9 de octubre de 2015

DECISIONES 33



-Por Dios, Laura, ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal?
Se inclinaba solícito y preocupado hacia ella, que en aquel momento lo único que deseaba era estar sola en su cuarto, o mejor todavía, en su baño, porque temía empezar a vomitar de un momento a otro y por nada del mundo quería hacerlo en público. Finalmente, después de varias arcadas, consiguió contenerse y pudo levantar la cabeza y enfocar de nuevo la mirada. Lucas le pasó la mano por los hombros y ella, sin darse cuenta de lo que hacía, se apoyó en él y se dejó llevar. Estaba sudando y temblando de frío a la vez. Después de un rato en que los dos se mantuvieron en silencio Lucas volvió a preguntarle qué le había pasado; y ella por un momento tuvo la tentación de contárselo todo, aunque apenas le duró unos segundos. ¿Cómo iba a decirle que estaba planeando su muerte desde hacía un tiempo pero que no encontraba ninguna forma apropiada de morirse? Ya se había dado cuenta de que era demasiado cobarde para acabar con su vida. Y ahora que su plan B, es decir, Joaquín, se había vuelto místico, ya lo daba todo por perdido.
-La acompañaré a casa. ¿Puede levantarse?
Laura, genio y figura, ya tenía la boca abierta para lanzarle un improperio, pero la cerró a tiempo al descubrir que necesitaba apoyarse en su brazo para caminar con una cierta dignidad.
-Tiene que verla un médico.
No le contestó, demasiado ocupada en intentar mantenerse derecha, y solo cuando él insistió por tercera vez le dijo, mirándole aviesamente, que se metiese en sus propios asuntos que de su vida ya se encargaba ella.
Lucas se quedó callado hasta que recorrieron el trecho que les separaba de la carretera donde él había dejado su coche aparcado al lado del río. La ayudó a que entrase y se sentó al volante. Se ajustó el cinturón de seguridad y antes de girar la llave en el contacto se detuvo para mirarla directamente a los ojos.
-¿Nadie le ha dicho que tiene un carácter endiablado y que es difícil estar a su lado?
-Muchas veces. Pero me importa una mierda. Y nadie le ha pedido que esté a mi lado.
-Y encima habla usted peor que un camionero. Y ya para colmo es desagradecida. Si no fuese porque acudí en su ayuda, a saber si no estaría ahora usted tirada en medio del monte.
Laura, furiosa, se quitó el cinturón y ya tenía la puerta abierta para salir del coche cuando Lucas la detuvo y con un tirón más fuerte de lo que era necesario la obligó a que se volviese a sentar.
-No me ponga las manos encima, maldito gañán. No tiene usted ni pizca de educación.
-Apártate que me tiznas, le dijo la sartén al cazo. Habló la gran señora.
-¿Insinúa usted que no lo soy?
-Lo afirmo. Claro que no es una señora. Una deslenguada presuntuosa y pendenciera, eso es lo que es. Me arrepiento de haberme preocupado por su bienestar. Merecería que la dejase ahí en el monte tirada, aunque le diese un jamacuco y la encontrasen tiesa dentro de una semana. ¿Quién la echaría en falta, vieja egoísta? No piensa en nadie más que en sí misma y le importa un pimiento que la gente se preocupe por usted.
-Nadie lo hace. Estoy sola. Así que deje de decir tonterías y lléveme a casa o permita que me baje y volveré caminando.
Lucas agarró el volante con fuerza para evitar que las manos se le disparasen y le cruzasen la cara, como estaba deseando hacer desde que entraron en el coche. Le resultaba insoportable ese aire de suficiencia que a veces adoptaba con todo el mundo y el lenguaje provocador que usaba, pero lo que le molestaba todavía más era darse cuenta que todo su enfado era porque estaba muy preocupado por ella y ya se había imaginado mil desgracias. Se había acostumbrado a las conversaciones de media tarde, con un té o un café delante y durante los días que ella había permanecido encerrada en casa, sin abrirle la puerta ni contestar a sus llamadas, la había echado de menos. Poco a poco fue sintiendo que volvía la calma y dejó que los brazos se relajasen. Puso el coche en marcha y en lugar de ir en dirección a casa tomó la carretera que subía por la falda del monte. Laura intentó decirle algo, pero ante la mirada tenebrosa que él le dirigió, lo pensó mejor y se quedó callada.
Después de subir unos cinco kilómetros llegaron a un mirador desde el que se veía perfectamente el pueblo y más allá, el mar. Estaba tan tranquilo que parecía una postal; aunque en lo alto del monte hacía algo de viento. Detuvo el coche y sabiendo que allí, lejos de todo, no tenía escapatoria, decidió hablarle sin más rodeos.
-Hace unos veinte años más o menos pasé por momentos muy difíciles.
Laura hizo ademán de interrumpirle, explicándole que a ella no le importaba su vida, pero él le impidió que empezase siquiera a hablar.
-No. Por una vez en su vida, obedezca y escúcheme. No tardaré demasiado y puede que lo tengo que decirle sea de su interés.

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