a hablar a la vez. Cerré los ojos al maremágnum que me rodeaba y por fin Leo dio una palmada autoritaria y todas se callaron a la vez, como una bandada de gorriones asustados.
-A ver, ya nos estás contando todo con pelos y señales, que por tu culpa lo hemos pasado fatal este fin de semana. Al final, se cumplió lo que yo decía, estoy segura. Porque ni con grúa, ¿no?
La frené en seco antes de que dijese más barbaridades.
-No me vengas con más sandeces de impotencias. Una siesta de siete horas me atestigua que la supuesta impotencia solo existía en tu mal intencionada y calenturienta imaginación.
-Por Dios, siete horas de siesta-balbuceó Leticia, siempre en la Inopia. ¿Tanto sueño tenía ese pobre hombre atrasado?
Ese comentario en boca de cualquier otra hubiese tenido tintes de recochineo puro y duro, pero lo lamentable es que esta pobre inocente lo decía en serio. Las demás se miraron las unas a las otras con resignación y paciencia.
Laura trajo más café de la cocina y mientras cada una iba sacando su labor, me siguieron lanzando dardos envenenados y tirándome de la lengua.
-Pero a ver, ¿te ha gustado? ¿O más bien te ha decepcionado?-quiso saber Sara Patricia adoptando un tono muy profesional, aunque a mí no me engañaba; era tan cotilla como todas las demás.
-Pues sí, me ha gustado y mucho. No entraré en detalles, pero sí puedo deciros que no sabía yo que hubiese hombres así todavía.
-¿Así como?-me preguntó Leo inclinándose hacia delante, como un romano en el circo, para ver mejor la sangre.
-Pues como él…tan cariñosos, tan…no sé…Creo que ya había perdido la costumbre de que alguien me diese a entender que soy lo mejor que le ha pasado.
Me detuve, temiendo parecer demasiado engreída. Pero al fin y al cabo, ellas me habían preguntado.
-Y además, me ha hecho sentir alguien especial. Y lo mejor es que me he reído mucho con él. Es divertido, me gusta estar a su lado y compartir cosas.
Leo me miró entornando los ojos y achicándolos luego, como para mirar en mi interior.
-A ver si te ha dado algo. ¿Te has fijado que no te pusiese nada en el café?
-Hay hombres estupendos ahí afuera, Leo-exploté, ya cansada de sus dudas. Que tu marido fuese un cabrón maltratador no quiere decir que todos lo sean. No puedes seguir toda la vida con ese odio dentro; al final acabará envenenándote y desde luego nunca serás feliz si no cambias y te vuelves más confiada.
-Ya confié una vez y así me ha ido-me contestó ella gritando, con los brazos en jarras y echando fuego por los ojos.
-Pues yo me niego a ser como tú-le espeté.
-¿Cómo?
-Una amargada resentida.
Y una vez que hube pronunciado esas tres palabras, daría lo que fuese por ser capaz de recogerlas; pero así como es imposible volver a un vaso el agua que de él se derrama, también lo es retirar las palabras cuando ya han sido pronunciadas. Se puede pedir perdón, pero el mal está hecho. Todavía no había acabado de decirlas y ya estaba tapándome la boca con las dos manos y derramando lágrimas inútiles. Leo me miró durante un minuto apenas y vi tanto dolor en su mirada, y sobre todo, tanta decepción, que me dejé caer en el sofá como si fuese un cuerpo vacío de alma y de corazón.
-Estarás contenta-me escupió Sara Patricia, echándose a correr tras ella.
No contesté nada. ¿Qué podía decir? Las demás se quedaron todas calladas y en el mismo sitio que ocupaban, sin decir nada, pero mirándome fijamente, como acusándome de lo que yo ya me había acusado: egoísmo, maldad, ganas de hacer daño…Solo Claudia, la pequeña Claudia vino a sentarse a mi lado y me cogió las manos entre las suyas, quizá para darles calor. Me noté, de repente, entumecida, vieja, sin fuerzas. ¿Qué clase de persona era? Todas se fueron marchando, cada una con un pretexto distinto. Claudia estaba todavía a mi lado, y de repente dio un salto en el sofá cuando sonó un mensaje en su móvil. Por su cara me di cuenta de que era de Nuria.
-Vete-la urgí. No la hagas esperar. Mañana hablaremos y cuando te parezca bien, me la presentas.
-¿Estarás bien?
-Claro que si-la tranquilicé. Me hacía gracia y a la vez me daba una ternura enorme su preocupación. Vete, venga ya, pesada.
La empujé para que se levantase del sofá y ella se marchó con una sonrisa. Nos quedamos solas Laura y yo. Empezó a ahuecar los almohadones y de espaldas a mi habló por primera vez después del incidente.
-Me siento sola esta noche. ¿Por qué no te quedas a cenar y a dormir?
-No he traído nada.
-Vaya por Dios. Aquí hay siempre un cepillo de dientes sin usar para imprevistos, aunque no sé por qué demonios acabas usándolo tú y no un maromo de buen ver…Y creo que usamos las mismas cremas, así que podrás desmaquillarte y darte los potingues nocturnos y mañaneros.
-Pero…
-Nada de peros. No será la primera vez que te pones unas bragas mías ni un pijama. Deja de poner excusas. Tú necesitas contarme con pelos y señales tus siete horas de siesta para que yo me ponga verde de envidia y yo necesito hablarte de Mateo.
-¿Mateo?
-El chico que conocí en la consulta de Sara Patricia.
-Ah, ya, el tarado.
-Ahora entiendo por qué vas por el mundo haciendo amigos. Pon la mesa antes de que te pegue una leche que te deje pegada a la pared. Juro que debí matarte aquel día que te tiré una piedra. Lástima que siempre haya tenido mala puntería.
Sonreí al recordarlo, porque había sido una pelea tan memorable, cuando ambas teníamos unos diez años, que nuestras madres estuvieron a punto de dar al traste con su amistad, aunque a nosotras el enfado apenas nos duró medio día. Y ahora mismo, por mucho que lo intento, no consigo recordar por qué motivo nos peleamos.
-Oye-le dije mientras iba colocando platos, vasos y cubiertos-¿Tú recuerdas por qué fue aquella pelea?
Arrugó el entrecejo en un gesto muy suyo, mientras aliñaba la ensalada.
-Creo que por un lazo verde que llevabas aquella mañana y que me prestaste.
-Ya, ya me acuerdo, y tú me lo perdiste-la acusé. Y era de terciopelo, a juego con el vestido que me había regalado la abuela y sabía que mi madre me mataría.
Las dos nos echamos a reír a la vez. Qué sencillo y complicado al mismo tiempo es el mundo de los niños. Los mayores no solemos darle importancia a las cosas que les ocurren, pero cuando somos pequeños cualquier detalle que parece sin importancia, la tiene y mucha.
-Bueno, supongo que si nuestra amistad sobrevivió a esa terrible pelea, es indestructible-confesé. Así que cuéntame de tu Mateo. ¿Es religioso?
Me miró como si estuviese loca.
-¿Religioso? Pues no lo sé, chica, no voy por ahí preguntando esas cosas a cada hombre que conozco. ¿Por qué lo dices?
-Por el nombre. Mateo, uno de los evangelistas. Quizá él no lo sea, pero si su madre-empecé a elucubrar.
-Déjate de memeces. Te contaré todo de Mateo-me aseguró poniendo los ojos en blanco como una idiota, pero primero quiero conocer detalles de esa siesta tan larga.
Me puse colorada como una niña de quince años. Laura era la única que sabía que en mi vida no había estado ningún hombre desde el divorcio. Ella me apremió con un gesto y pienso que para soltarme la lengua, puso más vino en mi vaso.
-No hace falta que me emborraches. Te lo contaré.
Me detuve un momento. No tengo demasiada tendencia al drama y confieso que detesto los circunloquios, pero me daba bastante pudor hablar de algo tan íntimo, aunque fuese con Laura. Pero ante la mirada que me lanzó, decidí empezar de una vez.
-¿Sabes lo que es estar en el cielo?
-No, salvo una vez que me pasé con el tequila y tuve una especie de alucinaciones. Pero más bien era el infierno; había unas bolas peludas de color verde que me perseguían, con unos dientes enormes y salidos.
-¿Dientes salidos?
-Sí, salidos. Así-me mostró poniendo los índices delante de la boca.
-Bueno-proseguí-lo que quiero decir es que nunca en la vida había imaginado que se pudiesen sentir tantas cosas como sentí.
-¿Nunca habías tenido un orgasmo?
-No me refiero a eso, burra, o no solo a eso. Desde luego nunca había sentido lo que sentí únicamente con un masaje en el cuello, pero aparte de que, por decirlo de modo suave, nos avenimos muy bien sexualmente, hay más.
-¿Más? ¿Qué más puede haber?
-Pues…una especie de unión que va más allá de todo lo físico. Recuerdo…
-¿Qué recuerdas?-me preguntó, echándose hacia delante en la silla, como para escuchar mejor, aunque estábamos una al lado de la otra.
-Recuerdo-proseguí con voz firme, para que no me interrumpiese-la última noche. Ya estábamos los dos agotados de sexo; solo queríamos estar acostados, tocándonos, con las manos unidas, hablando en voz baja, contándonos cosas. Y…empezó a recordar cosas de su niñez, de sus abuelos, a los que quiso mucho. Eso fue lo mejor.
Me miró, decepcionada.
-Te vas a pasar un fin de semana de sexo y desenfreno con un tío y lo mejor es que te hable de sus abuelos…anda que no eres rara tú…
-No soy rara; tú eres una bruta sin alma. Lo que quiero decir es que no es solo sexo, aunque haya sido algo sublime, sino que quiero estar con él el resto de mi vida. Ha sido como si le conociera de hace más de cien años.
Me miró, dudosa y como haciendo muecas. Desistí de seguir explicándole. Era difícil que otra persona entendiese lo que había pasado entre Alexander y yo. Así que le pregunté por su Romeo.
-Le conociste en la consulta de Sara Patricia-le recordé.
-Así es. Había quedado en ir a recogerla para irnos de compras y me confundí de hora. Llegué demasiado pronto y allí estaba él, en la sala de espera.
-¿Cómo es?
-Tan guapo que parece pecado.
Me eché a reír. Menuda definición. Iba a decir algo pero me hizo callar; ahora que había empezado, sería difícil detenerla.
-Es alto, moreno, de tez dorada…y unos ojos verdes tan maravillosos que parece que se te cosen al alma.
-Desde luego, como cursi, no tienes parangón.
-Cállate, que no he acabado. Nos quedamos los dos mirándonos como idiotas, y después de hablar durante cinco minutos, salimos a tomar un café al bar de la esquina. Él se saltó la consulta y yo dejé plantada a la psicóloga, como tantas veces ella ha hecho conmigo, por cierto-dijo con cierto rencor.
-Pero bueno, ¿qué le pasa al chico? ¿Tiene una depresión, se acaba de separar? Lo que quiero saber es por qué hace terapia.
-Todo el mundo hace terapia hoy en día, no seas zopenca.
No iba a dejarme convencer tan fácilmente. Nada malo hay en ir a la consulta de un psicólogo; yo misma lo había hecho; pero Laura era una de mis mejores amigas y no me iba a conformar con esa contestación. Ella se dio cuenta, por mi mirada, de que no soltaría fácilmente mi presa.
-Vale, está bien. No hay nada que ocultar. Es ciclotímico. ¿Sabes lo que quiere decir?
-No soy demasiado lista, pero tampoco es que se me caiga la baba. Si, más o menos sé lo que significa. Es un trastorno parecido al bipolar-recité, como de carrerilla, entornando los ojos-pero creo que más leve. ¿Me equivoco?
-No, así es. A Mateo se lo detectaron hace ya unos diez años, y en realidad le trata un psiquiatra; pero ahora le han recomendado que haga también psicoterapia y…
-Ha elegido a nuestra Sara Patricia-resumí.
-Eso es. Bueno, ya me puedes regañar
-¿Yo? Pero, ¿tú por quién me tomas? En primer lugar, no soy tu madre para regañarte. En segundo lugar, nunca juzgo a los demás.
-Mentira podrida-me dijo, sirviendo café para las dos. Bien que me juzgaste cuando lo de la granja.
-No pongas tanto café, que no vamos a dormir en toda la noche. Lo de la granja…si, pero es que eso era de traca. A todo esto, ¿lo saben tus hijos?
-No. ¿Acaso los tuyos saben que te has ido de farra con el alemán?
Bebí el café, que estaba hirviente y amargo; me había olvidado de ponerle la sacarina.
-Pues no, no he considerado necesario decírselo.
-¿Entonces?
-Si yo no digo nada, no te estoy acusando. Además-concluí-tanto tus hijos como los míos son mayorcitos, tienen su propia vida y no nos piden permiso ni nos cuentan a quien se benefician. Así que nosotras tenemos derecho a hacer lo mismo. ¿O no?
Asintió con la cabeza y yo me detuve a mirarla con más detenimiento. Éramos de la misma edad, habíamos recorrido caminos parecidos y ahora, en la mitad de la vida, ambas habíamos vuelto a enamorarnos. Laura había mejorado mucho desde que el impresentable de su marido tuvo la delicadeza de morirse y desde que dejó de acarrear mierda de animales. Ahora tenía la mirada llena de luz, y la sonrisa más fresca, más ancha y más sincera. Al final iba a ser verdad eso de que el amor rejuvenece y nos hace sentir mejor. La reconvine con la mirada cuando encendió un cigarrillo, pero al fin y al cabo estaba en su casa y no tenía yo derecho a prohibirle nada; me limité a abrir un poco la ventana de la cocina para que el aire se encargase de limpiar el ambiente.
-¿Te sigue visitando tu suegra?
Se echó a reír, aspirando el humo con placer.
-Desde que Mateo llegó a mi vida, no. Parece que la ha espantado.
-Lo que ha espantado el Mateo ese de mis pecados son tus remordimientos de conciencia. ¿No has oído que los sueños suelen ser el reflejo de nuestras ansias, nuestros deseos y miedos?
Dejó el cigarro en el cenicero y se dedicó a mover la cucharilla en una taza de café vacía, a pesar de que sabía que odio ese ruido.
-¿Y tú con qué sueñas?
Era este un juego, el de contarnos los sueños, que veníamos practicando desde pequeñas.
-Últimamente siempre sueño con una casa de piedra, alta y estrecha, con vigas enormes de madera y suelo de cristal. ¿Qué crees que querrá decir?
Se encogió de hombros, pensativa.
-No lo sé. Supongo que tiene que ver con deseos de seguridad, por eso la casa, y de transparencia, de que todo en tu vida sea claro y limpio como el cristal.
Decidí que a Laura al menos tenía que contárselo. Era algo que había descubierto durante el fin de semana y aunque intenté no darle importancia, me estaba reconcomiendo por dentro.
-Hay algo que tengo que decirte.
-Sobre el alemán-afirmó, más que preguntar.
-Sí.
-Sabía que algo había. Vamos, empieza.





No hay comentarios:

Publicar un comentario