16 de octubre de 2015

DECISIONES 37




Cuando Lucas se marchó a su casa y Laura se quedó sola se arrepintió de haberle contado aquel episodio que ahora le parecía tan lejano. No es que le molestase lo que pudiese pensar de ella; se consideraba lo suficientemente libre para que no le importase demasiado la opinión ajena. No temía que él la juzgase, más bien se sentía vulnerable por haber desvelado, aunque solo fuese un poco, sus flaquezas. Había reconocido ante otro ser humano que durante una breve etapa de su existencia sintió la necesidad de dar vida a alguien, de dejar alguna huella en este mundo. Era cierto que el haber tenido que cuidar durante tres días del bebé de su amiga la había curado de esa breve ansia de maternidad. Pero también era verdad que la había sentido y que había sufrido una decepción cuando regresó de su viaje y se dio cuenta de que no estaba embarazada.
Nunca más había sabido de Leif, su amante ocasional. Cuando se despidieron él le pidió sus señas para escribirle. Aquella no era todavía la etapa de los mails y los whatsapps, y la gente se comunicaba todavía por carta. Sin embargo ella se hizo la tonta y le dijo que si le daba su dirección sería ella quien le escribiese. Nunca lo hizo. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué le había usado como semental, o al menos lo había intentado, porque le parecía un ejemplar perfecto de hombre y estaba segura de que le daría un hijo también perfecto? ¿O tal vez debería contarle que en realidad no le escribió porque los días a su lado le habían dejado huella y temía crear unos lazos que la hiciesen sufrir?
Hizo lo único que podía hacer en aquel momento. Olvidarle. Guardaba una foto en algún lugar; se la habían hecho en un restaurante, cenando, a petición del propio Leif. ¿Dónde la había guardado? Ahora, de repente, después de tantos años, le pareció tremendamente importante recuperarla. Sentía una necesidad casi física de ver cómo era ella en aquel entonces y recordar el aspecto de él. Rebuscó cajón por cajón pero no encontró nada. Cuando ya cansada había desistido y estaba cenando una ensalada alga mustia recordó que ella solía guardar cosas entre las páginas del libro que leyese en aquel momento. Y siempre, en todos los momentos de su vida, leía algún libro. Sólo debía recordar cual era el que correspondía a esa época. Afortunadamente era bastante ordenada y acumulaba los libros separados no por temática ni por autores, sino por los años en que los había comprado. Se acercó a la estantería de ese año y la recorrió con la mirada. De inmediato sus ojos se posaron en un libro de lomos azules. Muy apropiado. Eran las obras completas de Selma Lagerlöf. Recordaba con mucha precisión cuándo lo había comprado. Había sido en una librería de segunda mano. El libro la había llamado como un talismán. Era grueso, encuadernado en una suave piel azul y con las páginas ribeteadas de dorado. Una pequeña joya. El vendedor, un hombre agradable y cercano a los sesenta años, le dijo que lo tenía reservado desde hacía más de un mes, pero que como no había tenido más noticias del posible comprador, se lo vendería a ella con mucho gusto porque se notaba que sabría apreciarlo. Y de verdad lo apreció. Ahora lo tomó en sus manos y fue pasando las páginas. Apareció una flor completamente seca, el billete de avión que había usado, una hoja arrancada de un bloc con las señas de Leif, y la foto que estaba buscando. Se puso las gafas de cerca para poder apreciarla mejor. ¡Qué jóvenes se veían los dos! Ciertamente él lo era. Debía de tener poco más de treinta años en aquel momento, y ella unos cuarenta y cuatro. Pero en la foto no se apreciaba la diferencia. No recordaba que sus ojos fuesen tan azules ni que llevase el pelo tan corto. En la foto no se apreciaba porque ambos estaban sentados, pero él la sobrepasaba al menos en treinta centímetros. Era el hombre más alto que había conocido y ese fue uno de los factores que la llevó a seleccionarlo. Por Dios, menos mal que nadie podía leer sus pensamientos. Sonaba tan mal…Pero quizá era el momento de reconocer que no había estado bien. Otra de las cosas con las que tendría que vivir. Se encogió de hombros y se llevó la foto consigo. La guardaría en el cajón de su mesita de noche para tenerla más a mano, aunque no sabía para qué. Y la dirección de Leif también. Nunca se sabía…


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