1 de septiembre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 9



Me colgó. Con todo el descaro del mundo, me dejó con la palabra en la boca. Cuando Alexander llegó a mi lado arrastrando el equipaje, estaba roja de furia y le dirigí una mirada airada. Se encogió de hombros, pero no me dijo nada. Con un ademán galante me invitó a pasar al interior del hotel. Bien…estaba ganando puntos para ser beato, al menos.
Se dirigió al mostrador de recepción e hizo todos los trámites del registro rápidamente. No habían pasado ni cinco minutos cuando ambos estábamos ya en el ascensor, un modelo antiguo, de forja y rica madera tallada, que me retrotrajo a otros tiempos, más pausados, más sencillos y quizá mejores que los actuales, aunque fuese consciente de que cada uno de nosotros debe adaptarse al tiempo que nos toca vivir. Me dejó totalmente impresionada que en vez de la tarjetita de rigor, hubiese una llave como Dios manda para abrir la puerta, una preciosidad de puerta, por cierto, de pesada madera de teca, labrada con pequeños motivos vegetales. La llave era de hierro, bastante grande y, como detalle curioso y encantador, enganchada a un lazo rojo. Alexander y yo nos mirábamos, pero ninguno de los dos pronunciaba palabra. Parecía que ahora que no había teclados, pantallas o teléfonos por medio estábamos como sobrecogidos y tomando nota de la presencia el uno del otro. Tenía más canas de lo que yo recordaba y su apariencia era distinta, quizá porque nunca le había visto con gafas. La habitación era la que yo hubiese soñado de haberme dado permiso para hacerlo; una cama alta y ancha con un cabecero de forja blanco, con intrincados dibujos; un edredón de pequeñas flores, tan mullido que invitaba al descanso; y la moqueta en suaves tonos vainilla, acorde con el papel pintado en discretas rayas de la pared. Alexander dejó las maletas en el suelo y ambos, todavía sin decir nada, nos sentamos en el pequeño banco tapizado en seda de un delicado color malva, a los pies de la cama. Cogió mis manos entre las suyas. Me agradaba su tacto; yo siempre tengo las manos frías, pero su piel era cálida y acogedora, como una caricia leve que poco a poco me iba rozando. Se sacó las gafas, que quedaron colgando de su pecho, suspendidas de un fino cordón. No recordaba que sus ojos fuesen tan grandes ni sus pestañas tan largas. Y ahora me daba cuenta de que no eran negros, sino de un tono marrón que cambiaba según la luz, y en ocasiones, como ahora, era del color exacto de la miel de los panales, con chiribitas doradas que chispeaban al mirarme. Tampoco recordaba que su boca fuese tan carnosa…En realidad hasta que empezamos a hablar tenía la extraña sensación de estar ante alguien desconocido. Fue su voz dulce, suave, apenas con un ligero acento indefinido, la que me hizo sentirme segura e impidió que me levantase y saliese corriendo.
-No sabes cuantas veces he soñado con este momento-me dijo, acercándose más a mí.
No sabía qué contestarle, me limité a apretar un poco más su mano. Estaría pensando que era idiota o retrasada mental; tantas conversaciones telefónicas en las que le había contado hasta el nombre de las muñecas con las que jugaba de pequeña, y ahora no era capaz de hilvanar una frase medianamente coherente.
-No estés nerviosa ni asustada-me dijo, acariciando levemente mi pelo. Soy yo, tu Alexander, el de siempre. No tienes por qué tener miedo.
-No tengo miedo-repuse, aunque la voz que salió de mi garganta no podía reconocerla como mía, era demasiado ronca y temblorosa.
-Haces bien entonces-me contestó él, sonriendo y sin creérselo. Porque no soy el Lobo Feroz que se come a las niñas a la salida del colegio.
Negué con la cabeza, como una alelada.
-Ni yo soy una niña.
-Pues yo creo que si lo eres; una niña, la mía-musitó en mi oído; y una descarga eléctrica me recorrió la columna vertebral.
Madre del Amor Hermoso, si sentía esto solamente con su aliento cálido sobre mi rostro y el leve contacto de su cuerpo cerca del mío…no quería pensar…no, mejor no pensar. Había cerrado los ojos, como la cobarde que soy, cuando sus labios se posaron en los míos, suavemente primero y después con cierto apremio dulce que me hizo abrirme a su deseo.
No sé cuánto tiempo nos pasamos arrullándonos, pero el caso es que me encontraba muy bien entre sus brazos. Hacía ya mucho tiempo que nadie me abrazaba ni me besaba, hacía mucho tiempo que era solo la madre, la hija, la amiga, la compañera de trabajo, pero ¿a dónde había ido a parar la mujer? Seguía siéndolo, una mujer cuyo corazón latía y sentía, y anhelaba ser amada y deseada. No me atreví a seguir pensando, ahora no era momento de pensar, sino de sentir. Y era lo que hacía; estaba sintiendo como desde hacía mucho tiempo no me permitía hacerlo. Apenas nos habíamos despojado cada uno de su ropa de abrigo, una proeza que hicimos sin dejar de abrazarnos, cuando di un respingo al oír el sonido de mi móvil. No me acordaba de donde lo había puesto y fue Alexander quien lo encontró y me lo dio, sin un mal gesto, sin una mala cara que demostrase que la llamada, a todas luces inoportuna, le había molestado. Incluso tuvo la delicadeza de irse al baño mientras tanto. Lo cogí tan enfadada que ni miré quien llamaba.
-¿Qué pasa ahora?-barboté, como una fiera.
-Buenas tardes...vaya humor nos gastamos. Es impotente, ¿verdad? Ya te lo había avisado. Vente de nuevo para aquí antes de que suceda una tragedia. Esos hombrecitos luego se frustran y sacan el cuchillo jamonero de la maleta antes de que te dé tiempo a decir ay.
-Leo, vete a la mierda, y haz el favor de no volver a llamarme o el cuchillo jamonero lo usaré yo contigo.
-Pero ¿es impotente o no?
-Gracias a ti no hemos llegado demasiado lejos, pero ciertas evidencias me han demostrado que no, no parece impotente. Y es lo último que te voy a contar.
Le colgué de malos modos y apagué el teléfono, que es lo que hubiese debido hacer desde que salí de casa. Me retoqué el pelo delante del espejo justo cuando Alexander salía del baño, recién peinado y con una sonrisa.
-¿Tus amigas no se fían de mí?
-Espero que no hayas estado escuchando-le amonesté.
Se encogió de hombros, a la par que se sentaba en la cama y me atraía a su lado. Me abrazó de nuevo y el peso de sus brazos, el calor de su cuerpo al lado del mío me parecía lo más normal del mundo.
-Comprenderás que el baño no queda lejos y no puedo evitar tener buen oído. Quizá debiéramos probar, para que le puedas contar a tu amiga que estás a salvo conmigo, aunque no sea impotente.
Me puse colorada y fingí buscar en mi bolso un pañuelo que no necesitaba.
-Pero de todos modos, primero vamos a comer, ¿no? Hay ciertas cosas que sientan mejor con la siesta. Me he prometido a mí mismo devolverte a tus amigas en perfecto estado de salud y eso pasa por darte de comer adecuadamente. ¿Quieres que comamos en el restaurante de hotel o salimos a la calle?
A mí me daba igual, no sería capaz de comer mucho, así que poco importaba dónde lo hiciésemos. Como yo no le decía nada, resolvió él mismo la situación.
-Está lloviendo y hace frío, será mejor que comamos aquí en el hotel. Y además, luego si nos entra la modorra de la digestión, tenemos más cerca la cama...
Le eché una mirada hosca y él me miró con los ojos muy abiertos, como sorprendido.
-Acabo de decirte que nos echaremos una buena siesta. Yo he madrugado mucho y tú también pareces cansada.
No protesté, sino que me dejé conducir como una niña buena al comedor del restaurante, un lugar muy agradable, casi vacío a aquellas horas. Solamente había una pareja mayor que ya estaban terminando de almorzar y que nos saludaron con una leve inclinación de cabeza cuando nos sentamos. Me ensimisme en la carta cuando me la pusieron delante, no porque tuviese excesivo interés en la comida, sino porque estaba empezando a ponerme nerviosa la insistente mirada de Alexander y notaba como me ponía colorada por momentos. Y no mejoraba en nada la situación que él se burlase de mi con esa ironía cariñosa con la que solía tratarme.
-Para que luego digas que no eres una niña. Dime, entonces por qué motivo te estás poniendo como un tomate cuando te mire.
Note perfectamente cómo me ardía de nuevo la cara y me sentí tan enfadada que muy a gusto le hubiese tirado encima la ensalada de espinacas y queso que nos acababan de traer.
-No estoy acostumbrada a que nadie me mire con tanta insistencia. ¿Es qué tengo algo raro en la cara? ¿Me he maquillado mal? ¿Llevo un bigote postizo y no me he dado cuenta?
Se echó a reír mientras me servía un poco de vino
-Me sienta mal el vino a la hora del almuerzo-le advertí. Me da sueño.
-Mejor, ya te he dicho que luego dormiremos la siesta-sonrió.
-Eras más manejable por teléfono y a través del ordenador.
-Ah, querida mía, son los riesgos de la cercanía. No pretenderás que después de haber estado tanto tiempo sin vernos de cerca, ahora no te mire.
-No es que haya mucho que ver.
-Déjame que eso lo decida yo. De entrada, cuando nos conocimos no me di cuenta de que tenías los ojos en forma de almendra y de que eras tan suave.
Volví a enrojecer. No estaba acostumbrada a que me cortejasen como a una adolescente y me sentía algo ridícula. La pareja de al lado nos miraba con disimulo; pensé que quizá era demasiado evidente lo que pasaba entre nosotros.
-Deja de preocuparte por esos señores, no nos están juzgando.
-¿Cómo sabes lo que estaba pensando?
Se encogió de hombros y volvió a sonreír de esa manera franca que le hacía parecer un niño, a pesar de las canas.
-No lo sé. Quizá tengamos telepatía tú y yo, o puede que tú seas demasiado transparente...¿Qué importa? El caso es que hay pocas cosas que se te pasen por esa cabecita tuya que no para que tengan secretos para mí. Sé que estás nerviosa y algo asustada; pero no tienes por qué.
-¿Ah no?
Negó con la cabeza al tiempo que se limpiaba los labios con la servilleta antes de beber. Era tan pulcro, tan ordenado, parecía tenerlo todo bajo control.
-No, ni ahora ni nunca. Cuando acabemos de comer y subamos a nuestro cuarto, no pasará nada que tú no desees. Ya somos adultos, ¿no?
-Yo diría que sí. Igual ese es el problema, que somos demasiado adultos.
-¿Tú crees?
Tragué saliva antes de continuar; no era sencillo para mí este momento pero sentí que sólo irían bien las cosas si era clara con él desde el principio.
-Verás, Alexander, aunque las chicas, mis amigas-aclaré, innecesariamente-creen que desde que me divorcié tuvo varios líos, no es verdad. Les dejé creer que había tenido una historia con mi psicólogo, pero no hubo nada realmente. Lo cierto es que...
-No te has acostado con nadie desde entonces-prosiguió él por mí.
Asentí con la cabeza, aliviada de lo fácil que había sido decírselo, aunque también me sentí como una completa idiota
Nos callamos de repente cuando llegó el camarero con la carta de postres. Yo solo pedí un café, pero Alexander tomó una porción de tarta de manzana y otra de queso.
-No sabía que fueses tan goloso
Se encogió de hombros.
-La vida hay que endulzarla, ya es bastante amarga de por sí.
Empezó a cortar la tarta de manzana en pequeños trozos simétricos que se llevaba a la boca y masticaba delicadamente sin dejar de mirarme. Es curioso, la manera de comer dice mucho de alguien y temía verle en la mesa y que me decepcionase. Ya me había pasado con muchas personas que me parecieron estupendas al principio y luego, al verlas zampar como energúmenos, o hablar con la boca llena, o gesticular con el tenedor y el cuchillo en la mano, como amenazando, me parecieron tan zafios, tan vacíos y faltos de la más mínima forma de comportarse que me daban literalmente náuseas.
-¿Por qué me miras tan fijamente?-me preguntó, algo desconcertado.
-Me gusta verte comer. Aunque no sé por qué te extrañas tanto, tú llevas todo el rato mirándome como si fuese una aparición.
-En cierto modo lo eres. Me resulta tan extraño verte aquí sentada a mi lado, tomándote el café y mirándome a los ojos, tan cerca que siento tu calor y me basta extender así la mano-dijo, tomando la mía-para sentirte…
-¿Pues quién pensabas que era? ¿La Virgen María, un ectoplasma?-bromeé.
Pero me di cuenta de que él estaba hablando completamente en serio, que sentía necesidad de decirme cosas importantes y que no sabía bien cómo hacerlo. Aunque la psicóloga es Sara Patricia, yo también puedo darme cuenta perfectamente del momento en que la otra persona necesita desnudar su alma, y al igual que a veces buscamos la penumbra para descubrir nuestro cuerpo al amante que lo va a ser por vez primera, del mismo modo ahora él necesitaba paz y tranquilidad para decir lo que tenía que decir.
-¿Sabes cuánto tiempo hace que estoy solo?
No le contesté, estaba hablando conmigo, quería contarme cosas de su vida que tal vez a nadie le había dicho, pero no quería que yo le contestase a esas preguntas retóricas que me hacía, quizá tan solo para hilar mejor un discurso que para él era tan necesario como doloroso. Aunque no me encontraba ya cómoda en esta mesa; el restaurante se había quedado vacío, y el camarero nos miraba con las manos tras la espalda, desde la esquina más cercana, con algo de resquemor. Era el lugar menos apropiado para las confidencias. Atisbé tras la cortina y vi que había salido un pálido sol invernal y ya no llovía. Le propuse que caminásemos un poco mientras hablábamos. El hotel, según me había fijado cuando veníamos en el taxi, quedaba a pocas calles de la playa.


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