21 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 21



Fue una noche perfecta, si obviamos que nos vimos obligados a separarnos a las siete de la mañana, antes de que los niños se despertasen. Me quedé en la cama riendo al verle salir vestido tan solo con el pantalón del pijama, de puntillas y mirando a ambos lados, como un ladrón. Y me resultó difícil no volver a reírme cuando nos reunimos a desayunar en la cocina. Hicimos el desayuno entre los dos. Yo me dediqué al zumo y las tostadas y el preparó nuestro café y la leche con cacao de sus hijos. Rodolfo estaba contento y no paraba de hablar. Me sorprendí cuando al verme en la cocina se acercó con su pijama de aviones y me estampó un beso en la mejilla. Me emocioné como una tonta y tuve que esforzarme para no soltar una lágrima. Realmente, que diría Leo, me estaba convirtiendo en una blanda. Pero como siempre hay un lado malo, Flavia seguía tan huraña como el día anterior. A diferencia de su hermano, ella ya se había vestido, y de una manera un tanto indescriptible. Llevaba un peto vaquero lleno de rotos y desflecado, con una camisa de cuadros roja y blanca, como la de un leñador. Esto de por sí no era extraño, pero es que se calzaba unos zapatos de lunares, como de flamenca, con algo de tacón, y encima del peto, ceñido a la cintura, destacaba un tutu rosa de bailarina. Descubrí con algo de sorpresa que había tenido que cotillear mis cosas, porque se había pintado los labios con una de mis barras y en la muñeca lucía una pulsera de abalorios que representaban lunas y caracolas que Laura me había regalado en Navidad. Decidí que no era el momento de hacer preguntas, sobre todo porque cuando su padre les vio a los dos frunció el ceño.
-¿Qué he dicho sobre la manera de sentarse a la mesa? Rodolfo, ¿se puede saber por qué no te has vestido correctamente? Está prohibido desayunar en pijama.
Instintivamente me encogí en mi sitio y le miré de reojo. Se le notaba a las leguas su educación alemana; pero…eran sus hijos y sus normas y a mí me tocaba callar.
-Y en cuanto a ti, señorita-prosiguió mirando a su hija-¿de qué vas vestida? Y ya me explicarás de dónde has sacado esa pintura de labios y esa pulsera.
Ella se quedó callada como una muerta, mirando fijamente por la ventana, aunque el día estaba nublado y no se veía gran cosa, solo se vislumbraba el jardín y la cancela.
-Estoy esperando. No quiero pensar que hayas entrado en la habitación de Guiomar a revolver sus cosas sin permiso. Contesta-la urgió, sin gritar, pero mirándola de una manera que hasta yo sentí algo de miedo. Me aferré sin darme cuenta a mi silla. ¿Qué podía hacer? Me estaba tensando por momentos, y decidí que solo yo podía sacarla del zarzal en donde se había metido.
-No le riñas a la niña, Alexander. He sido yo quien le ha dado la pulsera y me temo que…bueno, le enseñé mis pinturas y maquillaje. Y ya sabes cómo son las chiquillas, siempre queriendo usar las cosas de los mayores.
Él guardó silencio, aunque no me parece que le convenciese, pero al menos sirvió para que pudiésemos desayunar tranquilos. Rodolfo, que se sentaba a mi lado, me apretó la mano por debajo de la mesa y me ofreció a hurtadillas una sonrisa a la que no sé si por suerte o por desgracia, empezaba a hacerme adicta. Correspondí a las dos cosas, a su sonrisa y a su apretón, y saboreé mi zumo de naranja. Flavia me miró con los ojos entornados, aunque advertí un brillo en su mirada que antes no había. Quizá estaba sopesando si esta señora tan vieja y tan fea era también mala. Le sonreí por encima de mi taza de café, y volvió la mirada hacia la ventana, que parecía atraerla irremediablemente.
Cuando acabamos de desayunar cada niño llevó el menaje que había usado al fregadero, lo enjuagó y lo metió en el lavaplatos. Funcionaban el padre y los hijos como el engranaje de una máquina bien engrasada y no podía menos que admirar tanta exactitud. Bastó un gesto de Alexander para que ambos se marchasen a sus respectivos cuartos, supongo que a vestirse adecuadamente.
-Gracias-me dijo cuándo nos quedamos solos.
-¿Por qué?
-No me tomes por bobo-me dijo sonriendo. Sé que tú no le has dado permiso a que se pinte como una puerta. No creas que no me he fijado en que se ha esforzado en hacerte la vida imposible desde que llegaste.
No le contesté. Había dado por hecho que aunque lo hubiese visto, porque era muy observador y lo veía todo, se callaría. Al fin y al cabo, se trataba de su hija, y era una niña.
-Por eso te doy las gracias-me repitió, besándome la nariz. Por tu paciencia y porque en pocas horas has enamorado a Rodolfo. Y lo mismo harás con Flavia, aunque te cueste más. Es que se parece a mi madre-me confió.
-Nunca me has hablado de ella.
-¿De mi madre?
-Sí. Bueno, en realidad tú nunca me hablas de tu vida pasada.
-Y tú no me preguntas.
-No, Alex, no lo hago. No tengo esa mala costumbre. Yo te lo he contado todo de mi vida, y si tú no lo has hecho será porque no quieres que la conozca.
Se encogió de hombros y sentí de repente como si una barrera invisible nos separase.
-Hablas como si tuviese algo que ocultar. Y no es así.
-No quiero decir eso-rechacé con un gesto de la mano. Simplemente…eres tan callado a veces que me da la sensación de que te molesta mi presencia. Y como odio el rechazo, simplemente no hago preguntas.
Estaba dicho, había pronunciado esas palabras en voz alta y ya no podía retirarlas. Ambos nos quedamos mirándonos fijamente. Sin apenas darnos cuenta nos habíamos ido separando paulatinamente al hablar y ahora yo estaba al lado del lavaplatos y él cerca de la mesa, limpiándola de migas. Me di la vuelta, fingiendo que tenía que colocar algo para que no viese las lágrimas que se me agolpaban en los ojos. En ocasiones las personas calladas, las que nunca se enfadan y son comedidas y correctas en todo momento pueden hacernos sentir como alguien que ha llegado a tomar el té sin que le hayan invitado.
Los dos intentamos simular que esa conversación no había tenido lugar y pasamos, mal que bien, el fin de semana. No conseguí que Flavia se abriese a mí, pero sí que cuando fueron al aeropuerto a despedirme me dedicase una media sonrisa cuando traspasé la puerta de embarque. Alexander y yo nos habíamos despedido antes y nos limitamos a un beso formal en la mejilla. La despedida más cálida fue la de Rodolfo, quien sin pudor ni rubor alguno se me colgó del cuello y me dio un montón de besos mojados con lágrimas; que se mezclaron con las mías. Me marché con una sensación agridulce. Había entrado un poco más su vida, pero me quedaba mucho por hacer. Y no sabía si tendría fuerzas ni ganas para seguir esforzándome.

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