6 de octubre de 2015

DECISIONES 31



Laura se consideraba una persona valiente pero en ese momento no sabía muy bien cómo enfrentar la situación. ¿Hay alguna manera delicada y suave de pedirle a alguien que nos liquide? Pensaba que no era posible. Dudó unos segundos y luego hizo lo que había hecho toda su vida: hablar claramente y mirar a los ojos de la persona que tenía delante. Pensaba que no hay nada tan delator como la mirada. Y no se escondía nunca cuando pretendía llegar a su interlocutor. Otra cosa muy distinta era que siempre saliese a la calle con gafas de sol lo más oscuras posibles. No le agradaba que cualquier persona pudiese ver sus ojos porque eso sería asomarse a su alma. Pero si este hombre iba a hacer por ella algo tan importante como quitarle una vida que ya no deseaba, bien podía dejarle atisbar, aunque fuese por un breve instante, su alma y todo su ser.
-Sé que lo que te pido no es sencillo Joaquín, pero para mí es muy importante. ¿Estarías dispuesto a matarme? De la manera que tú elijas, aunque si te soy sincera, temo el dolor. Sólo te pido que sea rápido.
El anciano, asesino convicto y confeso, y por lo tanto no ajeno a la violencia, se estremeció ante esas palabras y pareció encogerse todavía más. La miró directamente a los ojos. Laura vio en ellos miedo, pena, quizás un atisbo de rabia.
-¿Me está tomando el pelo o es que se ha vuelto loca? Sé que he sido, que soy todavía, un asesino, pero tengo sentimientos, no soy una máquina de matar. ¿Se puede saber por qué debería yo matarla? Usted no me ha hecho nada malo; al contrario. Me ha regalado los pocos momentos que he tenido de placer desde que entré en la cárcel. Yo la protegería a usted con mi vida, señorita Laura, pero nunca le quitaría la suya. No podría hacerlo. Cuando maté lo hice por una razón que me pareció justa, pero no sería capaz de hacerlo sin motivos, y menos con alguien que significa mucho para mí.
-No sé quién ha sido pero te han llenado la cabeza de pájaros. Desde que he llegado n has dejado de hablar de pecado, de Dios, de ver la luz. ¿Se puede saber que es toda esa mierda? Han debido ser las monjas de este sitio; que su Dios las confunda a todas. Déjate de bobadas. Si hablamos de condenación, tú ya estás condenado. Ya te has cargado a dos personas. ¿Crees que matar a una más, y que encima te pide, te ruega que lo hagas, va a cambiar algo?
Laura se estremeció ante la mirada del hombre que tenía a su lado. De repente se dio cuenta de que quizá había sido tremendamente egoísta y había intentado usar a otro ser humano en su propio beneficio. Que recordase, nunca lo había hecho. No consideraba que acostarse con quien le apeteciese en un determinado momento fuese usarles; en todo caso se habían utilizado mutuamente. Pero esto era distinto por completo. Y de pronto se sintió malvada, estúpida y cruel. ¿Quién era para ella para mezclar a alguien inocente en sus delirios? Y por añadidura, una persona que ya había sufrido bastante como para tener que cargar con sus problemas.
No sabía qué decir. Estaba avergonzada, por decirlo de manera suave, y tomando su bolso, iba a levantarse y volver por donde había venido cuando una mano que más bien parecía una garra por lo descarnada se posó en su hombro y la obligó con una leve presión a que se sentase de nuevo.
-No, señorita. Ahora que me ha soltado todas esas estupideces no va a marcharse de rositas. Me debe una explicación de por qué demonios quiere morirse cuando lo tiene todo. Si yo he conseguido sobrevivir a mi miserable vida, usted con más motivo. ¿Qué es lo que le falta? ¿Acaso tiene una enfermedad incurable?-le preguntó apretando su mano, como si se le hubiese ocurrido de pronto.
Y Laura se sintió todavía más avergonzada.
-No, Joaquín, estoy sana como una manzana, para mi desgracia.
-No diga eso. Perdone que me exprese así, pero es usted tan estúpida como una niña malcriada. Tiene salud, una vida en libertad, puede ir y venir a su antojo, viajar, tendrá amigos, gente que la quiera. ¿No le basta para vivir?
Y aunque Laura detestaba llorar delante de alguien, ahora no pudo evitar prorrumpir en un llanto amargo que no podía detener. El anciano se limitó a palmearle la mano suavemente y emitir murmullos de consuelo, como cuando un niño se cae y se le susurra al oído para que se calme.
-Vamos, vamos, no sea chiquilla, ya no tiene edad para eso. No hay nada tan grave como para desear morir. Busque en su interior y seguro que descubre muchos motivos por los que seguir viviendo. Hasta yo los tengo, a pesar de que no tengo otro hogar que éste-dijo extendiendo la mano-y mi hijo no quiere saber nada de mí, además de que mi salud es bastante mala. Pero no tengo prisa en marcharme. Sólo por un día de sol como el de hoy merece la pena continuar.
Laura se despidió de él sabiendo que nunca volvería a verle, y ofreciéndole las disculpas que sin lugar a dudas merecía. Condujo hasta su casa en una especie de trance que la mantuvo tan solo al borde de la realidad. Y cuando llegó n siquiera tuvo fuerzas para guardar el coche en el garaje, sino que lo dejó aparcado en la calle, delante de la cancela del jardín. Nada más abrir la puerta y como si presintiese que necesitaba consuelo, Freya vino a frotarse contra sus piernas y al sentir su pelo suave y mullido se sintió ligeramente aliviada. Puso agua limpia en su cuenco y más pienso, y mientras cambiaba la arena por otra limpia pensó que era bueno tener alguien, aunque fuese un animalito, de quien ocuparse. Se había marchado aquella mañana con una ilusión, con el pensamiento de que Joaquín podría ser la llave que abriera la puerta a sus males, y volvía peor de lo que se había ido, porque a saber que no la ayudaría se había unido el remordimiento de haberle utilizado sin preocuparse de lo que él pudiese sentir. Estupendo, pensó mientras se duchaba. Ahora a la carga de vivir sin ganas habría de sumar saber que en el fondo era una manipuladora nata y sin conciencia.




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