11 de octubre de 2015

DECISIONES 34



Lo dudaba, pero decidió darle una oportunidad y con un ademán le dio permiso para que hablase, como si ella fuese una reina medieval y él un súbdito. A Lucas Pardo no se le pasó por alto el hecho, pero no le hizo caso. Empezaba a acostumbrarse, y no sabía si era bueno o malo, a los gestos despóticos de Laura. Puede ser que formasen parte de su encanto o que él fuese masoquista sin saberlo.
-Mi matrimonio con Carmen era aburrido pero pese a todo yo me había acostumbrado a que estuviese en casa cuando yo llegaba, con la comida a punto y unas veces una sonrisa y otras veces un interrogatorio. Por aquel entonces nuestra hija estaba en la universidad y de nuevo nos encontramos solos los dos, y descubrimos, aunque yo ya lo sabía, que poco teníamos que decirnos.
Laura se alisó una arruga imaginaria de su pantalón. Conocía esa sensación aunque nunca hubiese estado casada. Había convivido con un par de hombres el tiempo necesario para saber que la soledad es mejor así, en soledad, que en compañía. Evita muchas frustraciones innecesarias. Pero se guardó mucho de decir algo. Era momento de escuchar y no de hablar. Esperó pacientemente. Lucas, como la mayoría de los hombres, no era precisamente locuaz en cuanto a sus sentimientos. Sabía que le estaba costando abrirse a ella y por un instante decidió ser magnánima.
-Y fue entonces cuando tuve que hacerme cargo de un caso de divorcio. Una muchacha joven, de unos treinta años, que quería divorciarse de su marido, bastante mayor que ella y muy rico. No me llamó especialmente la atención; era el pan nuestro de cada día en el despacho. Al principio pensé que solo quería desplumarle; pero en el fondo a mí me daba igual. El trabajo de los abogados es defender a su cliente, y da igual su catadura moral. Si este tío había sido un imbécil y se había dejado embaucar por una niña lista y que estaba buena, no era mi problema. Yo sólo me tenía que preocupar de ganar el caso.
-¿Y lo ganó?-le preguntó Laura.
-Sí. Pero si he de ser honesto he de decir que hasta un estudiante de primero de Derecho lo hubiese ganado. La chica solo quería liberarse de un animal que le hacía la vida imposible. No pidió nada, ni siquiera la pensión compensatoria a la que tenía derecho. Por más que yo le insistí ella permanecía en sus trece. Lo único que quería era ser libre de nuevo, y me dijo algo que me llamó la atención y que me hizo verla desde otro prisma.
Se detuvo un momento y encendió un cigarrillo que paladeó con fruición. Laura le miró, asombrada.
-¿No me ha dicho que hacía diez años que no fumaba?
Hizo volutas de humo y la miró con los ojos entornados.
-Sí. Y era verdad. Pero he de confesarle que estos días en que no supe nada de usted, volvía a caer en el vicio. Suya es la culpa.
No le dejó que protestase y siguió hablando, aunque como deferencia a ella abrió la puerta del coche y la invitó a caminar para que el humo la molestase menos. Esperaba que el aire puro amortiguase el olor de la nicotina, que para él seguía siendo el mejor de los perfumes.
-Me dijo que había pasado ocho años secuestrada y que lo que estaba haciendo era pagar su rescate. Si el precio de la libertad era dejar todo lo material y empezar a buscarse la vida, lo haría con gusto. Pero sentía lástima por ella. Se había quedado sin nada. Así que después de enterarme de que sabía idiomas y se manejaba bien con ordenadores, le conseguí un trabajo de secretaria en mi propio bufete. También la ayudé a que encontrase un piso compartido e incluso le presté el dinero para el primer mes y la fianza.
-Estaba encoñado con ella-dictaminó Laura con su enorme franqueza.







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