2 de octubre de 2015

DECISIONES 28



No perdió tiempo. Sin hacer caso a la gata que se frotaba contra sus piernas se sentó ante el ordenador y tecleó el nombre de la residencia que le había dado Juan Santos. Pero no obtuvo resultado alguno. ¿Se habría confundido de nombre? A ella solía pasarle a veces, así que cambió los parámetros de busca y le salieron las residencias de la tercera edad de la ciudad. Lanzando una maldición se levantó a ponerse las gafas de cerca. Cuando estaba muy cansada o nerviosa, como ahora, las letras se le juntaban en la pantalla y no era capaz de leer. Se caló las gafas y ya por fin pudo empezar a mirar el listado. Casi al final aparecía una residencia que se llamaba La Gracia. ¿Sería esa? Por probar no perdía nada. Anotó el teléfono en la agenda de tapas rojas que siempre llevaba encima y sin detenerse a pensarlo llamó. Cuando ya había marcado se dio cuenta de que ni siquiera había pensado qué preguntar. Era curioso que en esta época, precisamente cuando la vida de todos estaba tan expuesta la gente fuese tan cuidadosa con la maldita ley de protección de datos. Pero Laura era muy rápida pensando cuando le convenía y tampoco tenía escrúpulos en mentir para conseguir aquello que quería. Puso su voz de maestra autoritaria y saludó al muchacho que la atendió con una mezcla de buena educación y concisión.
-Buenas tardes. Tengo pensado ir a ver a Joaquín Montes Ávila próximamente, pero como hace bastante que no he estado, ya no recuerdo cuales son las horas de visita. ¿Sería tan amable de refrescarme la memoria?
-Todas las tardes de cuatro a ocho, señora, menos los domingos, que se puede venir desde las once de la mañana.
-Muchas gracias, joven. Me ha sido de gran ayuda.
Colgó con una sensación de triunfo. Si fuese jugadora de mus diría que había lanzado un órdago, pero no jugaba ni al parchís. Estaba visto que había equivocado su profesión. En lugar de pasarse toda su vida enseñando a mocosos desagradecidos pudo haberse hecho detective privado. Ahora tendría una vida más rica y no estaría tan aburrida como para desear contactar con un asesino, por más enamoriscado que hubiese estado de ella. Tampoco es que se hiciese ilusiones. Laura era una mujer muy realista y aunque sabía que de joven no había sido fea, Joaquín se hubiese enamorado de un palo con faldas. La cárcel y el aislamiento bajan notablemente el listón. Pero si quería ser justa consigo misma, había sido muy guapa cuando era joven y todavía ahora cuando se miraba al espejo encontraba una imagen bastante agradable. Pero estaba cansada, hastiada, y le costaba levantarse cada mañana para emprender un nuevo día.
Al día siguiente era domingo. El día perfecto para hacer una visita. Isabel no vendría a comer y el horario de visita era más amplio. Buscó en internet un plano de la ciudad, lo imprimió y lo guardó en el bolso. Si se perdía, que era lo más probable, dado su pésimo sentido de la orientación, siempre le quedaba la solución de toda la vida: preguntar.
Antes de irse a la cama dejó preparada la ropa que se pondría al día siguiente, y no fue tarea fácil. Al principio pensó en ir vestida de manera dramática, para darle pena a Joaquín y que viese que de verdad era un despojo humano. Pero esta peregrina idea le duró dos segundos. Lo último que quería era precisamente dar pena. Hacía muchos años que no la había visto y deseaba causarle una buena impresión. Su plan era convencerle, no darle lástima. Así que se decidió por un traje azul marino con topos blancos. Era de seda y le sentaba muy bien. Zapatos color crema y bolso a juego. Por suerte hacía poco que había ido a la peluquería y no se le veían las canas. Las arrugas en torno a los ojos y la boca…no podría borrarlas, pero si disimularlas un poco con el maquillaje adecuado. Tenía que parecer ante todo, digna.
Y había de pensar un poco qué le diría a Joaquín para que la ayudase. Hasta estuvo tentada de escribir una especie de guion, pero luego lo pensó mejor y le pareció ridículo. A ella las cosas le salían mejor cuando improvisaba. Además, estaba haciendo las cuentas de la lechera. Ni siquiera sabía en qué condiciones iba a encontrar al candidato a sicario. Igual se había convertido en un viejo chocho y babeante que no recordaba ni quien había sido, o estaba imposibilitado en una silla de ruedas, lo cual dificultaría notablemente su trabajo. O puede que la echase de allí con cajas destempladas. O, en el mejor de los casos, que le entrase un ataque de furia y se la cargase allí mismo con el cuchillo que había usado para cortar el filete de lomo del almuerzo. ¿Dolería mucho una puñalada en el corazón? Hubiese preferido un estilete, que era un instrumento más elegante, donde va a parar; pero tampoco estaban las cosas como para ponerse exquisita. Si Dios, en su infinita sabiduría, guiaba la mano de Joaquín con el cuchillo de la carne hacia su viejo y aburrido corazón, loado fuese el Señor. De todos es sabido que sus caminos son inescrutables. Y ella no era nadie para discutirlos. Con este piadoso pensamiento se quedó dormida.



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