5 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 13



Cuando bajé en el ascensor hasta el garaje me acompañaba la misma sensación de siempre; sé que es algo totalmente irracional, pero me muero de miedo dentro de cualquier parking. Me tiemblan las piernas, me suda la nuca, siento escalofríos y un ardor en el estómago como si tuviese una úlcera sangrante. Y para acabar de ponerme nerviosa me percaté con terror de que el mando a distancia no funcionaba y el portal no se abría. Por fin conseguí salir, bajándome del coche, abriendo con la llave y corriendo como alma que lleva el diablo para que el dichoso portal no me pillase en medio. Cuando llegué al final de la rampa ya estaba agotada y sudorosa. Pero respiré hondo intentando relajarme y a los diez minutos, cuando ya estaba saliendo de la ciudad, me encontré mejor, más ligera y con el ánimo de dedicarme el día a mí misma. Puse música e intenté disfrutar del día y del paisaje. Aunque hacía frío todavía, no llovía y apenas había nubes. Dudé hacia dónde ir, y al final opté por visitar la tumba de mis abuelos en el pueblo de mi madre. Quedaba a unos cincuenta kilómetros, pero me venía bien conducir por aquellas carreteras casi vacías; era como vaciar la mente de problemas y centrarme en conducir, sin pensar en que haría con mi vida ni qué podría hacer por mis amigas o por mis hijos, o por qué cada vez me costaba más levantarme por las mañanas. Aparqué delante de la iglesia, cerrada a aquellas horas. Empujé la verja del cementerio. Por el camino me había detenido en un vivero de plantas que abría los domingos y había comprado un ramo de margaritas. Eran una de las flores preferidas de mi abuela, y las coloqué en el jarrón a los pies de la tumba, desechando las rosas mustias que tenía. Me molestó ver que el dinero que le pagábamos mensualmente a la florista del pueblo estuviese siendo desaprovechado y que se burlase de mi madre, y por ende, también de mí. Aquellas rosas llevaban allí más de dos semanas. Me quedé delante de las tumbas, con las manos en los bolsillos del abrigo, pensando en mis abuelos y en toda la calidez que habían aportado a mi infancia. Yo nunca he sido de las personas que hablan en voz alta en el cementerio; me parece algo totalmente innecesario; los muertos se hayan en una dimensión en la que no se necesitan las palabras para comunicarse; basta simplemente el pensamiento, el sentir, para enviarles a los seres queridos nuestros deseos.
En las afueras del pueblo había un restaurante al que solíamos venir cuando yo era una jovencita, con mis padres y mi hermano. Me pregunté si estaría abierto todavía. Y lo estaba, aunque con otro nombre, y con un aspecto muy diferente al que yo recordaba; pero allí seguía. Me senté en una mesa al lado de la ventana para tener una buena visión del río y la montaña al fondo. No me gustaba el cambio que le habían dado; antes era un restaurante familiar donde se servía comida casera y ahora lo habían convertido en un sitio de ambiente moderno, con platos de nombres extraños y porciones mínimas que costaban un riñón. Estaba algo arrepentida de la elección, pero era demasiado tarde para buscar otro lugar, así que pedí una sopa y un plato de pescado, aunque cuando me lo trajeron no vi el pescado por ninguna parte; supongo que estaría sepultado debajo de aquellas salsas y condimentos extraños. Estaba removiendo cuidadosamente con el tenedor y la pala el contenido de mi plato cuando entró una pareja y se sentó en la mesa del fondo. Había poca gente y me fijé en los recién llegados, que se habían sentado juntos y muy acaramelados. Pero…no podía ser. Juraría que conocía a ese hombre. Con disimulo me cale las gafas, porque soy miope y no me fío mucho de mi vista a cierta distancia. Si, evidentemente era él; ese bigote y esas patillas eran inconfundibles. Se trataba del marido de Luisa Fernanda, y la voluptuosa mujer a la que prodigaba atenciones y caricias no era mi amiga, sino su prima, la domadora de circo, nuestra recién incorporada Anastasia. Vivir para ver… ¿qué se supone que debería hacer ahora?
Nunca me había visto en semejantes bretes. ¿Qué se hace cuando el marido de una de tus mejores amigas se la está pegando? Y si además le sumamos la manera de ser de Luisa Fernanda…era como echar gasolina al fuego. Aproveché que el camarero pasó por mi lado y le pedí la cuenta. Apenas había probado bocado y tuve que convencerle de que no era problema de la comida, que estaba deliciosa, sino que simplemente tenía que marcharme cuanto antes. Afortunadamente mi trabajo me había enseñado como mentir sin sonrojarme. Si quisiera decir la verdad tendría que confesar que la comida era una bazofia cara; pero no me gusta destrozar las ínfulas de la gente a lo tonto. Si existían personas que pensaban que por poner nombres raros a los platos y hacerlos irreconocibles, aumentaba su exquisitez…allá ellos.
Con el estómago vacío y malhumorada puse rumbo de nuevo a mi triste y solitaria casa. Estaba visto que mí sino era que los fines de semana fuesen horribles. Casi lloré de alegría y alivio cuando me senté a la mesa de mi cocina, me hice un bocadillo y me lo comí leyendo un libro. Así era mi vida desde hacía bastante tiempo y así debería seguir. ¿Para qué salir a la calle? Lo había hecho y ahora tenía otro problema añadido a todos los demás. El teléfono me sobresaltó al punto de que tiré encima de la mesa el yogur que me estaba comiendo.
-¿Dígame?
-Hola, ¿te viene bien que Mateo y yo vayamos a tu casa a tomar un café?
Suspiré. ¿Serviría de algo decirle a Laura que no? Conociéndola, haría como que no me había oído. Ya me había puesto el pijama y la bata, pero volví a mi cuarto para vestirme de nuevo. Dudé que ponerme; me sentía algo nerviosa ante la idea de conocer a ese misterioso Mateo. Al final me decidí por un vestido que me había regalado mi hija en Navidad y ni siquiera había estrenado. Era azul, del mismo tono que mis ojos y de una lana suave que me proporcionaba sensación de calidez. Tocaron a la puerta justo cuando acababa de maquillarme. Al abrir me encontré con una Laura de la mano de un hombre alto y moreno, con amplia sonrisa y unos magníficos ojos verdes que despedían chiribitas luminosas. Me aparté a un lado con una sonrisa y ambos entraron. Laura hizo las presentaciones, y Mate me dio primero la mano y luego un beso en la mejilla. Olía bien, lo cual hizo que me predispusiese a su favor. El olor de la piel de una persona me dice muchas cosas, y también la calidez de su mirada.
-Pasad. ¿Habéis cenado? La verdad es que yo acabo de tomarme un bocadillo, pero puedo hacer una ensalada y una tortilla…
-No, no es necesario. Solo estaremos un momento. Quería que os conocieseis-contestó Laura, algo nerviosa.
Les preparé un té y mientras lo servía aproveché para mirarles de nuevo. Apenas podían estar uno al lado del otro sin tocarse, sin agarrarse de la mano o echarse tiernas miraditas. Yo estaba pasando por un momento parecido, aunque me da la sensación de que Alexander y yo éramos bastante más contenidos. Para empezar Alexander era muy callado, casi siempre aparecía como ensimismado y le costaba bastante hablar de sus sentimientos. No me lo imaginaba cogiendo mi mano y diciéndome cosas tiernas delante de nadie. Y…creo que a mí tampoco me agradaría demasiado. Pero en este caso, con Mateo y Laura, parecía normal que lo hiciesen. Los dos daban la sensación de ser personas un tanto perdidas y necesitadas de cariño.
-Laura me ha contado que sois amigas desde pequeñas.
Tenía una voz fuerte pero agradable, con un timbre cálido. Asentí, dejando la taza y el platito encima de la mesa de centro. Recosté la cabeza en el respaldo del sofá; de repente me sentía cansada, laxa y sin ganas de nada más que de cerrar los ojos. Pero tenía visita y habría que dejar el cansancio para más tarde.
-Sí, desde que nacimos, supongo. Su madre y la mía ya eran amigas, así que…imagina.
-Y ya sé que ella no te oculta nada.
Me eché a reír. ¿A dónde quería ir a parar?
-No estaría yo tan segura. Todos ocultamos algo.
-Quiero decir-continuó él apretando la mano de Laura entre las suyas y sonriéndole-que sabes dónde nos conocimos y de mi enfermedad.
-Sí, lo sé.
No dije nada más. Temía ser inconveniente y además, parecía que era él quien venía dispuesto a darme unas explicaciones que yo no había pedido, pero que para mi tranquilidad estaba más que dispuesta a escuchar.
-Quiero que sepas que mi enfermedad es crónica pero está controlada, no soy un peligro para Laura. La quiero demasiado y lo que más deseo es hacerla feliz.
De repente me sentí algo avergonzada; creo que hasta me puse colorada. ¿Quién era yo para ejercer de juez ante la relación de dos personas adultas?
-De verdad, esto no es necesario-le interrumpí. Confieso que, como casi todo el mundo, estoy llena de prejuicios. Y cuando Laura…
No seguí; soy valiente pero creo que no tanto como para admitir que una persona con una enfermedad mental crónica me asustaba. Sabía de sobra que era totalmente injusto verlo de manera diferente a alguien que tuviese…diabetes, por poner un ejemplo.
-Sí, ya lo sé. No hace falta que sigas. Lo entiendo perfectamente. Y conozco el pasado de Laura. Sé que no ha tenido una vida fácil.
Mi amiga estaba como convidada de piedra; callada como una muerta y girando la cabeza de un lado a otro como en un partido de tenis, escuchándonos a los dos por turno. De repente empecé a verle el lado cómico de la situación y me eché a reír, primero suavemente y luego a carcajadas. Sólo paré cuando noté el dolor en las costillas, y sujetándome los costados traté de calmarme.
-¿Y se puede saber qué te pasa ahora?-me preguntó Laura.
-Nada, no me pasa nada; sólo que me acabo de acordar cuando le pegué aquella tremenda paliza a ese niño horrendo que te molestaba en los recreos. Pobrecito, le dejé casi preparado para los Santos Óleos.
Laura también se echó a reír al recordarlo. Las dos éramos de la misma edad, pero no sé por qué motivo yo me creía en la obligación de velar por ella.
-Siempre has tenido muy mala baba-me acusó.
Mateo estaba callado, escuchándonos atentamente y supongo que preguntándose en dónde se había metido.
-No te preocupes-me apresuré a decirle-he cambiado desde los ocho años. Digamos que me he vuelto algo más civilizada.
-¿No me vas a dar una paliza?
-No, por el momento no. Pero-le advertí apuntándole con el índice, aunque sonriendo a la vez-te aseguro que si le pones los cuernos o le haces acarrear mierda de cualquier animal de cuatro patas o de dos y con plumas, te dejaré tan desfigurado que ni tu propia madre te reconocerá.
-Te prometo que no tendrás que hacerlo. Soy el primero que quiere que esta aventura salga bien. Y ahora que ya tenemos tu bendición, igual es hora de plegar velas. Mañana es lunes y todos trabajamos, ¿no?
-Sí, y yo tengo un día muy duro por delante. Sin embargo, aquí no son necesarias bendiciones. Yo soy una persona muy insegura y con una vida demasiado complicada para dar consejos. Más bien los necesito yo misma. Lástima que ese consultorio de nuestra infancia, el de la señora Francis, no exista.
-Era un hombre, guapa-me informó Laura, enfadada. Cuando me enteré casi me muero del disgusto.




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