4 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 12



Aquella noche me fui a la cama sin haber resuelto nada. Más bien tenía aún más dudas que antes de hablar con Laura. Me sentía preocupada por su incipiente relación con Mateo. ¿Quién era? ¿Hasta qué punto era seria su enfermedad, o mejor dicho, cuánto podría influir en su relación? Me dije a mi misma que tenía que conocerlo. Laura era demasiado importante para mí y consideraba que mi deber era hacer algo. ¿Qué? No lo sabía exactamente. De hecho, no se trataba de una chica joven como Claudia, que se enfrentaba por primera vez al amor, sino de una mujer hecha y derecha que ya conocía el sufrimiento. Pero quizá por eso mismo consideré necesario conocer a ese hombre. Mañana hablaría con Laura y le pediría que le trajese a mi casa a merendar. Cuando ella considerase, tampoco quería agobiarles. Luego estaba el problema de Claudia, que dejé aparcado los días que compartí con Alexander, pero que ahora mismo volvía a preocuparme. Era inevitable que alguien sufriese, pero yo iba intentar con todas mis fuerzas que no fuese Claudia la dañada. Y Leo…la pobre Leo a quien yo había ofendido, dejándome llevar por el enfado cuando ella seguía metiéndose con Alexander. Tenía que aprender a ser menos impulsiva; de hecho todos los días me lo prometía a mí misma al levantarme, pero la decisión me duraba hasta llegar a la oficina y encontrarme con los mismos problemas, los mismos personajes intolerantes y llenos de ansia de sobresalir, pasando y pisando a quien fuese necesario. Pero igualmente me hice el firme propósito de ofrecer a mi amiga mis más sinceras disculpas. Yo no tenía derecho a juzgarla; sobre todo porque también arrastraba mis propios fantasmas y limitaciones.
La cama de invitados de Laura era cómoda, y la habitación estaba caldeada, con la temperatura justa para conciliar el sueño. El pijama de seda que me había prestado me venía un poco grande, pero su tacto me acariciaba la piel como los dedos de un delicado amante. Y esa sensación hizo que me acordase de Alexander, de sus hijos, de nuestra situación. No podía acusarle de ser un loco que me había propuesto irnos mañana juntos o que me llevase agarrada del brazo para preparar la comida de los niños y llevarles al colegio. Me había convencido, o al menos lo había intentado, de que pasásemos juntos todos los fines de semana posibles. Sería un ensayo de convivencia y sobre todo una toma de contacto entre sus hijos y yo. Luego, si todo salía bien, él compraría una casa aquí, en mi ciudad, para vivir todos juntos. No me habló de venirse a la mía, aunque de todos modos sería imposible. Cuando me divorcié la casa familiar se la quedó mi ex marido y yo me compré un apartamento pequeño, con un amplio dormitorio para mí y un cuarto de invitados que más bien parecía un armario. No había sitio para cuatro personas.
Me quedaban apenas tres horas para intentar dormir, así que intenté relajarme. Me estiré en la cama, acompasé mi respiración y traté de vaciar mi mente de problemas; todos podrían esperar unas cuantas horas más. Era una técnica que me solía dar buenos resultados, pero ahora me resultaba difícil evadirme. Intenté visualizar montañas verdes, riachuelos, el sonido de una cascada…Poco a poco fui cayendo en el dulce olvido del sueño.
Pasé el resto de la semana trabajando diez horas al día; tenía muchos casos pendientes y no encontré tiempo ni para enfrentar mis propios problemas, así que aún menos los de mis amigas. Hablaba con Alexander todos los días pero él, fiel a sí mismo, no me volvió a preguntar qué había decidido. Conociéndole, no lo haría. Nunca me daría prisas ni me coaccionaría. Era tan respetuoso que no concebía inferir demasiado en la vida de otra persona, ni siquiera para su propio beneficio. Y el tener tanto trabajo me venía muy bien para no tener que pensar demasiado.
Pero llegó el fin de semana y ya no pude poner como disculpa la oficina ni los clientes ni los casos. Sin embargo, mis amigas se encargaron de que no tuviese tiempo para dedicarle a mi futuro con Alexander. El sábado por la mañana, cuando estaba peleándome con la aspiradora y sudando como una condenada a galeras en el vano intento de mover una de las librerías del salón, sonó el teléfono. Estuve dudando si dejarlo sonar, pero al final prevaleció mi sentido de la responsabilidad. Era Sara Patricia, que entró a por mí directamente, como un elefante en una cacharrería.
-Ya te vale, ¿eh?
-Ya me vale, ¿el qué?-le pregunté, ya resignada a no poder acabar de limpiar el salón en paz.
-Has dejado a la pobre Leo hecha unos zorros y no has tenido la decencia de pedirle perdón.
Dejé la aspiradora en el suelo con toda la calma de que fui capaz, y como me barruntaba que la conversación sería larga, me fui hasta el sillón que muy sensatamente he colocado mirando a la ventana que da a la plaza. La dejé que me hiciese todos los reproches del mundo mientras yo me relajaba viendo lo que ocurría en la calle. La mañana de sábado se presentaba fría pero soleada y ya estaban en el parque los primeros niños, acompañados de sus padres. Me imaginaba la situación; la madre de familia habría echado de casa con sus mejores maneras a cónyuge y vástagos para que si indefectiblemente tenía que poner fin a la mugre y al desorden al menos lo pudiese hacer en paz. Alguno de los padres parecía medio perdido con sus retoños pero había un par de ellos que se mostraban diestros en el manejo de bebés, carritos y chupetes. Me acordé de Alexander; era inevitable. Por eso aparté la vista y me fijé en la otra cara de la moneda, los dos ancianos apoyados en sus bastones que intentaban acaparar los primeros rayos de un sol tímido que apuntaba en el cielo como una jovencita que va a un baile por vez primera y le da pudor mostrarse. No sabía en cuál de los grupos encajaba yo; en ninguno de momento: ni me sentía una vieja ni con tantas fuerzas como para hacerme cargo de dos niños de ocho años para los que seguramente sería una especie de bruja maléfica.
-Di algo, ¿estás ahí?
Volví a la realidad ante los gritos de Sara Patricia al otro lado del teléfono.
-¿Qué quieres que diga? Lo siento mucho. Nunca había pretendido herirla.
-Pues díselo.
-Ya le pediré perdón.
-¿Cuándo?
-No lo sé, cuando nos veamos en la próxima reunión.
-No, de eso nada, guapa. Esta tarde vas a ir a la cafetería de la esquina en la calle de Leo a las cinco. Yo la llevaré allí sin decirle nada, os veréis y le pides perdón.
-No, esa no es manera-me opuse. Deja que sea yo quien…
Me interrumpió, ordenándome con voz de general de artillería que estuviese allí a las cinco. Y tuvo la osadía de colgarme el teléfono. Tiré el inalámbrico sobre la alfombra de malos modos y seguí con la aspiradora, pero ahora con mucha más fuerza que antes. La ira que sentía desbordándome el pecho me daba nuevas energías. ¿Todo el mundo se había creído que me podían manejar a su antojo? Últimamente estaba harta de la gente en general. Mi madre se empeñaba en tratarme como a una niña y me decía a cada paso lo que tenía que hacer. Mis hijos solo me llamaban cuando necesitaban algo y cuando me concedían la gracia de visitarme no dejaban de buscar defectos a mi casa, a mi manera de vivir y a mí misma. Sospecho que todavía no me habían perdonado que dejase a su padre; obviando toda la soledad y despecho que me tuve que tragar durante décadas. Y por si fuese poco mis amigas, en otro tiempo fuente de consuelo y solaz, ahora eran como un yugo que me oprimía; siempre dando consejos que no habían sido pedidos, opinando de lo que no les importaba e intentando dirigirme la vida. Resoplé como una yegua enfurecida, pero después de dejar la casa limpia como un jaspe y de tomarme un bocadillo de pie delante de la encimera, me desprendí de los andrajosos pantalones que llevaba y la camiseta ya sin forma y me duché. Al final sabía que cedería e iría a ver a mis amigas. Me puse un vestido lila que Leo me había regalado hacía ya tiempo, y mi abrigo preferido. Me pinté con cuidado, como si fuese a la guerra. Mientras salía a la calle y me encaminaba a la cafetería pensé que al fin y al cabo, iba a librar una batalla.
Yo fui quien llegó primero, como era costumbre. De mi padre he heredado la costumbre de la puntualidad; que generalmente es cosa buena pero en ocasiones es una manera de perder el tiempo en un país como el nuestro en donde todo el mundo llega tarde. Y Sara Patricia era maestra en ese arte. Pedí un café con leche y aproveché para sacar mi agenda y repasar lo que tenía pendiente en la próxima semana. Estaba tan absorta que no me di cuenta de que habían llegado hasta que oí la voz de Leo, enfadada al verme allí, gritándole a nuestra amiga que había sido una encerrona. No le faltaba razón, lo tenía que reconocer. Me levanté, dispuesta a dar el primer paso, y como Sara Patricia la empujaba, Leo no tuvo más remedio que sentarse a la mesa donde yo estaba. Pero se quedó con los brazos cruzados sobre el pecho, en la clásica postura que en el lenguaje gestual significa que hay una barrera, de momento infranqueable. Después de que ambas hubiesen pedido, comprendí que había llegado el inevitable momento de hablar, y a mí me tocaba mover ficha. Respiré hondo para tranquilizarme y darme fuerzas. No soy persona a la que cueste pedir perdón e incluso a veces pienso que lo pido en demasía, pero aquel enfado ya duraba una semana y los ojos de Leo, fríos y duros posándose en mí, a la par que su ceño fruncido, me asustaban.
-Te pido que me perdones. He estado desacertada y he actuado mal. Supongo que me enfadé y en aquel momento quería hacerte daño, aunque inmediatamente me arrepintiese.
Ella asintió con la cabeza, pero siguió con los brazos cruzados y mirándome fijamente. Estaba dolida y se estaba encargando a conciencia de que yo me diese cuenta del daño que le había hecho. La llegada del camarero con los cafés impidió que ninguna de las tres siguiese hablando. Y cuando se marchó, todavía seguimos un buen rato en silencio, como si el poner azúcar en el café y remover fuese un acto litúrgico y necesitase de toda nuestra atención.
-Lo siento mucho Leo. Me he pasado.
-Tres pueblos-dijo con voz de trueno. Reconócelo.
-¿No es lo que estoy haciendo ya?-me enfadé yo también. No sé si quieres que me raje las venas aquí en público o que me flagele con un látigo de siete colas. ¿Tú nunca has hecho mal las cosas?
-Pues claro, pero no he metido el dedo dentro de la herida de nadie, menos de una de mis mejores amigas.
Tragué saliva y conté en silencio y despacio hasta diez. Había venido aquí para hacer las paces y puesto que ella era la ofendida supongo que tenía derecho a resarcirse. Se lo iba a permitir, aunque no le daría un cheque en blanco; todo tiene un límite.
-Tocaste mi fibra sensible-me acusó. Tiraste a matar.
-De acuerdo con lo primero. Pero no con tu segunda afirmación. Yo no tiré a matar. Simplemente-intenté explicarle pacientemente-cuando se conoce mucho a una persona es fácil herirla, porque también conoces sus puntos débiles y aquellas cosas que más le van a doler. Supongo que yo estaba cansada, confusa por haber estado con Alexander, con los sentimientos a flor de piel y…simplemente me sentaron mal tus comentarios y no supe echarlos a broma como he hecho tantas veces.
Volvió a asentir con la cabeza, y me miró algo más relajada. Incluso se permitió una pequeña sonrisa. Y por eso me arriesgué a seguir hablando.
-Sin embargo, Leo, sí que hay algo de lo que no me arrepiento.
Se quedó callada, esperando. Y yo continué, rogando no volver a estropear las cosas.
-Aquí la psicóloga es Sara Patricia, pero por experiencia propia si te diría, si me lo permites, que por tu bien, debes pasar página ya.
-¿Pasar página? ¿Qué quieres decir?
-Quiero decir-empecé suavemente, como cuando se le intenta explicar algo doloroso a un niño- que lo que te ha pasado es terrible, pero no puedes pasarte la vida recordándolo, viviendo en el pasado e hipotecando tu presente y tu futuro. Tu exmarido era un cabrón que te hizo mucho daño, pero no todos los hombres son así. No puedes ir por la vida con los guantes de boxeo puestos o echarás a todo el mundo de tu lado.
-Qué fácil es para ti hablar-me dijo, mirándome con resentimiento. A ti no te han cosido la cara a hostias.
-No, es verdad, a mí nunca me han puesto la mano encima. Y no puedo imaginar lo que eso significa, pero sí que he sido maltratada.
-¿Ah, sí? No me digas-se burló.
-Leo, no todo el maltrato pasa porque te pongan los ojos morados. Puedo deciros a las dos, y es la primera vez que hablo de ello con alguien; que es tremendamente doloroso que la persona con quien has tenido dos hijos y con la que has planeado pasar tu vida y envejecer, te ningunee, te desprecie y te diga en tu propia cara que no quiere ir contigo por la calle de la mano porque le da vergüenza.
Me callé de repente. Se me había puesto un nudo en la garganta y me temblaba la voz. Saqué un pañuelo de papel del bolso y me sequé los ojos. El tema era todavía muy doloroso para mí y me sentía en carne viva al recordarlo.
Leo no me contestó nada, se limitó a bajar la vista. Es tan sencillo juzgar a los demás y pensar que tenemos el don de la desgracia absoluta y que solamente a nosotros nos pasan cosas dolorosas que eso nos hace incapaces de ver el sufrimiento de los otros. Tuve la suerte de tener una abuela muy dada a fábulas y refranes y siendo yo muy pequeña recuerdo que me contó aquella historia del sabio tan pobre que se alimentaba de raíces y se quejaba de su poca suerte, hasta que se dio cuenta de que otro hombre recogía lo que él iba desechando. Eso me enseñó desde muy pequeña que siempre hay alguien que lo pasa peor.
Y esa enseñanza me fue útil sobre todo en la enfermedad de mi hijo. Era muy tentador entonces dejarme caer primero en la rabia y luego en la autocompasión, aunque me temo que esto último mis amigas no me lo hubiesen permitido. De todos modos no tuvieron ocasión, porque yo me encargué de intentar verlo todo de manera positiva. Me imagino que Leo no tuvo la suerte de conocer a mi abuela.
Aquel primer escollo estaba salvado y cuando me despedí de Leo y Sara Patricia sentí la paz del trabajo bien hecho. Ahora tenía por delante un fin de semana para pensar en Alexander, en sus hijos, en nuestra complicada situación; en mi propia familia a veces tan lejana…Quizá eran demasiadas cosas en las que pensar para tan poco tiempo.
Cuando puse la mesa con un solitario plato y una triste ensalada pensé de nuevo en cómo odiaba comer sola. Siempre me había gustado reunir a toda la familia en torno a la mesa y a una buena cena y ahora de aquella familia que un día yo había creado, ¿qué quedaba? Nada, esa era la triste realidad. Un hombre con el que había compartido la mitad de mi vida y con el que ahora apenas hablaba, a menos que fuese estrictamente necesario; una hija que me seguía culpando por haber tomado yo la decisión de separarme de su padre, y un hijo que me reprochaba todo cuanto de equivocado pudiera haber en su vida. Y ahora que llegaba una persona como Alexander, que parecía emanar luz y calor y me ayudaba a reconciliarme conmigo misma, sentía miedo de sentir y en ocasiones pensaba que lo más cuerdo sería no continuar esa relación antes de que algo se estropease y me hiciese daño de nuevo.
Aquella noche dormí mal, a pesar de mi cansancio y cuando me levanté decidí que ya estaba bien de vivir como un eremita, simplemente del trabajo a casa y de casa al trabajo. Tenía que airearme, salir, ver la vida frente a frente y no desde la ventana. Dudé si llamar a alguna de las chicas, pero al final pensé que no sería conveniente. Estaba triste todavía y de mal humor, no era buena compañía ni para mí misma, así que las dejaría que pasasen un domingo tranquilas.

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