7 de septiembre de 2015

MUERTE, VIDA




La madre de Forrest Gump, mujer inteligente donde las haya, le dijo que la muerte forma parte de la vida. Yo creo que es verdad y por eso no me asusta hablar de ella. Creo que todos tenemos que morir y eso no es malo. En realidad lo que duele es vivir.
Hoy he hablado con alguien de la muerte de mi padre. Le conté que se había muerto en mis brazos y esa es una de las mejores cosas que me ha pasado. Guardo ese recuerdo como un tesoro. Yo nunca había visto morir a nadie y cuando mi padre se murió perdí el miedo a la muerte, que no el respeto. Son cosas distintas. Se murió en paz y yo estaba a su lado.
No amanece un día en que no le recuerde. Creo que nunca nadie me ha querido como él ni me ha enseñado tantas cosas. Una de las que valoro más es que de él aprendí a no ser materialista. Hay que tener lo necesario para vivir, pues sin eso todo se complica, pero he aprendido que quizá tener más nos deshumaniza. También me enseñó a ser agradecida con quienes lo merecen y a ser humilde y pedir perdón cuando debo pedirlo, que es muy a menudo.
Y sobre todo me enseñó a leer, a escribir, a no cometer faltas de ortografía; me enseñó a querer a los animales y lo bonito que es pasear por un monte. Cuando era pequeña me arropaba cada noche y me contaba un cuento. Y hoy, que ya no creo en los cuentos, daría años de mi vida porque me contase uno.
Cada fin de año bailábamos esta canción, que ahora me doy cuenta que en este momento sería calificada de violencia de género. Pero mi padre no sabía inglés y entonces yo mucho menos que ahora, que sé muy poco. Solo sabíamos que nos gustaba Tom Jones y recibir el año bailando. Para él era una fecha triste porque su madre se murió cuando mi padre tenía diecinueve años precisamente en Nochevieja. Creo que así exorcizaba sus propios demonios y a mi me hacía feliz.

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