3 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 11



Miré mi reloj; era la una de la mañana y tenía que levantarme a las siete…Pero ahora que había empezado, algo tenía que contarle o no me dejaría dormir en paz. No sabía muy bien por dónde empezar. En cierto modo, cuando Alexander me lo contó me sentí un poco traicionada; en el momento pensé que debiera habérmelo dicho antes, y sentí una especie de resquemor hacía él, como si me hubiese engañado. Aunque luego me dije a mi misma que si pretendiese engañarme, no me lo estaría contando. Me arrellané en el sofá y me abracé a uno de los cojines, como si fuese un escudo protector que pusiese una barrera entre mis miedos y yo.
-Me lo contó después de la siesta-dije, usando de nuevo el eufemismo. Y Laura sonrió maliciosamente.
-Sí, es entonces cuando unos fuman, a otros se les suelta la lengua, y los cafres más cafres se dan la vuelta y se ponen a roncar como cerdos.
-Bueno, pues éste es de los que hablan.
-Vaya, qué novedad.
-Sí, porque luego en situaciones normales no es que sea demasiado hablador.
-Bueno, ¿y qué te contó? Porque te juro que con esa manía que te ha dado por hacerte la interesante y la misteriosa, me pones de los nervios. No me lo digas, está casado; te ha engañado y tiene una mujer joven y guapa y cuatro hijos.
-No, no está casado. Lo ha estado.
-Bueno, ¿y qué? Tú también has estado casada. Pasado; muerto y enterrado. No te pongas ahora tiquismiquis.
Con un gesto la hice callar. Ya me costaba bastante contárselo, y si me interrumpía a cada rato, nunca acabaríamos.
-Vale, vale, me callo.
-Ha estado casado hace tiempo, pero parece ser que su matrimonio no iba bien. Eran los dos muy diferentes. Ella era actriz de cine y le gustaba la noche, salir de fiesta, representar. Y a él estas cosas le parecen lo más siniestro y horrible del mundo. En realidad es una especie de eremita, de ratón de biblioteca que se pasa el día escribiendo e investigando y solo sale con el perro a dar largas caminatas por el monte. Bueno, y a veces se lleva a sus mellizos…
-¿El perro tiene mellizos?
Le tiré el cojín a la cabeza, porque lo estaba haciendo aposta para ponérmelo más difícil.
-Él tiene mellizos. Niño y niña, ocho años.
-¿Y quién es la madre?
-Su ex mujer, claro. Se llama Natalia.
-¿Y por qué no están con ella? Bueno, supongo que pasarán con él las vacaciones y están con su madre el resto del tiempo, ¿no?
-Pues no. Ya ves que yo pensé lo mismo y en el fondo quiere decir que vivimos anquilosadas en un tiempo y en una estructura social que ya no existe. Su ex mujer se largó con un compañero de una serie de televisión y le dijo claramente que en su vida no había lugar para los niños. Él tiene la guarda y custodia de los mellizos y aunque pueden pasar las vacaciones y fines de semana alternos con su madre, la realidad es que en este momento no se sabe ni dónde está la señora, y hace ya más de dos años que no ve a los niños.
Laura se quedó callada, como sopesando lo que le había contado y enrollando en su dedo índice un hilo que sobresalía del borde de uno de los almohadones.
-¿Y cuál es el problema? ¿Qué no te lo contó al principio?
-Por una parte sí. Me dolió que me lo hubiese ocultado todo este tiempo, pero luego fui capaz de entender que para él es muy doloroso hablar de ese tema y que me lo contó cuando fue capaz de hacerlo y también por algo más.
-¿Por qué o para qué?
-Me ha dicho que me tome mi tiempo para pensarlo, pero quiere que vivamos juntos. Y claro, los niños van dentro del paquete, como no podía ser de otra manera. Reconozco que es muy flexible y me ha propuesto ser él quien venga aquí, por mi trabajo. Un escritor, al fin y al cabo, puede escribir en cualquier sitio. Y como los mellizos todavía son pequeños, cree que no les costaría demasiado cambiar de ciudad.
-Pero…
-Pero…siempre hay un pero. No sé si estoy preparada, ahora que he criado a mis hijos, para hacer de madre de dos niños pequeños. Porque no nos engañemos, aquí no se trata de ser la novia de papá y verles domingo si, domingo no. Aquí me tocaría educarles, criarles, cuidarles cuando tuviesen fiebre, regañarles…y quererles.
-¿Y temes no poder quererles?
Me quedé pensativa. Nunca me había hecho esa pregunta, sino más bien si tendría, a mi edad, la energía suficiente para ser madre de nuevo. Pero ahora que lo pensaba, también existía esa parte. Cuando hablé, la voz no me pareció mía, era demasiado ronca.
-No, creo que no. Tal vez lo que temo es que si las cosas salen mal, en vez de perder a una persona, estaré perdiendo a tres. Y no sé si voy a ser capaz de soportarlo.

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