6 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 14



Cuando se marcharon recogí el servicio del té, fregué tazas y platos y me fui directamente a la cama. Estaba muy cansada; había sido un fin de semana extraño y lleno de emociones a cada cual más difícil de llevar. Hacía dos días que no había hablado con Alexander; él no me había llamado y yo no tuve tampoco las fuerzas necesarias para hacerlo. La última conversación que tuvimos fue el viernes por la noche, antes de cenar. Él estaba muy distraído, como deseando acabar la conversación y yo no quise forzar nada. Uno de sus defectos, quizá el que más me incomodaba, era su hermetismo. De vez en cuando sufría una especie de crisis en las que se encerraba en sí mismo y no había manera de hacer que saliese a la superficie. Me imaginaba que su vida no era nada sencilla; pero tampoco lo era la mía. Desde que me había contado lo de sus hijos era como si una barrera invisible, ligera pero consistente a la vez, se hubiese interpuesto entre nosotros. Y yo no sabía si iba a tener las fuerzas suficientes para derribarla. En el fondo mi personalidad era débil, por más que entre mis amigas me revistiese con una coraza de sensatez y coraje e intentase arreglar todos los problemas. ¿Qué podía yo arreglar si mi vida era un completo fracaso? En el fondo yo era un poco como la señora Francis de la que había hablado con Laura; me disfrazaba de un personaje que no era yo. ¡Y es tan cansado disfrazarse de fortaleza cuando no se tiene!
Me recosté en mis almohadas bordadas y me recubrí del amoroso contacto del edredón. Supongo que tendría que ver con mi inseguridad el que buscase siempre estar rodeada de las cosas que me daban confianza y que me hacían sentirme en mi casa. Miré la foto de Alexander encima de mi mesita de noche. Nunca me iba a dormir sin mirarla, era casi como mirarle a él a los ojos. Pero no sé por qué esta noche mirarle no me daba la calma acostumbrada. Intenté leer un rato pero estaba demasiado cansada y al final desistí. Lo mejor que podía hacer era intentar dormir para estar bien mañana. Tenía mucho trabajo esperándome en mi mesa de despacho, y pocas ganas de hacerlo. Si quería ser sincera conmigo misma, tendría que confesarme que el mundo del Derecho nunca me había gustado, pero para suerte o desgracia mía era lo único que sabía hacer y tenía que comer tres veces al día.
La tarde del martes la dediqué, apenas salí de trabajar, a hacer algo que detestaba, pero que era necesario: ir al supermercado y llenar la nevera. Mi hija iba a venir con su novio y pasaría en mi casa tres días; así que necesitaba provisiones y me enfrenté a la tediosa tarea de llenar el carrito con todo lo necesario. Mi hija no comía carne, al igual que yo, pero su novio si devoraba un chuletón de medio kilo sin que se le moviesen las pestañas. Compré mucha fruta y verdura y todo lo necesario para hacer galletas de avena y coco; a Irina siempre le habían encantado. Tenía ganas de verla; pero al mismo tiempo me daba miedo. Desde que me había separado de su padre algo se había roto entre nosotras. Nunca me había hecho un reproche claro, pero sí que se había quejado de mi conducta con su abuela e incluso con su hermano. Me culpaba de haber roto la familia, y yo ya me había resignado a cargar con una culpa que realmente no me pesaba como tal. Había hecho lo que quería y creo que también lo que debía hacer. Siempre consideré estúpido y cobarde seguir con una situación artificial cuando ya los sentimientos no existen. Ahora mismo no podía hacer otra cosa que confiar en que Irina recapacitaría algún día y se daría cuenta de que las parejas y los matrimonios se rompen, pero el ligamento que une a una madre con sus hijos es una condena a perpetuidad y no desaparece ni con la muerte.
En precario equilibrio conseguí llevar mi carro hasta el aparcamiento y cuando ya tenía toda la compra colocada en el maletero, me volví asustada al ver que alguien me tocaba e hombro.
-Vaya, Madre Abadesa, tú también comes.
-¿Por qué me pegas esos sustos, bobaina?
Era Sara Patricia, que había aparcado en la plaza que estaba al lado de la mía.
-¿Nos tomamos un café? Lo necesito para enfrentarme a la tarea de comprar. El pasillo de los detergentes me deprime mucho-me dijo sonriendo.
-Venga, vamos, pero rápido, que llevo cosas congeladas.
Fuimos del brazo hasta la cafetería y ante sendos capuchinos empezamos a hablar a la vez, y también a la vez nos echamos a reír.
-Tú primero-me ofreció.
-No, venga, tú me has encontrado. Dispara, se te ve ansiosa.
-Pues sí, he de confesar que estaba deseando hablar contigo a solas. ¿Sabes lo de Laura?
-Sí, incluso he conocido a Mateo. Vinieron el domingo a mi casa y me lo presentó. Parece buen chico.
-No puedo contarte nada de su enfermedad. Es secreto profesional-me avisó, con aire ofendido.
Me eché a reír en su cara.
-No seas patética. ¿De dónde sacas que yo quisiera interrogarte? Ya sé que es tu paciente y no puedes decir nada. Además, yo no soy la madre de Laura. Ya es mayorcita.
Se sintió como desengañada. Pienso que se había preparado concienzudamente para la pelea, para negarse a mis requerimientos, y como no le preguntaba, ahora se sentía ofendida.
-Ese alemán te ha dado algo que te ha trastornado. Esta no es mi Guiomar. La mía, la de siempre, me estaría amenazando con mil torturas si no le contaba con pelos y señales los traumas del muchacho.
-Pues siento desilusionarte. Hablé con él y me parece buena persona. Se nota que quiere a Laura y…al menos no tiene cerdos ni gallinas; creo que trabaja en un estudio de arquitectura, así que de ésta…de la mierda nos libramos.
Las dos nos echamos a reír.
-¿Y tú estás bien?-me preguntó.
Me encogí de hombros.
-Sí, supongo. Como siempre.
-Pues pareces preocupada.
Suspiré. Desde pequeña tenía el hábito de preocuparme y cuando no encontraba problemas, me los inventaba. Pero ahora no era necesario inventar nada; tenía unos cuantos en bandeja.
-Bueno, no es el fin del mundo. Pero…el domingo vi algo que me dejó muy preocupada. Y no sé qué debo o qué puedo hacer.
Sara Patricia me animó con un gesto a que se lo contase. Y la verdad es que yo estaba deseando soltar la carga que me abrumaba; por eso no me hice de rogar y se lo conté tal y como había sucedido. Ella, que siempre tenía una respuesta preparada para todo, se quedó callada, dando vueltas a la taza de café vacía.
-¿No has pensado que quizá fuese una casualidad?
-¿Una casualidad? Yo no creo en esas cosas. Más bien pienso que en la vida hay causalidades. Y te digo que se la está tirando. No he nacido ayer y aunque no sea muy avispada me doy cuenta de esas cosas.
-¿Y qué vas a hacer?
Me retorcí las manos. Eso era lo que me estaba preguntando desde el domingo por la tarde. Quizá si la perjudicada fuese otra, se lo diría. Pero con Luisa Fernanda todo era distinto. Ella pensaba que su mundo era perfecto; que estaba en posesión de la verdad y que todo lo suyo era ideal.
-No lo sé. Creo que no valdría de nada contárselo porque básicamente no me creería. ¿Nunca has oído eso de que no hay peor ciego que el que no quiere oír?
-Creo que el dicho se refiere a los sordos…
-Da igual-la detuve con un gesto. Lo que quiero decir es que Luisa Fernanda es especial y al final me haría quedar mal a mí. Llámame cobarde, porque lo soy; pero creo que me callaré.
Llamé al camarero para que nos pusiese otro café, aunque tuve ciertos remordimientos al pensar que quizá los congelados se echasen a perder en el maletero de mi coche. Aunque…al diablo con todo. Para una vez que pensaba en mi misma…siempre me estaba preocupando de las cosas de los demás.
-Quizá tengas razón y sea ella quien tenga que abrir los ojos.
-Eso si quiere abrirlos.
-¿Qué quieres decir?
-Nada en especial. Hay gente que prefiere no ver la realidad, y no sé por qué pero pienso que nuestra amiga es una de ellas.
Sara Patricia no dijo nada, se limitó a cabecear, como asintiendo. Llegó el camarero con los cafés y cuando se marchó, empezó a hablar de nuevo, muy animada.
-¿Sabes que me he comprado un perro?
-¿Un perro? ¿Y desde cuando te gustan a ti los animales?
Se encogió de hombros.
-No lo sé. Pero hace poco he leído ese libro, ya sabes, “No sé si casarme o comprarme un perro”. Y he optado por el chucho.
-¿Y qué tal?
-No veas lo que se liga con perro-me confió en voz baja, como si me estuviese confesando un pecado.
-Vaya…no sabía yo eso.
-Ya te digo…En dos días bajándole al parque he ligado más que en el último año. Ayer un tío me ha invitado a salir juntos a pasear a los perros cada noche.
-Querida, ¿has oído hablar del dogging?
Me miró con desprecio.
-No se puede caer más bajo. Qué mala es la envidia.
-Pero, ¿Sabes lo que es o no?
-Lo sé, pero no estoy tan necesitada ni hay nada tan retorcido en este chico. Además, está muy bueno y libre como un taxi.
-Ah, pues qué bien. ¿Y cómo se llama el afortunado?
-Eso es lo peor, el nombre no me pone nada…Se llama Manolo-me dijo en voz baja, como avergonzada.
Me eché a reír.
-Mira que eres pija y snob. ¿Qué tiene de malo llamarse Manolo? En este santo país antes la mayoría de los hombres se llamaban Pepe, Manolo, Paco o Juan. Los nombres de siempre, de toda la vida de Dios.
-Ya, pues tu escritor se llama Alexander.
-Pero no es español.
-¿Tú te liarías con alguien que se llamase Manolo?
-Mujer…dicho así. Depende. Si me gustase, claro que sí. ¿Y sólo tiene de malo el nombre?
-Ya te he dicho que es muy guapo y es simpático y ocurrente. Aunque su trabajo tampoco es que me guste demasiado.
-¿En qué trabaja? No puede ser tan malo; ahora ya no hay verdugos en España, que era antes el trabajo más vergonzoso. Venga, contesta, que se descongelan los guisantes en el maletero del coche.
Miró a ambos lados, como si me fuese a confesar un pecado mortal.
-Es legionario-me dijo en voz baja
Di un respingo.
-Coño…el Novio de la Muerte.
Y no pude evitar las carcajadas. No por qué yo tenga nada contra nuestro glorioso ejército, al contrario; más bien me encantan los uniformes; pero precisamente esta manía mía había sido siempre objeto de chufla entre mis amigas, sobre todo para Sara Patricia.
-No empecemos ya con burlas.
-No me burlo. Creo que es el título de una canción. Pero además, quien a hierro mata, a hierro muere. Ahora en serio-dije al ver su cara abochornada-¿qué importa cómo se llame o en que trabaje? Si vamos a eso, ese nombrecito tuyo de culebrón tampoco es que sea una maravilla. Lo que importa es si te gusta o no.
-Sí, me gusta…bastante-reconoció. Lo cual quería decir que le gustaba mucho.
-Pues entonces déjate ya de estupideces de nombres y bobadas y dale una oportunidad al Novio de la Muerte.
Salí casi corriendo de la cafetería, mientras me amenazaba blandiendo el bolso. Y encima le dejé la cuenta de la merienda para que la pagase ella.

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