14 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 15


Ya en mi casa, mientras iba colocando las provisiones en la cocina, pensé en lo que compartía con mis amigas y en lo triste que sería mi vida sin ellas. Mañana llegaba mi hija con su novio, al que apenas conocía; tan sólo había coincidido con él cuando Irina vino a verme el día de mi cumpleaños; una comida rápida en un restaurante porque se iban a pasar el fin de semana con unos amigos. No llegué a formarme una opinión de él. Parecía buen chico y sin duda quería a la niña; así que no consideré necesario darle más vueltas al asunto. ¿Para qué? Luisa Fernanda siempre me había reprochado ser una madre despreocupada y carente de sentimientos. Eso no era verdad; simplemente traté de no ser una madre controladora y creo que supe cortar el cordón umbilical a tiempo. Mientras mis hijos fueron pequeños les llevaba a todos los sitios conmigo y no tuve vida propia, como la mayoría de las madres. Pero fui aprendiendo poco a poco a que la rama se desgajase del árbol, y sin dolor. Ahora que ya eran mayores y vivían de manera independiente, nunca les hacía preguntas. Sabía de su vida exactamente lo que ellos querían que supiera. Y aunque me gustaría que nuestra relación fuese más estrecha, me conformaba con lo que tenía. A menudo los hijos apreciamos el amor de nuestros padres cuando nosotros lo somos. Y si yo tenía que esperar a que llegasen los nietos para que Irina y Lucas me quisiesen más…así sería. El sonido del móvil me sobresaltó. Era Claudia que me proponía vernos en la cafetería de enfrente. Le propuse que subiese a casa. Sabía que venía con Nuria y sería mejor que el primer encuentro fuese en un sitio tranquilo. Había hecho pastas de avena y coco para mi hija y su chico; pero había tantas que separé una bandejita para tomar ahora, y preparé café. Cuando estaba colocando las cosas en la mesa, sonó el timbre. Las mandé pasar al salón y se sentaron en el sofá grande, la una al lado de la otra. Parecían madre e hija; la diferencia de edad era muy evidente. Nuria era alta y delgada, con el pelo estilo paje y surcado de canas, sin teñir. No llevaba apenas maquillaje, tan sólo algo de color en los labios y representaba su edad, o quizá algunos años más. Las tres estábamos algo nerviosas, y nos mirábamos con una media sonrisa, pero sin atrevernos a romper el hielo. Les serví café y durante cinco o diez minutos hablamos de cosas insustanciales: el tiempo, lo difícil que era encontrar aparcamiento en la zona, cómo nos gustaba el café a cada una.
-Al principio no quería venir-dijo de pronto Nuria, mirándome fijamente. No me gusta que me analicen ni que me juzguen. Pero…como parece ser que para Claudia es tan importante…
Tenía una voz fuerte, algo ronca; supongo que era o en todo caso había sido fumadora. Yo también la miré a los ojos; oscuros, bajo unas cejas finas que los enmarcaban y los hacía parecer más dulces de lo que a primera vista se percibía. Dejé mi taza encima de la mesa y crucé las manos. Me temblaban un poco y no deseaba dar sensación de inseguridad.
-Yo no juzgo nada, Nuria, no soy quien para hacerlo.
-Pero no te parece bien nuestra relación-me acusó.
-A mí no tiene que parecerme bien o mal. Mira-le dije con franqueza-las dos somos mujeres con algunos años ya a nuestras espaldas, con nuestras experiencias y desengaños, y no creo que esta relación o cualquier otra, haga que se nos caigan los palos del sombrajo. A mí en esto solo me preocupa una cosa, y es que Claudia no sufra.
-No pretendo hacerle daño-se defendió.
-Ya lo imagino. Nunca he pensado que la dañases a posta. Pero, como tú muy bien sabes, no hace falta pretender hacer daño, para hacerlo realmente.
Claudia asistía a esta conversación como si no fuese realmente con ella; como una especie de convidado de piedra. Se entretenía mirando la plaza a través de la ventana. Yo sabía que estaba muy nerviosa porque era incapaz de mantener las manos quietas; manoseaba la taza de café, se aferraba al cojín, abría y cerraba el bolso como buscando algo.
-Pero piensas que soy demasiado vieja para ella
Negué con la cabeza. Me estaba metiendo en aguas demasiado profundas y no sabía si sería capaz de salir de ellas sin ahogarme. ¿Qué podía decir yo? No era la persona más indicada para dar consejos en cuanto a amores. Mi propia vida sentimental dejaba bastante que desear.
-No creo que la edad sea demasiado importante. Y sobre todo en este caso.
-¿Por qué en este caso no?
Abrí las manos en un gesto de impotencia. No encontraba las palabras adecuadas sin dar la sensación de que me erigía en juez de la Moralidad y las buenas costumbres.
-Verás, si tú fueses una persona libre, pienso que no habría ningún problema. Tampoco es que Claudia sea menor de edad. Pero…estás casada, y por si fuera poco creo que tu hija es la mejor amiga de tu… ¿novia? No estoy burlándome-le dije al ver su cara de pocos amigos. Es que no sé cómo expresarlo. De todos modos, da igual. Las palabras sólo son eso, palabras.
Claudia había permanecido callada todo el rato, pero apenas había acabado yo mi breve discurso, se levantó del sofá y me encaró, poniéndose en jarras. Nunca la había visto tan a la defensiva.
-Habíamos hablado tú y yo en la cafetería del aeropuerto cuando ibas a revolcarte con el alemán que uno no elige de quien se enamora, ¿lo recuerdas?
Me quedé tan sorprendida que supongo que si fuese verano me entrarían unas cuantas moscas en la boca. Al final me rehíce y conseguí contestarle.
-Mira, guapa, a mí no me faltes al respeto. En primer lugar, mi vida privada es sólo mía, y el que seas mi amiga no te da derecho a ese tipo de comentarios estúpidos. Y en segundo lugar; sí, lo recuerdo perfectamente. Pero no olvides tú que yo no estoy aquí para juzgar nada, lo digo por enésima vez, y además, tú has sido la que me ha venido con el cuento, yo nada te pregunté y lo único que hago es intentar ayudarte.
-Si, como lo haces todo, siempre queriendo imponer tu criterio a los demás. Lo de madre abadesa te lo has tomado muy en serio, me parece.
Aquello era el colmo. Esta cría estaba irreconocible.
-No os digo que os larguéis ahora mismo con viento fresco porque soy una buena anfitriona. A mí me da igual lo que hagas con tu vida, preciosa. Quizá en el fondo te enfadas porque eres tú la que tienes dudas. Si estáis tan seguras de que lo vuestro marcha, adelante. ¿A quién le importa? A mi, desde luego, no. Tú eres libre, como los pájaros. Y en cuanto a Nuria, ella sabrá…
La aludida había permanecido como pegada al sofá, mirándonos por turnos, y quizá tan asombrada o más que yo de que la dulce gatita hubiese sacado las uñas.
-Dime Nuria, ¿tú también crees que me meto en lo que no me importa?
-No, no lo creo. Es más, supongo que estamos abusando de tu confianza. Al fin y al cabo, esto ni te va ni te viene.
-No exactamente. Yo quiero mucho a Claudia y siempre me importa lo que le pase a mis amigas. Pero… ¿qué puedo deciros? Supongo que tu marido y tu hija no saben nada, ¿no?
-No, mi hija desde luego que no. En cuanto a mi marido, sospecha que hay alguien, pero piensa que es un hombre. Y no es que le importe. El nuestro-me explicó-hace tiempo que es un matrimonio de pura conveniencia. Él tiene sus historias por fuera y yo no me meto; pero hasta ahora a los dos nos venía bien seguir con la farsa de la familia feliz. Le acompaño en las cenas de trabajo, le hago las comidas que le gustan y él se ocupa de que yo tenga todo lo que necesito.
-Lo que necesitas…hablamos de lo material, supongo.
-Sí. Y no me siento mal por ello- se defendió. Quizá no lo entiendas, pero llegamos a ese acuerdo. Yo soy enfermera, y trabajé hasta que nació mi primer hijo. Luego, como mi marido ganaba mucho dinero, llegamos al acuerdo de que me quedase en casa para cuidar de los niños y…bueno, eran otros tiempos.
-Pero si no tienes por qué justificarte, Nuria, y menos ante mí. El caso es que ambas sois conscientes, supongo, de que no lo vais a tener nada fácil. Ni con tu hija, que ya te adelanto que no lo entenderá, ni con tu marido. Igual podría entender que te fueses de casa con un hombre, pero dudo que su orgullo resista la competencia femenina.
Las tres nos miramos, con impotencia. Claudia me pidió perdón antes de marcharse. Al final no habíamos sacado mucho en limpio de aquella charla; aunque supongo que ellas salieron de mi casa con la idea de que yo no era una puritana dispuesta a enjuiciarlas. Y yo me quedé con la triste sensación de que a las dos les esperaban momentos muy complicados. Solo esperaba que su amor fuese lo suficientemente fuerte para salir indemnes.




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