22 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 22



Empecé la semana desanimada y vacía. Tenía la sensación, en mi relación con Alexander, de estar enterrada en arenas movedizas. Por más que ansiaba la seguridad y la calma, y aunque él hacía lo posible por dármelas de la manera en que podía hacerlo; yo sentía irremediablemente que había una parte de él oscura e insondable a la que nunca me permitiría llegar. Se parecía a una ostra, y así se cerraba en ocasiones. Hubiese preferido alguien que me pusiese límites claros, diciendo de viva voz a dónde podía o no podía llegar. Él no haría eso, lo consideraría de mala educación, poco caballeroso. Aparentemente, me abría todas las puertas de su vida y de su casa, me daba las llaves y me dejaba que me aposentase. Pero en este castillo que me ofrecía había muchas habitaciones sin acceso, rincones apartados de su alma a los que yo nunca podría llegar. Consideraba más fácil conseguir el cariño de la díscola Flavia que lograr que su padre me amase sin reservas, o como yo deseaba que me amase. Lo hacía en la manera en que podía y era capaz; por más que eso no fuese suficiente para mí. Mientras hacía el camino de vuelta a casa desde la oficina iba pensando en eso y qué alternativas tenía. Más bien se reducían a dos: seguir delante de esta manera y aceptar que lo que ahora me daba era cuánto me podía dar, o dejarle a un lado y retomar mi vida en el momento y lugar en que se había quedado al conocerle. Bien sabía yo, sin embargo, que aunque la vida es posible rehacerla, no se puede retomarla, porque es imposible recorrer dos veces el mismo camino. Maldito Heráclito, y cuánta razón tenía; todo fluye; y no sé si para bien.
Abrí la puerta de mi casa, lamentándome y compadeciéndome de tal manera a mí misma, mientras dejaba las llaves encima del velador de la entrada y me sacaba el abrigo, que ni siquiera me molesté en colgar, sino que tiré encima de la butaca de la sala. Iba a seguir llorando un poco por mí misma y mi patética vida cuando sonó el timbre de la puerta. Atisbé por la mirilla; era Leo. Estas chicas…nunca se acostumbrarían a llamar antes de venir. Pensaban que mi casa era la puerta de un convento, siempre abierta. Se habían tomado lo de Madre Abadesa muy en serio.
- A ver, ¿a ti qué tripa se te ha roto ahora? Parece que no tengáis casa ninguna de vosotras, demonio, siempre dando la brasa en la mía.
- Vaya, menudos humos-me dijo, apartándome para entrar. Dejó su chaqueta de cuero en el perchero y entró directa, como un tren de mercancías, en la cocina. Y sin decir nada empezó a sacar las cosas necesarias para preparar café.
- Sírvete tú misma, como en tu casa-ironicé. Pero Leo no es de las que se para en sutilezas irónicas.
Me senté en la silla de mimbre que tengo para las emergencias del alma; cuando ya no puedo más me dejo caer entre sus almohadones bordados a punto de cruz por mi abuela, cuando yo era pequeña. Y bien sabe Dios que mi alma últimamente estaba muy necesitada de consuelo. Leo me dejó en las manos la taza de café, y agarrando una de las otras sillas la arrastró hasta quedar enfrente de mí; nuestras rodillas casi se tocaban. Leo es extrañamente hermosa, aunque ella no se dé cuenta y nunca se arregle. A su marido le encantaba su melena color cobre y por eso ahora, en un gesto rebelde y de ruptura con el pasado que tal vez resulte algo infantil, lo lleva rapado casi al cero. Eso no le resta belleza a su cara; es demasiado perfecta y el pelo tan corto lo único que hace es enmarcársela como un cuadro de Tiziano. Sus ojos son del color de la miel cuando está en reposo y su piel es suavemente morena y aterciopelada. Nunca se maquilla, ni siquiera usa el brillo de labios, y la verdad es que tampoco lo necesita. Me admira su temple y las fuerzas que ha sacado de su interior para salir adelante.
-Tenemos que hacer algo con Leopoldo.
-¿Quién demonios es Leopoldo?-pregunté, totalmente descolocada.
-Ese desgraciado hijo de puta. El marido de Luisa Fernanda-me aclaró, mirándome con reproche como si yo fuese lerda o retrasada .
-Es que no conocía su nombre-me defendí. Por cierto, le pega mucho ese nombre. Pero, ¿qué quieres que hagamos con él? Despreciarle, en todo caso.
-Hay que pegarle una buena paliza, y a la zorra de la prima, otra.
Me quedé mirándola de reojo. Al principio pensé que hablaba en broma o en sentido figurado, pero me di cuenta de que, tristemente, lo decía de verdad. ¿Cuándo iba a superar los malos tratos esta chica?
-No le vamos a pegar una paliza a nadie-le aclaré. Anastasia tiene bastante con lo que tiene.
-¿Con qué?
-Pues con ser una zorra y un pendón desorejado. Un día de estos se envenenará sólo con mirarse al espejo. Y él…ya recibirá su merecido.
Leo se levantó bufando a retirar el servicio de café.
-¿Y quién se lo va a dar?
-Tendremos que hablar con Luisa Fernanda. ¿Qué sabes de ella?
-Sara Patricia y Laura han sido quienes más tiempo han pasado con ella. Está mal-sentenció con voz triste, mirando por la ventana, hacia un punto lejano. Siempre hacía eso cuando se sentía triste y desamparada, y ahora con esta historia de nuestra amiga yo sabía que estaba reviviendo sus propios dolores.
-¿Se va a divorciar?
-No lo sé, me parece que no tiene todavía la cabeza para pensar en eso. Lo único que ha sido capaz de hacer es la maleta de ese hijoputa y mandarle a casa de su madre.
-Pues ya es bastante. Si se divorcia me encargaré personalmente de dejarle en la puta calle. Le voy a dejar sin calzoncillos, ya verás.
Se rio en mi cara.
-¿Tú? Si tu marido se quedó con todo.
-Eso es otra historia-le refuté. Y no pienso hablar más sobre ese tema.
Ella no me insistió. Leo podía ser muy bruta cuando quería, pero sabía también detenerse a tiempo cuando se daba cuenta de que hacía daño a la otra persona. Yo, que la conocía bien, era capaz de ir más allá y ver a través de sus bravuconadas un alma pura y cristalina, y un corazón lleno de amor. La misma persona que hablaba de apalear a quien había dañado a una amiga, fue capaz de acoger en casa a la madre de su marido maltratador y cuidarla durante tres largos años; los mismos que tardó un cáncer de útero en matarla. En los últimos meses le daba la comida en la boca como a un bebé y cuando hacía buen tiempo la sacaba al parque cercano con su silla de ruedas para que le diese el sol en la cara y pudiese oír el canto de los pájaros. Esa también era Leo.
Volví al presente cuando la oí que me llamaba.
-¿Por dónde andas? Vengo de visita y no me haces ni caso.
-Ya, de visita. No sé qué os pasa a todas que pensáis que mi casa es una jornada de puertas abiertas y podéis entrar y salir a vuestro antojo-me quejé. Aunque, como de costumbre, ella no me hizo ni caso, y como si no oyese mis quejas miró el reloj y soltó que en cinco minutos llegaría Sara Patricia.
-Viene a cenar-tuvo a bien informarme.
-Ah, qué bien-musité, ya resignada a que hiciesen de mi casa un campamento indio.
Ya estaba pensando que podría poner de cenar; poco más que una ensalada y algo de picar, porque no había hecho la compra, cuando nuestra amiga llegó con dos pizzas y una botella de vino italiano, de ese espumoso y ligero que no llega a achispar aunque una se pase un poco.
-Una marinera y otra vegetal-anunció Sara Patricia colocándolas encima de la mesa de la cocina. Saca los platos, anda-me ordenó.
Y yo como la tonta que siempre he sido, obedecí sin rechistar. He de reconocer que en el fondo estaba contenta de que hubiesen venido y me encantaba compartir con ellas la velada. Pero había que mantener la fama de adusta y protestona Madre Superiora. Con lo que me había costado cosecharla, no estaba dispuesta a tirarla ahora por la borda. Puse los platos y repartí las pizzas para todas. Miré de reojo a Sara Patricia, la encontraba más guapa; la piel más brillante, más risueña; pero sobre todo sus ojos hacían chiribitas de vez en cuando, en el momento en que pensaba que nadie la miraba y se quedaba ensimismada. Decidí que tenía que saber.
-¿Cómo está el Novio de la Muerte?-le pregunté, directamente. No temía meter la pata, estaba segura de que a Leo le había hablado de él.
-Está bien-susurró con cierto enfado, pero sonriendo a la vez.
-¿Y ya habéis mojado?-inquirió Leo, siempre tan delicada.
-No hablo de mis cosas íntimas-contestó con un recato más falso que algunos billetes de quinientos euros.
-Venga ya-le dije, propinándole un codazo, que no nos conocemos de dos días. Estás deseando contarlo, porque ha habido tema…pero tema, vaya que sí. Si no, ¿de qué tendrías esa cara de satisfacción? Si estás que no cabes en ti. Estoy por decirte que vas a reventar de un momento a otro.
-Bueno, sí, vale-se rindió. Al final, el fin de semana, por fin-dijo juntando las manos como si estuviese elevando una plegaria al Altísimo-conseguí llevarle al huerto.
Me eché a reír. Los tiempos, evidentemente, habían cambiado. Cuando yo tenía veinte años eran los chicos quienes se volvían locos intentando llevarnos al huerto. No me extrañaba que los hombres de cincuenta años estuviesen, los pobres, más perdidos que un pulpo en un garaje con esta nueva raza de amazonas que buscaban lo que querían y tomaban la iniciativa.
-¿Qué nota le ponemos?-preguntó Leo.
Sara Patricia empezó a hacer visajes exagerados con los ojos.
-Un nueve largo
-¿También ha durado siete horas, como el alemán? ¿Qué coño comen estos chicos? El desgraciado ese con quien me casé no iba más allá de diez minutos.
-No cuenta únicamente el tiempo-puntualizó ella. Son un cúmulo de circunstancias y sensaciones.
-Anda leñe, a ésta le ha dado ahora por el misticismo-sentenció Leo, con desprecio.
-Vamos, Leo, no seas cafre. Yo creo que el Novio de la Muerte guarda mucha vida interior-contesté, con retintín.
La ofendida nos miró con los ojos entornados por el desprecio; pero como lo que ella quería desde el principio era contarlo todo, preparamos café y no sentamos en la alfombra de la sala, con las piernas cruzadas como tres Budas, y empezó el relato de cómo sedujo a Manolo, el bravo legionario de corazón tierno.
-¿Qué sentiste al sacarle el uniforme?-quise saber para alimentar mi vicio.
-Pero, ¿de qué guindo te has caído tú? A ver si piensas que éste sale el sábado a una cita con el uniforme puesto. Iba de persona
-Ah, ¿Los legionarios no son personas?-me burlé.
-Ya me entiendes. De civil, así se dice, ¿no?
-Pues vaya mierda-le dije, torciendo el gesto. Si yo me liase con un legionario, le exigiría que llevase el uniforme, la metralleta y hasta la cabra.
-Tú eres una anormal-sentenció ella. Deberías pedirme cita para tratarte esa depravación que llevas dentro.
Ya a partir de ese momento la conversación degeneró mucho; demasiado tal vez. El caso es que se marcharon a la una de la madrugada, y yo al día siguiente tenía que levantarme a las siete. Ni que decir tiene que me pasé la noche soñando con la Legión al completo, supongo que porque me acosté tarareando “El novio de la muerte”.

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