13 de octubre de 2015

DECISIONES 36



Laura cejó en sus gritos tan sólo para enfurecerse y enfrentarse a Lucas como una hidra venenosa.
-No se atreva a burlarse de mí. Las ratas me dan asco y no lo puedo evitar.
Él chascó la lengua en un gesto de claro desprecio.
-Ratas…pero si es un ratoncillo minúsculo.
-Me da igual-le contestó, dando una patada en el suelo. Sáquelo de ahí, rápido. No quiero verlo en mi jardín.
Lucas no hizo caso de la imperiosidad de la orden; lo atribuyó al miedo del momento y también, por qué no decirlo, al carácter endiablado de quien ahora mismo se tapaba la cara, en un gesto infantil, para no ver el minúsculo cadáver. Se sacó del bolsillo un pañuelo de papel, recogió al ratón y lo arrojó al contenedor de basura de la esquina.
-¿Contenta?-le preguntó al volver de nuevo al jardín.
-Sí, pero todavía lo estaré más cuando entre en casa y se lave bien las manos.
Le acompañó al baño de la planta baja y no le permitió que usase el jabón normal. Abrió un cajón y le entregó un bote de alcohol.
-Primero con esto. Luego ya se puede lavar las manos normalmente.
Lucas sonrió con paciencia, pero le hizo caso. Cuando volvió a la cocina ella ya había empezado a preparar el café.
-¿Está usted seguro de que se ha desinfectado bien esas manos?
-Puedo arrancarme la piel, si se va a quedar más contenta.
Laura no hizo caso a sus burlas, pero en cambio le preguntó mientras servía café qué había querido decir con el regalo de la gata.
-Muy sencillo, querida amiga. Los gatos cazan ratones. Está en su naturaleza, al igual que en la suya está ser siempre tan desabrida-se burló. Con lo cual su gata le habrá encontrado en el jardín, lo mató y se lo dejó delante de la puerta como una ofrenda, un regalo que le hace en pago a que usted le haya dado un hogar.
Laura hizo un gesto de escepticismo. No se imaginaba a su preciosa y elegante Freya matando un ratón. Pero evidentemente había tenido que ser ella.
-Quizá hubiera usted debido elegir un perro como mascota en vez de una gata.
-Yo no elegí nada-repuso ella con fastidio. Más bien fue ella quien me eligió a mi. Y además, los perros no me gustan. Tienen la insoportable costumbre de levantar la pata en el lugar menos apropiado y se pasan el día aullando y lamiéndose los huevos. Asqueroso. No me encuentro capaz de soportar ese castigo.
Se quedó callada al oír las carcajadas de Lucas, que había tenido que dejar la taza en la mesa y se aguantaba el estómago con ambas manos. Le miró como si estuviese a punto de perder la razón.
-¿Se puede saber qué le pasa? ¿Es que he dicho algo gracioso?
-Es usted graciosa, en su conjunto-le respondió cuando fue capaz de hablar. Nunca he conocido a mujer alguna que sin perder en absoluto la compostura sea capaz de decir tamañas barbaridades.
Ella hizo un gesto con la mano, como queriendo indicar que no veía donde estaba el chiste.
-Y dígame, ¿no ha pensado nunca en tener hijos?
La pregunta la pilló tan desprevenida que no fue capaz de decir ninguna de sus procacidades. Habían llegado ya a tal punto de confianza que no pensaba que contestarle a algo tan personal fuese incorrecto.
-Lo pensé. Hace ya muchos años. Yo debía de tener unos cuarenta y cuatro o así. Sabía que el tiempo se me echaba encima.
-Y se buscó un novio. O quizá ya lo tenía-elucubró Lucas.
-No, ni una cosa ni la otra. Hice algo mejor. Me fui de vacaciones al sur y me encamé durante quince días, la mayor parte de ellos de mi período fértil, con el sueco más alto, más rubio y más guapo que encontré. Leif se llamaba. Tenía unos ojos azules preciosos.
Lucas dejó de remover el café. Cuánto más sabía de ella, más asombrado se quedaba. Con un gesto le pidió que continuase su relato.
-No voy a entrar en detalles-sonrió Laura. Pero me lo pasé muy bien. Aunque tuve mala suerte y al volver me di cuenta de que no estaba embarazada.
-Quiere decir-resumió Lucas-que usted le usó y que en ningún momento le contó sus planes.
-¿Usted cree que soy idiota? Yo en aquel momento quería un hijo, pero no quería tener que soportar a un padre. Los bancos de semen no estaban todavía de moda y además, me daría asco pensar que llevaba dentro al hijo de cualquiera. A saber lo que podría salir de ahí. Con Leif no había ese problema. Era un ejemplar único de macho; perfecto físicamente, y además con una inteligencia más alta de lo normal. Era catedrático de Matemáticas. Un chico limpio, educado, hasta buena persona. Estoy segura de que hubiese tenido un hijo perfecto, con unos genes magníficos.
-¿Y no le daba remordimientos haberle engañado?
-Ni uno solo-confesó mientras se servía más café. En el caso de que me hubiese quedado embarazada no le hubiese pedido nada. Él nunca lo sabría puesto que no nos volveríamos a ver. Yo tendría a mi hijo, él volvería a sus días gélidos y lo cierto es que ambos habíamos disfrutado mucho. ¿Dónde está el problema?
-En ningún sitio, supongo, ya que la palabra conciencia para usted no existe.
Ella se encogió de hombros.
-Algo tengo de eso, pero no demasiada. De todos modos, no me quedé embarazada. Y fue una suerte. Ese mismo mes me tuve que quedar con la niña de una amiga durante tres días y se me quitaron las ganas de ser madre. Tuvo una gastroenteritis y descubrí que limpiar culos ajenos y quitar vómitos no era la vocación de mi vida. Se me quitaron para siempre las ganas de hijos. Gracias a Dios-susurró mirando hacia arriba, como dando gracias.





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