16 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 17



Me estaba peinando y ya había enchufado el secador de pelo cuando el teléfono volvió a sonar. Esta vez sí contesté, ya no tenía excusa. Me sorprendió oír la voz de Alexander.
-Te he llamado antes-me dijo, sin saludar siquiera. Me sorprendí. Él era la educación y la cortesía hecha persona, hasta tal punto de que a veces me agobiaban sus buenos modales de colegio de pago.
-Lo siento. Estaba dándome un baño. Buenas noches-le dije, recalcando el saludo, para que se diese cuenta de que me sentía molesta.
No podía verle, pero estaba segura de que en ese momento sonreía con algo de ironía. Siempre se quejaba de que yo era muy gruñona y que me gustaba usar la ironía para ponerle en su sitio.
-Perdóname-dijo en voz baja. Y no solo por haberme saltado el saludo.
-¿Por qué más debo perdonarte?
Confieso que tantas disculpas me sonaban raras. Cuando un hombre pide perdón sin que se sepa por qué…mal asunto. ¿O sería que llegaba de casa de mi amiga con la susceptibilidad por las nubes?
-Porque he estado muy desagradable durante estos últimos días. Y ni te lo mereces ni tienes culpa de mi mal humor.
-No hay nada qué perdonar. Todos pasamos por momentos malos de vez en cuando.
Pero no me podía negar a mí misma que sentía cierto placer en escuchar cómo se disculpaba y en aceptar yo sus disculpas con fingida benevolencia, ya que en el fondo pensaba que sí tenía motivos para pedirme perdón, y muchos…Pero no era cosa de descubrir todas mis cartas. Estaba bien jugar un poco al ratón y al gato. Yo era la gata, por supuesto, y él…un miserable roedor.
Los dos nos quedamos callados, yo porque ya no sabía qué decirle y estaba a la expectativa; tan seguro como que me iba a morir que me llamaba para algo más que para pedirme perdón; y él porque supongo que no sabía muy bien cómo seguir. Oí un carraspeo al otro lado de la línea y me permití sentir compasión. Sería escritor, pero lo que es locuacidad…muy poca.
-Y bien, ¿qué me cuentas? ¿Cómo están tus hijos?
Decidí ser yo quien rompiese el hielo. No habíamos hablado de sus mellizos desde el día en que me confesó que existían.
-Están muy bien, gracias por preguntarme. El caso es que-se detuvo, como cogiendo aire. Confieso que estaba gozando un poco al ver sus titubeos. En vez de cincuenta años parecía tener quince.
-¿Qué, Alexander? Habla, ¿qué es lo que pasa?
-Quiero que les conozcas. ¿Podrías venir a mi casa este fin de semana?
-¿A tu casa?-repetí, estúpidamente, como para ganar tiempo.
-Ya, ya sé que no te apetece y preferirías terreno neutral; pero no me parece buena idea sacar a los niños de su medio. Quiero que todo vaya bien y cuanto más rutinario sea, mejor.
Solté una carcajada que encubría bajo una pátina de despreocupación y humor el miedo que me atenazaba.
-Bueno, si tú piensas que es rutinario que Papá de repente les presente a una señora como…por cierto, ¿quién les vas a decir que soy?
-Pues les diré la verdad, que eres mi novia, que te quiero.
-Ah, ¿es que somos novios? Perdona que me ría, esa palabra pasados los treinta años me resulta de un ridículo…
-¿Qué debo decirles entonces, señora Sabelotodo?
-Pues no lo sé. Da igual, la palabra es lo de menos-reconocí.
-¿Vas a venir?
Me detuve, había estado caminando por toda la casa como una posesa mientras hablaba con él; pero los paseos no pondrían fin al pánico que se me había instalado en el pecho.
-El caso es que mi hija llega mañana, estará en mi casa hasta el viernes por la mañana, con su novio. Luego se va a pasar el fin de semana con su padre.
-Entonces está libre. ¿Cuál es el problema?-me urgió.
-El problema es que me da pánico conocer a tus hijos.
Silencio al otro lado de la línea. Al fin habló y su voz me sonaba dolida
-Puedo entenderlo, mi Guiomar. Pero, son mis hijos, no puedo dejarlos al margen.
-Me has entendido mal. No quiero que les dejes al margen, ni cambia mi amor por ti que tengas hijos. Pero no puedo evitar sentir miedo. Los niños y los animales no admiten componendas, querido. Si les gustas, te lo hacen saber, lo demuestran…y si no les gustas, con más rapidez todavía.
-Les gustarás. Se enamorarán de ti, como le ha pasado a su padre.
A mí me gustaría estar tan segura. Pero no quise derribar sus esperanzas ni tampoco preocuparme más. Nos despedimos después de ultimar algunos detalles.
Suspiré profundamente a colgar. No podía decir que faltasen emociones en mi vida. Mañana llegaba Irina con su novio y sin tiempo a recuperarme me tocaba conocer a dos niños de ocho años que seguramente me verían como la madrastra mala del cuento. Niños de los que no conocía ni su nombre. Muy típico de Alexander, ni siquiera darme ese dato. Para relajarme decidí hacer un pastel de zanahoria; era uno de los favoritos de mi hija.






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