15 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 16



Cuando se marcharon abrí la ventana y me asomé a la plaza, a aquellas horas desierta. El frío en la cara me sentó bien, era lo que necesitaba para refrescarme y limpiar mis ideas. Aspiré con avidez el aire helado que me quemaba la nariz y la garganta, y casi llegué a notar como enfriaba mis pulmones y me hacía revivir. Yo, que soy la persona más friolera del mundo, ahora necesitaba apagar el ardor que me estaba quemando por dentro. Ya no podía más; a mi situación personal se unían todos los problemas externos y sentía que estaba tocando fondo. Me quedé de bruces en la ventana hasta que noté como me castañeteaban los dientes. Cuando apagué la luz pensé, cual Escarlata O´Hara en sus buenos tiempos que mañana sería otro día.
Y amaneció otro día más, lluvioso y frío. A media mañana mi hija me llamó al trabajo para decirme que llegaría dos días más tarde. No me puso ninguna excusa, se limitó a decírmelo, y como soy tan tonta, incluso pensé que era una suerte que me hubiese avisado. Ya estaba tan acostumbrada a que la gente faltase a su palabra que no lo tomaba como una afrenta. Hasta encontraba disculpas para que Alexander me llamase siempre con prisas y pareciese estar en Babia al hablar conmigo. Una mujer normal le hubiese preguntado qué demonios le pasaba; pero yo nunca lo haría. Supongo que en el fondo no me había liberado de la sensación de ser la alfombra en la que todo el mundo tenía derecho a limpiarse los pies.
Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, y al no llegar mi hija hasta pasado mañana, no tendría que renunciar a la reunión de perdularias. Hoy tocaba en casa de Luisa Fernanda. Siempre me daba cierto reparo ir allí, porque su salón era como de exposición, lleno de cachivaches, recuerdos, chucherías y perritos de porcelana. Las amplias ventanas emplomadas estaban tapadas por pesados cortinajes de terciopelo verde oscuro y las alfombras eran tan mullidas y espesas que me daba la sensación de que mis tacones se clavarían allí como en arenas movedizas y nunca conseguiría salir. Y por si esto fuese poco, estaba el asuntillo de su marido y su prima. Cuanto más lo recordaba más me parecía que bien poco había de inocente en ese almuerzo. Sin embargo, decidí, por el momento, callarme como una muerta. Seguramente Leo, de saberlo, cambiaría el adjetivo, y me diría que me había callado como una puta. Tal vez tuviese razón…
Cuando llegué solo faltaban Claudia y Anastasia, pero decidimos empezar con el café y las pastas sin esperarlas. Cada una sacó su labor. Yo estaba tejiendo un chaleco azul para Alexander. Lo había empezado con mucha ilusión, pero ahora me costaba mucho retomar el trabajo de tejer; cada vez que tocaba la lana recordaba, por una parte sus caricias ardientes, y por otra su voz cada vez más distante en el teléfono. Decidí olvidarme de él al menos mientras estuviese con las chicas. Al diablo los hombres, al menos durante un par de horas.
Luisa Fernanda estaba alegre como unas castañuelas, y no cesaba de revolotear a nuestro alrededor, llenando las tazas, sirviendo más pastas, ofreciendo golosinas. Para todas tenía una palabra amable y cariñosa, aunque no fuese precisamente de ese tipo de personas que ven lo bueno en los demás, sino más bien todo lo contrario. Ella siempre encontraba un buen pretexto para criticar. Al final Leo, siempre tan directa, no pudo más, y le preguntó, si he citar sus palabras textuales, qué coño le pasaba para estar tan contenta.
-Te perdonaré la zafiedad-consintió, como una reina dirigiéndose a un súbdito. Y contestando a tu pregunta-hizo una pausa y se apoyó de una manera que quiso ser lánguida y elegante en la mesa-estoy contenta porque mi marido cada día está más atento conmigo. No sabe qué hacer para agradarme. Hasta me ha comprado un regalo. Lo he descubierto ayer escondido al fondo del armario, al lado de la caja fuerte.
-¿Es que rebuscas por toda la casa esperando encontrar secretos y regalos?-le preguntó Leticia mirando por encima de las gafas, porque siempre se las ponía en la punta de la nariz para trabajar.
-No, es que ésta limpia en esos rincones en donde en las casas normales se aposentan las pelusas y las arañas, como es natural que sea-sentenció Sara Patricia.
-Bueno, ¿y qué has encontrado?-quiso saber Leo, siempre directa. Desde ya te digo que cuando los tíos se andan con tanto cuento es porque te están poniendo unos cuernos tamaño XXL.
Sara Patricia y yo nos miramos como dos espías conspiradoras, pero seguimos calladas.
-Pues encontré…un collar precioso, de perlas negras, de dos vueltas, y con un cierre de brillantes en forma de mariposa. Divino-se extasió juntando las manos. Lo he vuelto a poner en su sitio, claro. Supongo que me lo dará el día de los enamorados.
Se quedó callada al oír el timbre de la puerta; pero como Luisa Fernanda, nobleza obliga, tiene doncella interna, no le tocaba abrir, sino esperar indolentemente en el salón, como la gran señora que era. Claudia y Anastasia entraron juntas. Y todas nos quedamos mirando al miembro más reciente de la Orden; en parte porque era más llamativa que la pobre Claudia, pero también porque cuando se quitó el abrigo descubrimos un vestido tan escotado que casi se le veía el duodeno; aunque, eso sí, debidamente adornado con un collar de perlas negras, de dos vueltas, con un cierre de brillantes en forma de mariposa. Se podía oír el vuelo de una mosca del silencio que se hizo en el salón. Nadie se atrevía a romperlo. La cara de Luisa Fernanda había pasado de la palidez más absoluta a la carnación de una cereza del valle del Jerte.
Anastasia fue la primera en hablar; al parecer era inasequible al desaliento, y no sé si por qué no se daba cuenta de nada, o por qué sabía demasiado bien lo que pasaba, se acercó contoneándose y saludando a todo el mundo.
-Hola, chicas. ¿Llego tarde? Espero no haberme perdido algo interesante.
Leo se adelantó en el sofá y como sospeché que iba a soltar una andanada de las suyas, aproveché que estaba a su lado para tomarla del codo y tirar de ella hacia atrás. Me miró con algo parecido al resentimiento, pero me dejó hacer.
-No, querida-le contestó Sara Patricia. No te has perdido nada interesante. Simplemente estábamos hablando de regalos de San Valentín.
Si desconfiaba algo, no lo dio a demostrar y siguió sonriendo y sirviéndose café. Me fijé en Luisa Fernanda. Estaba muy pálida, con los nudillos blancos, tal era la fuerza con que se aferraba a los brazos del sillón. Se levantó despacio, como una abuela reumática y boqueando como un pez recién sacado del agua. Daba la sensación de que el aire no le alcanzaba para respirar.
-Perdonadme; no me encuentro bien. Creo que me acostaré un poco. No, no os marchéis-dijo al ver que algunas de las chicas se levantaban. Hay café suficiente; no es necesario que dejemos la reunión.
Le hice una seña a Sara Patricia para que fuese tras ella; pensé que era quien mejor la podía apoyar en esos momentos. Cuando oí que se cerraba la puerta que daba acceso al pasillo y estuve segura de que no nos podían oír, decidí que había llegado la hora de tomar el toro por los cuernos. No sé si había hecho mal o bien en no contar lo que había visto. En todo caso, las circunstancias, como tantas veces en la vida, habían decidido por mí.
-He conocido a muchas desvergonzadas; pero creo que tú te llevas la palma-le espeté, mirándola fijamente.
Ella me devolvió la mirada con desenvoltura; incluso se permitió una sonrisa despreciativa, como si estuviese contemplando a un réptil en un terrario.
-No sé qué quieres decir. Supongo que siempre me has tenido envidia.
No me creo una persona violenta y suelo huir de las confrontaciones, pero mi paciencia había llegado al límite y ya me daba igual lo que pasase.
-¿Envidia? ¿De una zorra como tú?
Las demás se quedaron mudas de asombro; yo no solía expresarme de esas palabras. Y antes de que Anastasia me respondiese, seguí con mis acusaciones. Me puse de pie delante de ella, que también se levantó y me miró de arriba abajo. Me sobrepasaba una cabeza, pero eso no me amilanó.
-Te vi el domingo en el restaurante como zorreabas con el marido de tu prima. ¿Cómo puedes tener tan poca vergüenza? Te acogió en su casa cuando llegaste, te presentó a su gente y te abrió las puertas de su vida. Mira bien lo que te digo-proseguí-si te hubieses enamorado, podría entenderlo, porque al fin y al cabo, en el corazón no se manda; pero apostaría mi vida a que no sientes nada por ese imbécil. Lo único que quieres, lo que te mueve, es sacarle dinero y al mismo tiempo alimentar tu ego enfermo y joderle la vida a tu prima. Eres patética.
-No te permito que me insultes-me dijo acercándose con aire amenazante.
Leo se puso a mi lado y la miró, desafiante. Eran de la misma estatura, pero mi amiga podría machacarla con un dedo. Llevaba años entrenándose y había hecho de su cuerpo un templo, no a la belleza, sino al poder. Se había jurado a sí misma que nadie volvería a ponerle la mano encima y a eso había dedicado gran parte de su energía. Pero yo no necesitaba ayuda. La aparté suavemente.
-No te insulto, querida, me limito a dejar constancia de unos hechos, y a definir lo que eres. Una puta, con mis respetos a las putas, que al fin y al cabo hacen un trabajo y no engañan a nadie. Tú no tienes dignidad. Lárgate de aquí; no nos envenenes más con tu presencia.
No esperaba que se marchase; pero fue lo que hizo. Recogió su bolso y su abrigo y salió dando un portazo; no sin antes dedicarme una mirada que de amistosa tenía poco.
No sé cómo fui capaz de llegar a casa, pero de alguna manera lo hice. Aparqué el coche como pude en mi plaza, dando gracias a Dios de que mi vecino estuviese de viaje porque la mitad de la parte trasera estaba en su territorio, y me metí en el ascensor deseando que se parase en el Limbo o en algún lugar parecido. Aunque… ¿no decían ahora que el Limbo no existía? Me enfadé conmigo misma por pensar en semejantes tonterías. Dejé el bolso y las llaves en el mueble de la entrada y fui directa a la nevera. Nunca bebía alcohol a menos que fuese cenando, si descontamos alguna copita de licor con las chicas, pero me serví vino blanco y me lo llevé al baño. Necesitaba llenar la bañera con agua caliente, poner una perla relajante de aceite de lavanda y quedarme allí hasta parecer una pasa arrugada. No podía con mi vida ni quería saber nada más del mundo hasta mañana. No hice caso del teléfono que sonaba en el salón. Ya miraría luego quien había llamado; en ese momento no me encontraba con fuerzas para salir de la bañera que me acogía como el vientre materno a un feto desprotegido. Pensé en Luisa Fernanda y me pregunté cómo afrontaría este problema. Me daba la sensación de que lo tremendo para ella no era solamente que su marido la hubiese engañado, y encima con su prima, sino el que todas nosotras nos hubiésemos enterado. Estaba segura de que su ego había sufrido un golpe mortal y me preocupaba que no pudiese hacerle frente a la situación. Mientras me secaba pensé en la dureza de la vida y en lo poco que nos preparan para las situaciones que a lo largo de nuestra existencia nos toca afrontar. Y me pregunté una vez más si yo había sido una buena madre y había educado bien a mis hijos. Ninguno de ellos era asesino, drogadicto o ladrón, que yo supiese al menos; pero…me daba cuenta de que ambos eran egoístas y desconsiderados en muchas ocasiones. Ojala la vida se encargase de enseñarles que no somos tan especiales como para que el resto del mundo nos rinda pleitesía; ya que yo no lo había hecho del todo bien. Mi hijo había cambiado desde que estuvo enfermo; era más maduro para muchas cosas, pero también se había vuelto un poco más desconsiderado y tenía la sensación de que se ponía él por delante, sin tener en cuenta en muchas ocasiones los deseos y necesidades de los demás.

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