26 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 23



Al día siguiente tocaba reunión de perdularias, en mi casa. Había preparado pastas para tomar con el café y aunque lo dudé, saqué los licores. Me barruntaba que al final acabaríamos necesitándolos. La primera en llegar fue Laura. El amor hace que aflore lo mejor de nosotras mismas, y mi amiga estaba encantada de la vida y de haberse conocido. Nada parecía ensombrecer su felicidad, e incluso se negaba a compadecerse de Luisa Fernanda, alegando que sería para bien.
-¿Para bien de quién?-le pregunté mientras ambas poníamos la mesa para las chicas.
-Pues de ella, claro. A mí nunca me ha gustado su marido; es un sieso.
-Ya, puede ser. Pero el caso es que a quien le tiene que gustar no es a ti, sino a ella. Y supongo que si seguía casada con él, sería por algo.
-O no-me contradijo ella.
Siempre he detestado cuando la gente se pone enigmática, sobre todo cuando tengo la cabeza en otra parte y no estoy para adivinanzas ni jeroglíficos. Y ahora mismo mi cabeza estaba con Alexander, recordando el último fin de semana, analizando lo que había dicho, y mucho más todavía las cosas que se habían quedado sin decir. Mi propia vida era una espiral de despropósitos y necesitaba aclararme para seguir adelante.
-¿No estás de acuerdo conmigo?-me preguntó al tiempo que doblaba las servilletas de manera intrincada, como formando una flor. No sé para qué perdía el tiempo con eso; al final acabarían arrugadas y con manchas de carmín que me tocaría lavar a mí, para no variar. La culpa la tenía mi madre, por inculcarme que siempre se deben poner mantel y servilletas de tela y usarlas de papel era pecado mortal.
-Ay, Laura-suspiré. No sé si estoy de acuerdo o no, ni siquiera recuerdo de qué hablábamos.
-¿Y a ti que te pasa? ¿Has roto con el alemán?
-No, no hemos roto. Es más-le confié-he pasado en su casa el último fin de semana.
Se tapó la mano con la boca, mirándome fijamente; y tiró de mí hacia el sofá. Me esperaba el tercer grado antes de la reunión.
-¿Conociste a los niños?
-Sí, les conocí.
-¿Y…? ¿Son unos maleducados asquerosos, unos angelitos? Di algo…
-Pues…ni una cosa ni otra-le contesté, alisándome la falda para no mirarla y tratar de ordenar mis pensamientos y sobre todo de controlar mis emociones. Son niños, Laura, con las cosas de los niños. El chico, Rodolfo, es cariñoso, dócil, muy necesitado de cariño. La niña ya es otro tema.
-¿No le gustas?
-Es una manera de decirlo-le contesté riendo amargamente. En pocas palabras le hice un resumen de lo que habían sido aquellos dos días.
-Pero me da la sensación de que hay algo más.
Laura me conocía muy bien y se había dado cuenta de que mis preocupaciones iban más allá.
-Tienes razón. Lo complicado no son los niños; supongo que con tiempo me los podré ir ganando. Ya me gustaría poder decir lo mismo del padre.
-No lo entiendo.
-Lo que quiero decir, Laura, es que tengo la sensación o quizá mejor la certeza de que Alexander lleva algo dentro que le aleja de mí. Sé que me quiere, pero…
-¿Pero qué?
-No lo sé, no lo sé-repetí al borde de las lágrimas. Había estado conteniendo mi desilusión demasiados días y ahora no podía impedir que fluyesen los sentimientos.
Laura me apretó la mano y me apremió para que siguiese.
-El caso es que me gustaría que fuese más expresivo.
-Pero si me decías que era muy detallista contigo.
-Y lo es. Pero…es que hay veces que me habla con tanta cortesía como a una desconocida, o me dice cosas que le podría decir perfectamente a su prima la de Cuenca.
-Pero, ¿no era alemán? ¿También tiene familia en Cuenca?
-No seas mema, es una manera de hablar. Me detuve al darme cuenta de que se estaba burlando de mí, quizá para quitarle hierro al asunto.
-No entiendo bien de qué te quejas-se sinceró. Yo creo que te quiere.
-Eso no lo dudo. Simplemente, no me basta su manera de querer.
-Pero es que cada uno tiene la suya. No puedes pretender que te quiera a tu manera, déjale que sea libre en su forma de expresarse.
-Pero es que se expresa poco-remaché, furiosa, dando un puñetazo al almohadón del sofá. En ocasiones hay que quitarle las palabras con un sacacorchos. Yo le conté mi vida, los motivos por los que me había separado…y él resumió su matrimonio en dos frases.
-¿Qué frases? ¿Qué fue para él su matrimonio?
-No sé lo que fue para él, lo único que sé es que me dijo que había tenido dos hijos estupendos y diez años de dolor y sacrificio.
-Pues entonces…un infierno.
Extendí las manos en un gesto de impotencia.
-No lo sé, Laura. ¿No es vista siempre como un infierno la vida con alguien de quien nos separamos? Lo que quiero decir es que no me gusta amar a una ostra, y eso es Alexander.
Ella se encogió de hombros, y se quedó callada unos segundos. Al final habló.
-Lo que tienes que pensar o tal vez averiguar es si la ostra lleva perla dentro.
No pude contestarle; llamaban al timbre; y a los cinco minutos todas las chicas estaban sentadas a mi mesa. Incluso, para nuestra sorpresa, Luisa Fernanda. Cuando la vi no le dije nada; simplemente la abracé y acaricié su espalda igual que lo hacía cuando mis hijos eran bebés y lloraban. Eso mismo hacíamos las dos cuando nos separamos. Curiosamente, nunca me había sentido tan cercana a ella. Luisa Fernanda era fría y distante, y siempre aparecía perfectamente arreglada, repeinada y bien vestida. Por primera vez la estaba viendo transida de dolor, sin maquillar, con un simple pantalón negro y una blusa blanca que le daba aspecto de Dolorosa en una procesión de Semana Santa.






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