3 de octubre de 2015

DECISIONES 29



Al día siguiente salió muy de mañana. Tenía por delante unas tres horas de viaje y quería llegar temprano por si Joaquín tenía más visitas, aunque lo dudaba. La noche anterior había estado recordando y estaba casi segura de que tenía un hijo; pero dudaba que después de haber matado a su madre, ese hijo le visitase para hacer más llevadera su ancianidad.
La residencia estaba en las afueras de la ciudad, en una calle apartada que no tenía salida a sitio alguno, sino que se terminaba en el edificio compacto que albergaba lo que cuando ella era joven se llamaba asilo, y aunque le diesen ahora otro nombre, seguía siendo triste. Aparcó el coche sin problema; eran exactamente las once y cinco y el aparcamiento estaba casi vacío. El enorme portalón de madera estaba entreabierto, y sin llamar al timbre penetró en el edificio, taconeando sobre el pavimento de losetas del patio. Había una fuente en el centro y en varios bancos se sentaban ancianos en diferente estado de decrepitud. La mayoría tenían a su lado el bastón, como si fuese su tesoro más preciado, y unos cuantos se parapetaban detrás de andadores. Laura torció el gesto con pena. ¿Y esto era lo que le esperaba en poco tiempo? No se veía con fuerzas para enfrentarlo. Casi todos los ancianos estaban solos, exceptuando una mujer a la que un joven de unos treinta años, probablemente su nieto, paseaba en la silla de ruedas con aire aburrido.
Entró en el vestíbulo. Olía a productos de limpieza y levemente a comida. Se imaginaba que las cocinas estarían en la parte trasera. Miró hacia ambos lados, algo desorientada, y descubrió a la derecha una pequeña recepción donde una joven de melena negra y ojos almendrados se limaba las uñas con aire desganado y mascaba chicle. Sintió de inmediato antipatía por ella, aunque no habían intercambiado ni una palabra. Pero la encontraba irrespetuosa y poco profesional. La miró con aire de suficiencia y con un leve saludo, preguntó dónde podía encontrar a Joaquín Montes. Sin mirarla siquiera y sin dejar de mascar como una vaca en el pasto le indicó con un gesto hacia un jardín en la parte trasera.
-Tiene que pasar la capilla y la sala de estar. El jardín está después-se dignó informarle, aunque siguió con su trabajo de manicura.
Cuando llegó al jardín solo estaba una anciana que hacía punto y hablaba para sí con voz queda y un hombre encorvado y apoyado en un bastón, que caminaba a paso lento entre los árboles. Suponía que era Joaquín, aunque no podía verle la cara. ¿Cuántos años tendría? Calculaba que estaría cercano a los ochenta, si es que no los había cumplido ya. Se acercó a él, que al sentir su presencia se detuvo en su paseo y la miró directamente a los ojos. De joven había sido un hombre guapo. Muy alto y con porte atlético, tenía unos preciosos ojos verdes y un pelo negrísimo y abundante, con tendencia a rizarse. En aquel momento llevaba barba bien cuidada y era bastante presumido. Sabía que era guapo y siempre había tratado de ejercer con ella sus evidentes dotes de seducción. Ahora su cabello era gris y algo menos abundante. La barba no existía y solo los ojos seguían despidiendo aquella misma luz. Se miraron el uno al otro durante unos instantes. Él dudó; la miró varias veces como si quisiera cerciorarse de que no estaba soñando.
-¿Señorita Laura?
No llegaba a ser una pregunta, sino más bien una afirmación dudosa.
-La misma, Joaquín. ¿Cómo te encuentras?
No pareció demasiado sorprendido, aunque era evidente que no sabía muy bien qué decir. Con un gesto del bastón le señaló un banco apartado, a la sombra de un pino.
-Ahí estaremos cómodos. A veces me falla un poco la pierna derecha y en este momento me viene bien sentarme.
Tomaron asiento uno junto al otro, cerca pero sin tocarse. Él tomó aire pausadamente y luego sonrió.
-Sigue usted oliendo tan bien como antes, como hace tantos años, cuando los dos éramos mucho más jóvenes. Aunque-rectificó, como si lo hubiese pensado de repente-usted está muy joven. La hubiese reconocido en cualquier lugar.
-Gracias Joaquín, pero ambos hemos cambiado mucho. Han pasado casi cuarenta años.
-Cuarenta y tres-puntualizó él.
Se quedaron callados, observándose. Joaquín la miraba y de vez en cuando sonreía levemente. Al final empezó a hablar con voz queda y ronca. Laura sospechaba que seguía fumando. En aquel momento lo hacía.
-¿Sabe que entonces yo estaba muy enamorado de usted? La soñaba cada noche y esperaba como por la salvación eterna que llegasen las tardes de los miércoles, cuando venía usted cargada con sus libros y cuadernos. Creo que me mantuve cuerdo gracias a la ilusión de verla cada semana.
Laura no le contestó. No sabía muy bien qué decirle, pero finalmente, ante la mirada insistente del anciano, se decidió a decir algo. No podía hacer un viaje tan largo para quedarse callada como una alelada, pero tampoco llegar y soltar de sopetón que venía a que le ayudase a morir, o más exactamente a que se dignase matarla, de la manera que fuese.
-Eran otros tiempos, Joaquín. Y tú estabas encerrado entre cuatro paredes, así que lo normal era que cualquier mujer a la que tuvieses acceso te pareciese una reina.
-No era solo por eso-contestó, sacudiendo la cabeza. Me enamoré de usted, aunque nunca fui tan idiota de pensar que tenía oportunidad alguna. Primero porque usted era más joven que yo, tenía una educación universitaria, un trabajo y una vida. Y luego, y sobre todo, porque nadie se enamora de un asesino.
-En las películas americanas sí. Muchas mujeres lo hacen-rio ella.
-Pero aquí no es América. Y entonces eran tiempos muy complicados. Además, usted nunca se enamoraría de mi. Soy un asesino.
-En todo caso, ya ha pagado su deuda.
El anciano se encogió de hombros.
-Con la sociedad, desde luego. Cumplí toda mi condena. Pero ahora, con el transcurrir de los años me doy cuenta de que no estuvo bien lo que hice. Y no es que me arrepienta. Volvería a hacerlo de nuevo si se me presentase la ocasión. Pero no estuvo bien.




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