27 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 24



Cuando nos sentamos nadie aludió a lo que había pasado. Tomamos café, hablamos, criticamos a los hombres, nos tomamos una copita de licor para celebrar que estábamos vivas y juntas, y cuando, a las once de la noche se marcharon, ya en la puerta, nos agarramos todas de las manos y agachamos la cabeza un instante, de común acuerdo, sin decir nada. Supongo que cada uno le oró a su Dios particular y sintió renacer la esperanza en su corazón; pero lo cierto es que cuando elevamos la mirada, sonreímos y dimos gracias por estar vivas y juntas. Todo lo que viniese, lo superaríamos.
Y bien sabe Dios que todas nosotras teníamos mucho que superar, cada una de una manera distinta pero a cada una la vida nos había golpeado. Al día siguiente me llevé una sorpresa cuando me dijeron que había una señora que no tenía cita concertada y que insistía en verme. Me iba fatal porque tenía la tarde muy ajustada de tiempo, pero cuando a través del resquicio de mi puerta entreabierta vi a Luisa Fernanda, le pedí a mi compañero que atendiese él mi siguiente cita, y la hice pasar. Tenía todavía peor aspecto que ayer, ahora había desaparecido esa falsa valentía con la que a veces nos adornamos cuando estamos esquivando la compasión de los demás. Pero en este momento se había quitado la máscara y se presentaba ante mí con todo el dolor del mundo reflejado en sus ojos. Ni siquiera se había maquillado y parecía haberse vestido de manera apresurada y sin fijarse muy bien en lo que se había puesto; llevaba una falda vaporosa, de color negro, demasiado fina para un frío día de finales de marzo, y un jersey marrón de lana gruesa. Ni los colores ni los tejidos combinaban entre sí; por no mencionar que llevaba zapatos finos de ante con medias gruesas. Aparté una silla para que sentase, y tuve que ayudarla; estaba como entumecida y me di cuenta de que le temblaban las manos violentamente. Detuve su temblor con las mías, se las apreté suavemente; las tenía frías y sin vida, yacían entre las mías como un animalito muerto. En lugar de sentarme del otro lado de la mesa, en mi sillón, arrastré otra silla a su lado y seguí sosteniéndola de las manos.
-Dime, ¿qué te pasa? ¿Vienes buscando ayuda profesional o a la amiga?
-A ambas, creo.
-Pues aquí me tienes, para lo que quieras.
-¿Qué tengo que hacer para divorciarme?-me preguntó, pero sin mirarme, con la vista perdida en el vacío.
-Poca cosa; si quieres hacerlo de verdad yo me encargaré de todo. Lo primero es presentar una demanda. Pero antes, tengo que saber algunas cosas.
Me hizo un gesto con la cabeza para que siguiera hablando.
-¿Cuál es vuestro régimen matrimonial?
Se quedó algo extrañada; sin dejar de retorcer el pañuelo de papel que le había dado.
-No sé qué quieres decir…yo…estamos casados por la Iglesia, claro.
Me daría de bofetadas; los nervios de verla tan mal me habían hecho caer en lo que siempre he evitado en mi profesión. Los abogados solemos ser, al igual que los médicos, demasiado prepotentes y orgullosos de las cuatro cosas que hemos aprendido y no nos damos cuenta de que las personas que llegan a nuestro despacho llegan con problemas; graves casi siempre, y lo que quieren es que alguien les hable con palabras sencillas y les diga que todo va a salir bien.
-Perdóname, Luisa Fernanda, lo siento mucho. Ya sé que estáis casados por la iglesia. Lo que quiero saber es si es en gananciales o hay separación de bienes.
-Pues…lo que tenemos es de los dos-manifestó, insegura. ¿Es lo que querías saber?
-Sí, eso exactamente. Pues entonces habrá que dividirlo a medias entre ambos y él tendrá que pasarte una pensión compensatoria y otra para los niños, que todavía son menores y están estudiando. ¿Qué propiedades tenéis?
-La casa en la que vivimos es sólo mía, mis padres me la regalaron cuando me casé, pero la pusieron solo a mi nombre. Y…tenemos un piso en la calle Amargura, y el chalet de la playa.
Me sonreí para mis adentros al oír el nombre de la calle; muy premonitorio del final que todo iba a tener.
-¿Dinero en el banco, acciones, joyas, coches?
-Sí, hay un par de cuentas a nombre de los dos, pero si te digo la verdad no sé el dinero que habrá ahora mismo. Acciones también, pero…ni idea-dijo encogiéndose de hombros, como disculpándose. Tenemos dos coches, el suyo y el mío. Y las joyas que tengo…la mayoría han sido de mi abuela, o regalos de mi madre, aparte de un par de cosas que él me regalado.
-Bueno, pues habrá que dividirlo todo. La casa que ha sido domicilio conyugal es tuya, en eso no habrá dudas. Tendrás que ir pensando si quieres el otro piso o la casa de la playa; te quedas con tu coche, con las joyas y…ve pensando cuánto le quieres pedir de pensión. Me han dicho que se gana bien la vida, así que…no tengas piedad.
Cuando se marchó del despacho tuve la impresión de que caminaba más derecha, con los hombros alzados y los pasos firmes.
Me quedé mirándola cuando salió y no me compadecí de ella, porque aunque yo mejor que nadie sabía cuánto estaba sufriendo, también sabía que saldría de la lucha fortalecida y encauzaría su vida. Las mujeres siempre lo hacíamos.
Recordé los primeros días de mi separación, cuando me marché de casa. Por poca importancia que se le otorgue a las cosas materiales, y bien sabe Dios que yo nunca se la di, es duro dejar esas cuatro paredes que durante tantos años han servido de refugio contra el oscuro mundo exterior. Antes de mudarme a mi actual casa viví durante un tiempo en un pequeño apartamento de alquiler, impersonal y lejano, donde me sentía como una huésped, sin poder dejar en él mi impronta ni conseguir que me diese calor. Cuando al fin conseguí una casa que se ajustaba a mí, cuando pude rodearme de mis libros, mi música, mis plantas y las cosas que me eran familiares, al fin sentí que de nuevo podía permitirme recomenzar mi vida. He de confesar que las únicas noches que me dormí sin el sonsonete de la radio a bajo volumen fue cuando estuve con Alexander, tanto en el hotel como en su casa. Y todavía no había conseguido dormir sin abrazarme a la almohada. Pero…todo se andaría. Yo estaba en el camino de conseguirlo y ella también lo haría.

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