18 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 19



Me miraba retadora y con los ojos echando chispas. Enfrenté su mirada y conjuré la presencia benéfica de mi padre para que me iluminase y consiguiese entrar en el corazón de mi hija. Me mojé los labios; los sentía resecos; en realidad toda yo estaba seca y me daba la sensación de que empezaría a quebrarme como las hojas en otoño cuando alfombran los bosques y las pisamos.
-Si te lo digo, Irina, y no me cuesta ningún trabajo porque no miento. Eres libre de pensar y creer lo que quieras, pero la única verdad es que una madre nunca podría elegir a uno de sus hijos sobre otro. Para mi sois iguales Lucas y tú; aunque seáis distintos y con cada uno de vosotros tenga una relación especial, adecuada a vuestras distintas personalidades. Es verdad que tú te pareces a tu padre y tu hermano a mí; pero no olvides que yo quise a tu padre, y no importa que lo nuestro no acabase bien; nos amamos durante un tiempo y nunca podría ofenderme que uno de mis hijos se parezca a él. Por Dios, ¿es qué no te das cuenta de que sois parte de los dos? Puede que haya cometido contigo un pecado de omisión.
-¿Y eso qué demonio es?
-No sé hasta qué punto ha sido bueno no daros una educación religiosa. Vuestra cultura tiene muchas lagunas. Lo que quiero decir-le expliqué pacientemente-es que me equivoqué cuando tu hermano enfermó al volcarme tanto en su problema de salud y olvidarme de que también tú me necesitabas y sobre todo que también tú estabas sufriendo. Y sólo puedo decirte que lo siento. Lamentablemente no puedo dar marcha atrás al tiempo.
-Mamá, cuando Lucas estuvo enfermo nunca te paraste a preguntarme cómo estaba yo. ¿Sabes el miedo que pasé pensando en que mi hermano se podía morir?
Había tanta tristeza en su voz que sentí que algo se me rompía dentro. ¿Cómo pude haber sido tan ciega y tan egoísta? Nos abrazamos llorando y cuando acaricié el pelo de mi hija la volví a sentir niña de nuevo. Tendríamos que recorrer las dos un largo camino hasta volver a encontrarnos, pero el primer paso estaba dado.
Por eso la estancia de mi hija y su novio, aunque corta, fue fructífera y trajo a mi vida un poco de luz y me dio las fuerzas que necesitaba para marcharme el viernes a ver a Alexander…y a sus hijos. No les conté nada a mis amigas porque no necesitaba que se añadiesen más miedos a los que yo ya tenía en abundancia. Me limité a contarles que Irina se quedaría conmigo un par de días más.
Cuando el avión fue perdiendo progresivamente altura para aterrizar ya era de noche cerrada y no pude apartar la vista de las luces de la ciudad. Me asustaba la imagen como si fuese un dragón de fuego que se acercase a mí para devorarme. Detrás de cada una de esas luces había una historia, unas vidas, una familia o tal vez un solitario que intentaba vivir un día más sin sucumbir a las amenazas de la vida diaria. Y lo que más me asustaba es que una de esas luces iluminaba al hombre a quien yo quería y la vida que tenía lejos de mí; en la cual ahora yo intentaba entrar, aunque no sabía en calidad de qué. ¿Invitada, amenaza, persona non grata? Me daba miedo conocer a sus hijos, porque los niños y los animales no esconden sus sentimientos y no sabía si yo estaba preparada para el rechazo.
Intencionadamente fui la última en salir. Tenía ganas de ver a Alexander, pero podía más el miedo. Cuando ya las azafatas me miraban con cara de pocos amigos, me agarré a mi bolso como esas señoras de la época de mi madre, que cuando su marido da una curva a mucha velocidad en el coche cierran los ojos y se aferran al bolso que descansa en su regazo. No tuve que esperar en la cinta de equipajes por mi maleta y tomando aire como si me dirigiese al patíbulo, caminé hacia la salida. Había comprado regalos a los niños para chantajearles descaradamente y comprar su afecto, justo era reconocerlo. Me había costado que Alexander me contase algo, dado lo callado que era, pero pude enterarme de que a la niña, Flavia, le gustaban las muñecas de trapo y a Rodolfo los puzles.
Fue Alexander quien me vio primero y se acercó a abrazarme. Sentir de nuevo el roce de su piel y su olor me llevó a pensar que había llegado a casa. Me dijo al oído que los niños estaban esperándonos. Había tenido que traérselos, dado que eran las nueve de la noche y no tenía con quien dejarles. Y yo que me había hecho a la idea de que me daría tiempo a relajarme un rato en el coche, de camino a su casa.
-No te importa, ¿verdad?
-Claro que no-mentí. Y me sorprendí a mí misma de la práctica que estaba adquiriendo.
En la cafetería, ocupando una mesa al lado de la ventana nos esperaban los gemelos. Rodolfo era la viva imagen de su padre; los mismos ojos marrones, grandes y dulces, y la boca asombrosamente carnosa en un rostro delgado. La niña no se le parecía; su pelo era más claro y los ojos de color uva. Quizá la forma de ladear la cabeza fuese la misma que la de Alexander, pero no le encontré más parecidos. De repente sentí pena por ellos y pensé que si yo, que era una adulta, estaba nerviosa y asustada, ellos, como niños, debían estarlo mucho más. Esto me dio algo más de confianza en mí misma. Alexander me tomó de la mano y me la apretó suavemente, como dándome fuerzas.
-Niños-les llamó cuando estábamos ya a su lado. Os presento a Guiomar, ya os he hablado de ella. Me empujó ligeramente y yo me adelanté un poco. Me decía a mí misma que eran dos niños de ocho años y que no iban a hacerme un conjuro maléfico, pero la verdad es que en esos momentos preferiría estar sentada en el sillón del dentista.
-Hola Flavia, Rodolfo-les saludé. Les acaricié la cara suavemente. No sabía qué otra cosa hacer. A unos niños de ocho años uno no les da la mano; pero tampoco quería besarles; igual a ellos, de momento, no les gustaba. Rodolfo me sonrió, y dejó ver el lugar vacío de un diente que se había caído. Esto me enterneció y me dio fuerzas. Eran niños, solo niños. Sin embargo Flavia se quedó mirándome muy seria, sin sonreír, y juraría que hizo un amago de apartarse cuando toqué su cara, aunque una mirada de refilón a su padre la frenó.
-Bien, vamos ya a casa. Es tarde y ya deberíais haber cenado.
Alexander me abrió la puerta del coche al llegar al aparcamiento y antes de subir se aseguró de que los niños se sentaban en sus sillitas y se ajustaban bien los cinturones. Me senté a su lado y me devané los sesos intentando iniciar una conversación. Alexander era muy callado y no quería que se instalase un incómodo silencio; pero supongo que le juzgué mal, ya que fue él quien empezó a hablar, preguntando a los niños por los deberes, por el día en el colegio, de manera natural e intentando que yo también participase en la conversación. Rodolfo había perdido la timidez y se lanzó a contar cómo había sido su día y los problemas que tenía con las multiplicaciones. Ceceaba algo al hablar, y su timbre de voz era parecido al de su padre. Flavia permanecía callada, como si estuviese en un mundo propio. Alexander se detuvo esperando que se abriese la puerta del garaje y aprovechó para apretar mi mano dándome ánimos y sonreírme. Había visto fugazmente la fachada de su casa. Era un adosado pintado de color manzana desvaído, con un jardín delante y balcones blancos en la planta alta. La calle, incluso a estas horas de la noche, en que estaba vacía, tenía un aspecto acogedor; una ancha avenida con árboles flanqueando ambos lados. Era un barrio residencial, tranquilo, un sitio agradable en el que vivir. Bajamos despacio por la rampa del garaje y entramos a la casa por la cocina. Era un sitio agradable, con muebles de madera y una mesa de esquina, con un banco tapizado en donde pensé que sería agradable sentarse mientras se horneaba un pastel, o para hacer la lista de la compra, o tal vez donde ayudar a los niños a que hiciesen sus deberes. Me frené a mí misma; estaba fantaseando tal y como lo haría Leticia. Y yo era quien más le había regañado precisamente por montarse películas que no ocurrían más que en su imaginación. Menos mal que, afortunadamente, los demás no podían penetrar en mis pensamientos. Volví a la realidad cuando escuché que Alexander mandaba a los niños que se bañasen.
-¿Se bañan solos?
-Más o menos; yo voy luego a echar un vistazo, pero…bueno, intento que sean autosuficientes en la medida en que puedan. Guiomar…
-¿Sí?
-Tengo algo que decirte antes de que vuelvan.
Se detuvo, dudando, y también yo me puse nerviosa.
-Alex-para mí era una señal de intimidad usar con él este diminutivo y como tal lo reservaba para momentos especiales-ya estoy bastante nerviosa. Dime lo que sea antes de que me muera de ansiedad.
-No es nada grave-me tranquilizó-pero he pensado que, para no asustarles demasiado esta primera vez-he preparado para ti el cuarto de invitados.
Era algo con lo que yo había contado, aunque no me atreví a comentarlo con él. Desde luego no me parecía propio desestabilizar a dos niños pequeños metiéndome la primera noche en la cama de su padre. Pero eso no hacía que doliese menos. Supongo que mis sentimientos, como siempre, se me transparentaron en la cara, porque él me sonrió de esa manera que tanto me gustaba, y mirando a ambos lados para asegurarse de que estábamos solos, me tomó por los hombros y me besó, con un beso largo y profundo.
-Lo cual no quiere decir que antes de que te duermas no recibas mi visita. Conozco bien el camino al cuarto de invitados, pero por si acaso deja la luz de la mesita encendida. Y no te atrevas a dormirte-me amenazó apuntándome con el índice.


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