8 de octubre de 2015

DECISIONES 32



Hacía días que no veía a su vecino. La verdad es que se escapaba de él, le rehuía. No tenía ganas de hablar con nadie y como él era prácticamente la única persona con la que se mantenía en contacto, le evitaba. No contaba a Isabel, a quien veía cada día, porque se limitaban a comer juntas pero apenas hablaban. La chica era parca en palabras, más bien lanzaba gruñidos, y siempre era Laura la que llevaba el peso de la conversación. Desde la negativa de Joaquín a ayudarla tenía pocas ganas de hablar, así que comían en silencio. Laura aprovechaba para leer algún libro e Isabel jugueteaba con su teléfono. No había desistido del todo de hacer de ella alguien con pasables modales, pero en ese justo momento no se encontraba con fuerzas.
Una tarde después de comer y cuando de nuevo se quedó sola decidió salir a pasear por el monte cercano a su casa. No hacía demasiado calor y apetecía caminar. Se puso unos zapatos cómodos y salió a que le diese un poco el aire. Estaba volviéndose loca después de tantos días casi escondida de Lucas. Le había visto salir en el coche hacía apenas quince minutos, así que era imposible que se encontrasen.
El aire olía bien; a pinos y a sol. Caminó a buen paso hasta llegar a un claro desde donde se veía el río y se sentó en el tocón de un árbol. Estaba cansada y qué mejor sitio que aquel para reposar un rato. Cerró los ojos un instante, intentando hacer eso que nunca conseguía, dejar la mente en blanco. Pero era incapaz; su cabeza siempre estaba como un molinillo, dando vueltas a todo. Desde que había salido de casa no había dejado de pensar en cómo podía irse sin hacer demasiado ruido y sobre todo sin dolor. Ella que se jactaba de ser valiente y se revestía de ello ante el mundo, sabía reconocer para sí que era profundamente cobarde. Tendría que investigar cómo hacer para tener lo que se llamaba una muerte dulce. Se le ocurría que podría encerrarse en su coche, conectar una manguera al tubo de escape y sería casi como ir quedándose dormida…
Se sintió mucho más animada con esta idea. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Y además, tampoco quedaría con mal aspecto, o eso esperaba, con lo cual cuando tuvieran que verla esos dos pazguatos, el forense y el juez, la verían como era ella cuando les daba clase, solo que un poco más vieja. Y ya para rematar su delirio empezó a imaginar que ropa se pondría para el evento, el más importante de su vida, desde luego. Perlas, eso por descontado. El collar que había sido de su madre, que eran buenísimas perlas, con los pendientes a juego. Tenía un precioso vestido de seda de color entre rojo y anaranjado que no había estrenado. Zapatos de tacón y maquillaje discreto, que al fin y al cabo se trataba de su propia muerte y no podía ir pintada como una buscona. ¿Sería apropiado que llevase bolso o totalmente impropio? Esa duda la descolocó un poco, pero se dijo que era normal que dudase, al fin y al cabo era la primera vez que se suicidaba y no conocía el protocolo al respecto, si es que había alguno. De lo que estaba segura es que quería causar buena impresión cuando la encontrasen, o no demasiado mala.
Y de repente se levantó de un salto del tocón donde se sentaba. Coño, ¿y si no la encontraban hasta una semana después? De nada valdría que se vistiese como una dama que va a tomar el té con la reina ni que se rociase de su perfume favorito cuando sería un comedero de gusanos y olería a carne podrida. La idea la asqueó tanto que tuvo una arcada y tuvo que volver a sentarse, completamente mareada.
Y así, con los ojos cerrados y la cabeza entre las piernas, medio boqueando, se la encontró Lucas.



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