28 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 25



Cuando salí de trabajar fui a casa de Laura. Me había llamado aquella tarde a primera hora para que cenásemos juntas y supe que algo tenía que decirme. Me quedé tranquila cuando me abrió la puerta y la vi vestida de rosa encendido, de los pies a la cabeza. Se había levantado con el aura en tono optimista, lo cual me indicaba que había noticias, pero buenas. Y me quedé ya totalmente convencida cuando me fijé en la mesa que había dispuesto: mantel blanco como la nieve, un centro de lilas, ensalada y una quiche vegetal. Todo estaba bien; seguía contando las calorías, con lo cual no debía preocuparme.
-¿Qué celebramos?
-Que mañana Mateo se muda aquí, conmigo.
No supe qué decirle. Para mis adentros pensaba que era demasiado pronto, pero no le dije nada. Sabía que cada persona tiene sus tiempos y lo que para mí era poco, seguramente para ella era toda una vida. Nunca se me ha dado bien juzgar, y no empezaría ahora.
-¿No me felicitas?
-Claro que sí. Es que me has sorprendido.
-¿Crees que es demasiado pronto, que me estoy precipitando?
Como siempre, me adivinaba el pensamiento. Pero estaba muy acostumbrada a disimular en el trabajo y me puse la máscara de la amiga feliz.
-Claro que no, pienso que tienes que hacer lo que te dicte el corazón. ¿Se lo has dicho a tu madre y a los chicos?
Me estaba sirviendo ensalada y se quedó a media distancia entre la bandeja y mi plato. Aquello cada vez me preocupaba más; se le habían puesto los ojos más oscuros y empezó a parpadear como un búho. Aquello no pintaba bien y ya me estaba imaginando por donde iban los tiros.
-No, ni lo sueñes-la detuve cerrando mi mano en torno a su muñeca. No lo haré.
-¿El qué no harás? ¿Es qué estás loca?
-No me liarás para que sea yo quien les diga nada. Todavía recuerdo cuando te largaste con el de los cerdos y a mí me tocó aguantar los improperios de tu madre y los histerismos de la niña. No lo haré.
Pero no sé cómo ni por qué, cuando salí de allí había quedado al día siguiente para ir a merendar a la casa de la madre de Laura; la misma a quien y había llamado toda la vida Tía Lola. Y en esa merienda también estaría Ana, que a su vez me llamaba a mi Tita. ¿Cómo había dejado yo que me embaucase en tamaño despropósito? Me fui a la cama enfadada conmigo misma y quizá por eso ni me molesté, por primera vez en muchos años en darme mis cremas. Aunque a las dos horas de estar en la cama sin conseguir pegar ojo me levanté y me fui al baño para cumplir con la misma tarea cotidiana de limpiarme y nutrir mi piel. Venía haciéndolo desde que tenía veinte años y no sería la loca descerebrada de Laura quien me lo impidiese.
-Maldita sea mi estampa por no saber decir que no-le dije a mi reflejo en el espejo.
Si pensaba que mi mayor problema era tener que hablar con la tía Lola, estaba muy equivocada. Pensaba ir a su casa a merendar el sábado, pero por la mañana, cuando todavía estaba en pijama pasando la aspiradora y haciendo acopio de fuerzas para planchar, mi madre apareció de repente, y eso ya me puso sobre aviso de que algo malo había sucedido. Ella no solía presentarse nunca sin avisar porque sostenía que la casa de los padres siempre es la de los hijos, pero la de los hijos es terreno vedado a menos que medie una invitación.
Entró con decisión y dejó el abrigo en la entrada. Se sentó en la cocina, esperando a que le pusiese el café. Noté por la manera en que apretaba los labios, como si se hubiese comido un pimiento picante, que estaba disgustada.
-Me parece asqueroso estar a las once de la mañana en pijama-me acusó, removiendo el café.
-Ya, Mamá, supongo que es por eso mismo, porque soy una asquerosa.
-Debes cuidarte, y ahora que vives sola, más. No te dejes.
-Que no me deje, ¿qué?
-Caer-me contestó. Caer en la decrepitud, aunque nadie te vea, haz el favor de arreglarte.
-Ya lo hago Mamá, pero estoy limpiando, luego me ducharé y me vestiré. Esta tarde meriendo con la tía Lola y con Anita.
-¿A santo de qué?
Mi madre era como Atila, no dejaba que la hierba creciese bajo sus pies.
-Me ha invitado, y voy a ir.
Ella torció el gesto, no sé si porque no le gustaban las pastas que había hecho o porque era mi respuesta la que no le agradaba. Quizá las dos cosas. Sacudió la mano, como diciendo que no importaba.
-Da igual. Hay una cosa que quiero contarte. Una cosa muy importante-remachó.
Como siempre que estoy nerviosa, eché la mano al cuello para dar vueltas a mi cadena o al collar de perlas que solía llevar; pero mi cuello estaba todavía desnudo y solo hallé la piel para toquetearla.
-Pues empieza ya Mamá, por Dios, me estás poniendo nerviosa.
Se pasó la mano por la cara, como alisándola y tomó aliento. De repente me di cuenta de que mi madre era una anciana y el descubrimiento me heló el alma. Ella era lo que me ataba a mi familia de origen, a mis raíces y a mi pasado. Sentí ganas de tomar su mano y acariciarla, de darle un abrazo…Pero me quedé quieta, pegada a la silla. Mi madre y yo no éramos expresivas, al menos no de esa manera.
-¿Qué sabes de Irina?
-¿Qué quieres que sepa? Ha estado aquí con Iván un par de días, me hizo reproches, arreglamos cosas, o quiero pensar al menos que lo intentamos. No sé, hace tres o cuatro días que no hablo con ella. Ya sabes cómo es
-Ha dejado a Iván.
De nuevo me llevé la mano a la garganta y luego al pecho, en un vano intento para que mi corazón acompasase su latido.
-¿Cómo puede ser eso? Si aquí han estado muy bien. ¿Y cómo no me ha dicho nada? ¿Qué es lo que sabes?
-Deja de interrogarme, que parece que estoy en un juicio. No sé nada más. Tu marido…
-Mi ex marido-la interrumpí.
-Vale, déjame seguir, ¿qué más dará? Ante Dios será siempre tu marido.
Mi madre no veía bien el divorcio, ni siquiera la separación; para ella lo que Dios había unido nadie podía separarlo, ni siquiera el desamor.
-Estaba diciendo-prosiguió-que Felipe me llamó y me contó que ella le había dejado. Pero no sé nada más. Creo que él sí sabe pero no quiere contarme más. Esa niña-sacudió la cabeza con disgusto.
-Esa niña sigue siendo muy caprichosa y piensa que el mundo tiene que girar a su compás. No conocía demasiado al chico pero creo que la quiere mucho y…mi hija es demasiado impulsiva.
-¿Y tú que vas a hacer?-me preguntó fijando en mí una mirada de reproche.
-¿Yo? ¿Qué piensas tú que puedo hacer? Ya no son los tiempos de antes, Mamá. Las hijas no hacen caso de las madres. O más bien-puntualicé-hacen todo lo contrario de lo que les aconsejamos.
Mi madre, por una vez, estuvo de acuerdo conmigo. Cuando se marchó intenté poner en orden mis ideas pero la cabeza me daba vueltas. Iván era un recién añadido a mi familia, pero a pesar de haberle tratado poco estaba segura del amor que sentía por mi hija y también de que era un buen chico. ¿Qué podía hacer yo? Intenté hablar con Irina pero no contestó a ninguna de mis llamadas y sólo cuando ya estaba a punto de entrar en el ascensor para cumplir con la obligada visita a la madre de Laura me llegó un mensaje suyo a mi móvil en donde me decía que no quería hablar de momento, y que ella me llamaría. Si algo he aprendido con mucho dolor es que mis hijos son profundamente egoístas, supongo que como siempre somos los hijos, y lo aceptaba. Ya me diría algo cuando quisiese hacerlo, si es que quería alguna vez. Supongo que su padre si lo sabía todo, pero no me rebajaría a preguntarle nada porque me resultaba humillante decir en voz alta que mi propia hija me apartaba de su vida.


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