17 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 18



Antes de irme a la cama llamé a Sara Patricia, quería saber cómo estaba Luisa Fernanda. Por Dios, qué nombres tan complicados teníamos todas. Supongo que a la condición de hermana perdularia es inherente no tener un nombre normal. No me contestaba, así que me fui a la cama, y cuando ya había apagado la luz sonó mi móvil. Dudé si contestar, pero pensé que quizá fuese Irina, y descolgué. Era mi amiga, que había visto mi llamada. Me contó que Luisa Fernanda se había quedado relativamente tranquila después de tomarse una tila y de llorar hasta caer rendida. Habían llamado a su hermana mayor, Eulalia, a quien yo apenas conocía, aunque las dos veces escasas que la vi me dio la sensación de ser una mujer valiente y decidida. Quizá ahora le sentase mejor tener a alguien de su familia que a sus amigas, porque nosotras habíamos sido testigos directos de su humillación. Habría que dejar reposar un poco el dolor, como se deja el arroz cinco minutos cuando se acaba de hacer; y luego sería la hora de actuar y de enjugar sus lágrimas. Noté que además de darme las noticias de la doliente engañada quería contarme algo más, y la insté a que lo hiciese, porque no tenía toda la noche.
-Acabo de sacar al perro.
-¿A estas horas?
Pero entonces caí en la cuenta de que habría ido en amor y compañía.
-¿Y cómo está el Novio de la Muerte?
-Cretina, no te atrevas a llamarle así-me amenazó.
-Vale, ¿cómo está Manolo?
-Es que tampoco me suena bien…
-Pues decídete ya de una vez, pesada, que no tengo yo la culpa que el legionario tenga un nombre vulgar. ¿Os habéis acostado ya?
-Pero si le acabo de conocer-me contestó haciéndose la digna.
-Ya. Como si eso fuese un obstáculo para ti. ¿Cuál es el problema? ¿Huele mal, no tiene modales?
-No me lo ha pedido-casi sollozó. Y sentí de repente una tremenda ternura por ella, que debía de estar desconcertada, porque estaba acostumbrada a quitarse de encima a los hombres como moscas.
- A ver, deja de imaginarte cosas, que te conozco.
-Quizá es que me estoy haciendo vieja. Nos conocemos desde hace más de una semana, nos vemos todas las noches, caminamos juntos más de una hora; tengo al pobre perro al borde del infarto…y tan sólo, la noche pasada, me pidió permiso para besarme cuando me dejaba en el portal de mi casa. Y yo que estaba ensayando como decirle que subiese a tomar una copa…me quedé con un palmo de narices cuando después del beso me acarició la cara y se fue. No le entiendo, me habla de cosas tan extrañas…
-¿Cómo qué?
-Pues que se encuentra solo, que necesita sentar la cabeza, que le pesan las cosas que ha visto en su trabajo, que disfruta mucho hablando conmigo. ¿Crees que es gay?
Me eché a reír, no pude evitarlo.
-Lo que creo es que en casa del herrero, cuchara de palo.
-No me hables con refranes ni metáforas. ¿Qué demonios me quieres decir?
-Que eres una idiota, y no sé en qué tómbola te han dado a ti el título de licenciada en Psicología. Ese hombre tiene unos profundos valores, y me da la sensación de que le has gustado y quiere contigo una relación seria y no un simple revolcón.
-Qué mala persona eres… ¿Cómo me puedes decir esas cosas?
Cuando ya estaba casi a punto de quedarme dormida pensé en cómo nos complicamos la vida las mujeres; siempre analizándolo todo, preocupándonos por los detalles más nimios… A veces no podía menos de envidiar la simpleza del macho.
Mi hija llegó poco después de la media tarde. Hacía al menos cuatro meses que no nos veíamos, y como siempre, me sorprendió darme una cuenta una vez más de que la niña que había acunado en mis brazos ya no existía, y en su lugar había dejado a una mujer hermosa y segura de sí misma. La miré bien después de que nos abrazamos y se separó un poco de mí. Ahí estaban, todavía escondidos, los rasgos infantiles; aquella pequeña cicatriz en la sien en forma de media luna, que se había hecho cuando apenas era un bebé y por la que yo casi me muero del disgusto; y un leve rastro de dulzura de niña en sus ojos verdes, del mismo color que los de su padre y su hermano. Pero eso era todo; ahora esta joven ya no me contaba sus sueños como cuando era pequeña, ni pensaba que yo fuese un hada mágica con solución para todo; sino que me juzgaba más a menudo de lo que yo hubiese querido. Miré también a Iván, su novio. Me gustaba este muchacho, su sonrisa era franca y abierta, aunque fuese muy parco en palabras. Sobre todo, adoraba a mi hija, y eso a mí me bastaba.
Iván me dijo que quería darse una ducha y dormir un rato antes de la cena. Había conducido él todo el tiempo y al parecer estaba cansado; aunque sospecho que también era una excusa para dejarnos a solas un rato y que pudiésemos hablar. Irina me acompañó a la cocina y seguimos hablando mientras yo hacía café.
-¿Has hablado con Lucas antes de salir? Yo le he llamado unas cuantas veces al móvil pero siempre salta el contestador.
Por más que ya sabía que mi hijo sólo hablaba cuando a él le apetecía, no podía evitar preocuparme. Irina se encogió de hombros antes de contestarme.
-Ya sabes cómo es, Mamá. ¿Por qué no le dejas en paz? No le agobies, ya no es un niño.
-No sabía que resultase un agobio llamar una vez por semana al menos a su madre. Sé que el lunes pasado tenía cita con el médico y ni siquiera me ha dicho cómo le encontró o cuales fueron los resultados de las pruebas.
-Ya está curado, Mamá. Se acabó.
-Si, en cierto modo tienes razón, pero si le hacen análisis cada tres meses por algo será.
-Eres muy pesada, ¿Sabes?
Advertí un tono de resquemor en su voz. Desde que mis hijos entraron en la adolescencia me resultaba familiar que me endilgasen el calificativo de pesada simplemente por recomendarles que se abrigasen; pero nunca había oído a mi hija hablarme con tanto reproche.
-¿Qué pasa Irina? ¿Qué te he hecho para que me hables de ese modo?
-No empieces con tus dramas. ¿De qué modo?
-Pues como si estuvieses permanentemente enfadada conmigo. ¿Todavía no me has perdonado que haya dejado a tu padre?
-Bah, no digas bobadas-y me hizo un gesto de desprecio con la mano, como si estuviese espantando moscas. Papá está mucho mejor desde que te marchaste. ¿Sabes que tiene novia?
Me lo soltó con un ligero toque de crueldad, como esperando ver un atisbo de dolor en mis ojos. Pero la verdad es que me alegraba por él y no tuve que hacer esfuerzos ni fingir delante de mi hija.
-No, no lo sabía; pero me alegro mucho. Siempre le he deseado a vuestro padre que sea muy feliz. Entonces-retomé mi intento de acercarme a ella-si no es por eso, ¿qué tienes en mi contra?
Me miró directamente a los ojos, con algo rayano en el desprecio, aunque también advertí un sentimiento de enfado que, o no la conocía en absoluto, o estaba muy relacionado con la necesidad de cariño.
-Mamá, creo que nunca me has querido. Como soy tan parecida a Papá…será por eso por lo que me odias.
-Por Dios Irina-me lamenté, iniciando un amago de abrazo que detuve al ver que ella se apartaba. ¿Cómo eres capaz de decir esas barbaridades? Claro que os quiero, a Lucas y a ti. Sois lo mejor que tengo.
Se levantó de la silla con tal ímpetu que la derribó. Echaba fuego por los ojos.
-¿Lo ves? ¿Te das cuenta? –me acusó, aunque yo no supiese bien de qué. Te estoy hablando de mis sentimientos y tú me contestas hablando en plural. Para ti siempre ha estado primero Lucas, siempre antes que yo. Lucas el de las buenas notas, el que se parece tanto a ti, tu cómplice cuando éramos pequeños y él todo lo hacía bien. Siempre lo supe, que le preferías a él. Pero con su enfermedad ya me quedó del todo claro. Si de ti hubiese dependido, preferirías que yo fuese la enferma.
Cada palabra de mi hija era como un dardo que se clavaba en mi corazón. ¿Tan mal lo había hecho como madre para que tuviese este resentimiento? Tal vez la enfermedad de Lucas hizo que me volcase demasiado en él y me olvidase de que también Irina lo estaba pasando mal. Ojalá supiese qué hacer ahora y como arreglar esta situación.
Hice lo único que podía; quedarme callada y dejarle que sacase fuera todo ese resentimiento que llevaba dentro. Me volví a sentar y quedé esperando que continuase rompiéndome el alma en pedazos.
-Dime que no es verdad, si te atreves. Miénteme y dime que no hubieses preferido que fuese yo quien enfermó.

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