30 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 26



No estaba con el mejor ánimo para ocuparme de los asuntos de Laura y menos de hacer de abogado defensor, pero me había comprometido y no me quedaba más remedio que hacer lo que de mí se esperaba. Igual que me había pasado con mi madre, me di cuenta al abrazar a la tía Lola de que también ella se había vuelto frágil y quebradiza como un gorrión. Iba, como siempre, impecablemente vestida, pero sus zapatillas de andar por casa no hacían buen juego con el vestido gris perla y el collar; y me di cuenta de que se había puesto una perla en una oreja y en la otra una pequeña amatista que yo misma le había regalado en Navidad. Me inquietó pensar que probablemente tuviese lapsus y se le fuese de vez en cuando la cabeza. ¿Cuántos años tenía? Supongo que unos setenta y cinco, como mi madre. Me ofrecí a preparar el café y ella no se opuso.
-¿Nos lo tomamos en la cocina?-le propuse.
Se encogió de hombros, dudosa, pero al final accedió.
-¿Y Anita?
-Ahora vendrá. Ha estado durmiendo la siesta.
Nuestras palabras actuaron como una llamada porque apenas había servido el café cuando apareció la hija de Laura y me abrazó con cariño. Esta niña era un encanto, siempre alegre y cariñosa. La miré mientras le servía un trozo de la tarta que había traído y deseé que mi hija se pareciese a ella.
-Tita-me llamó Ana con su cálida voz. ¿Qué le pasa últimamente a Mamá?
-¿Cómo que qué le pasa a Mamá?
-Es que la veo demasiado contenta-repuso, encogiéndose de hombros. Antes siempre estaba impaciente, de mal humor, discutía conmigo y con la abuela por todo. Y ahora anda como en las nubes, se ríe por tonterías y opina que todo el mundo es genial. Y no sé si te has dado cuenta de que ha vuelto a vestirse a menudo de rosa.
La abuela permanecía callada, calentándose sus arrugadas manos al calor de la taza de café; pero asentía con la cabeza, dándole la razón a su nieta. Y ambas me miraron interrogantes.
-Tal vez tu madre esté enamorada.
-Yo no podré soportar más Eusebios-manifestó Ana con voz ronca por el miedo.
-Ni yo tampoco-añadió mi tía. Ya no soy la de antes y mi capacidad para aplaudir las locuras de mi hija se ha terminado. Cuando dices eso-dictaminó-es que sabes mucho. ¿Qué es lo que pasa?
-Pues si-admití. Laura está de nuevo enamorada y de hecho me ha pedido que sea yo quien os lo cuente.
-Pues entonces ya podemos temblar. Cuando ella no se atreve…
-No es eso, tía. Pero…bueno, no sé por qué motivo ha pensado que yo lo explicaría mejor y la verdad es que no sé por dónde empezar.
-Da igual por donde empieces. Desde que te vi entrar supe que habías venido a darme un disgusto.
-Ay tía, no seas pesada. ¿Acaso soy gafe?
-No lo creo-dijo sacudiendo la cabeza. Pero cuando no te brillan los ojos como siempre es que estás preocupada por algo y además-dijo mirando el pedazo de tarta que tenía en la mano-si el pastel de manzana no te sale perfecto, es que algo andas rumiando.
-Eso lo hacen las vacas-me defendí. Bueno, vale, reconozco que sí, que estoy incómoda porque no sé qué demonios pinto yo arreglando los desaguisados de Laura.
-Pero, ¿vas a decirnos de una vez de quien se ha enamorado la loca de mi madre?
-Pues de un chico que se llama Mateo. Por cierto-dije, como al descuido, mirándome las uñas- él se ha mudado a su casa.
Ana dejó la taza a medio camino de los labios.
-¿Vive con mi madre?
Asentí, y cerré los ojos buscando fuerzas para contarles lo demás.

Y de pronto, sentada en la cocina de mi tía, donde había merendado tantas veces cuando era niña y que no había cambiado apenas, pues los armarios, los azulejos y el suelo seguían siendo los mismos, y la mesa de madera tenía las mismas marcas de antaño, me di cuenta de que no sería capaz de hablarles de la enfermedad de Mateo, ni siquiera pensaba que fuese justo hacerlo. ¿Para qué? ¿Para qué ellas se intranquilizasen y viviesen preocupadas? Mi abuela decía que lo que no se dice, no existe. Y yo pienso que en cierta medida, es verdad. Así que omití ese ligero detalle y les conté que me parecía buen chico, que Laura me lo había presentado y que por lo visto se querían mucho. No sé si que quedaron tranquilas, pero al menos yo había cumplido con lo prometido, o casi.
Me sentía tan vacía cuando salí de allí que me marché directa a la casa de mi madre. Yo nunca la avisaba de qué iría a verla, sobre todo porque siempre me presenta de improviso y sin haberlo planeado. Quizá porque cuanto todo va mal, siempre se acaba recurriendo a las madres. La casa donde nací y me crie está en las afueras de la ciudad, aunque ahora con el crecimiento urbanístico de las últimas décadas haya quedado engullida por el maremágnum de la urbe. Sin embargo, sigue teniendo aspecto de barrio pegado al centro, y las calles son más agradables y más espaciosas. Casi nunca hay problemas para aparcar, sobre todo porque las casas son antiguas y viven en ellas muchas personas mayores que no tienen coche. Antes de llamar a la puerta volví sobre mis pasos y miré la casa que todavía consideraba mía desde la acera opuesta, donde había dejado mi coche. Era una vivienda estrecha y de dos pisos, con un pequeñísimo jardín delantero, que casi no merecía ese nombre. Mi madre siempre ha tenido buena mano con las plantas y aún en esta recién iniciada y fría primavera estaba logrando que brotasen los primeros brotes. Desde que yo recordaba la casa siempre había estado pintada de rosa muy desvaído, y así seguía. La puerta era negra, con un anticuado llamador de bronce que semejaba la cabeza de un perro o tal vez de un león, nunca lo supe. Apenas toqué, mi madre me abrió como si estuviese esperando mi llamada.

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