5 de octubre de 2015

DECISIONES 30






Laura se quedó desconcertada. ¿Qué extraña dicotomía era esa? No se arrepentía pero sabía que estaba mal. Joaquín se dio cuenta de su extrañeza y se apresuró a explicárselo.
-Ya sé que puede parecer extraño que le diga esto, pero así es como lo siento. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que matar es un pecado imperdonable; nadie tiene derecho a disponer de la vida de otra persona. Sólo Dios puede hacerlo. Pero también es verdad que si quiero ser honesto, he de confesar que si volviese atrás, haría lo que hice. Me traicionaron. Mi mujer y mi mejor amigo, al que yo consideraba mi hermano, me traicionaron. Y pensé que era mi deber hacer justicia. Hice lo que debía. Pagué ya por ello con la cárcel y el día que me muera, habré de rendir cuentas también al Altísimo.
Laura empezó a sentirse incómoda. Razón había tenido cuando tantos años atrás tarareaba por los pasillos “El preso número nueve”. También éste mezclaba a Dios en sus desvaríos. No podía más. Directa como siempre, se lo preguntó.
-Joaquín, ¿ a ti quien te ha estado lavando el cerebro todo este tiempo?
Él pareció confuso.
-¿Qué quiere decir, señorita Laura? No la entiendo.
-Quiero decir que cuando nos conocimos no tenías esa vena mística que tienes ahora. No dejas de hablar de Dios, cuando antes nunca pensé que creyeses en Él. Si recuerdo que tenías problemas porque remoloneabas para ir a misa los domingos y el director de la cárcel varias veces tuvo que llamarte a capítulo.
Se encogió de hombros.
-Entonces no había visto todavía la luz, señorita.
Y Laura se llevó las manos a la boca, asombrada y desilusionada a partes iguales. Mucho se temía que este asesino reconvertido no sería quien la ayudase a dejar este valle de lágrimas. Perra suerte la suya, que cada vez que daba con una solución a su problema todo se ponía en su contra. Sin embargo, no se iba a marchar sin usar su último cartucho. Se odiaba por jugar con los sentimientos de alguien, pero en su juventud había leído a Maquiavelo, y ella también pensaba que de vez en cuando el fin justifica los medios.
-¿Es cierto entonces, Joaquín, que cuando los dos éramos mucho más jóvenes estabas enamorado de mí?
-Puede usted jurarlo, señorita Laura. La quise mucho y creo que desde que dejó de venir usted por la cárcel fue su recuerdo el que me mantuvo mediamente cuerdo. A veces, cuando pensaba que todo estaba perdido, recordaba su dulce sonrisa y cómo nos leía cada tarde. Ya sé que leía para todos los presos, pero yo me hacía la tonta ilusión de que en realidad lo hacía tan solo para mí.
Ella nunca se había considerado una mujer especialmente dulce, pero daba por hecho que la soledad de la celda y la compañía de otros hombres tan o más embrutecidos que él, habían hecho que la adornase de cualidades que nunca había tenido. Por eso se decidió a hacer la pregunta clave.
-Entonces, Joaquín, por todo lo que he significado en tu vida, si yo te pidiera que hicieses algo muy especial y muy importante por mí, si necesitase de tu ayuda para algo vital, ¿lo harías, me ayudarías?
Y se dio cuenta de la incongruencia que era emplear la palabra vital cuando se trataba precisamente de todo lo contrario.
-Sin dudarlo, señorita Laura. Haría por usted todo lo que estuviese en mi mano. Pídame lo que sea.

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