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DECISIONES 38




Isabel venía a comer y aunque solo fuese por eso y porque debía limpiar el cajón de arena de la gata, Laura se levantó al día siguiente. De alguna manera no le había sentado bien remover el pasado y buscar aquella foto de Leif. Cierto que no había significado apenas nada para ella y que si no fuese por la estúpida pregunta de Lucas ni lo habría recordado, pero había sido como abrir una herida que ya no se recuerda. ¿Qué era lo que le dolía? No lo sabía a ciencia cierta. Creía que no era el hecho de no conocer la maternidad; nunca había tenido ese instinto desarrollado. Tampoco podía ser nostalgia de alguien que había pasado por su vida como una estrella fugaz; quizá era solo dolor por la juventud perdida, por un tiempo que ya no volvería y que no estaba segura de haber aprovechado lo suficiente. Recordó mientras picaba la verdura para el estofado que en una ocasión en que había rechazado las atenciones de un amante de una noche que quería serlo de una manera más duradera, él le había dicho que llegaría un momento en que se haría vieja y estaría sola; y que entonces le echaría de menos. No era verdad; a él no le extrañaba; pero se sentía sola. Y sin embargo, tampoco estaba contenta rodeada de gente.
El timbre de la puerta vino a sacarla de sus elucubraciones. Se secó las manos en un paño y fue a abrir. Era Lucas, quien sino. Nadie más que él e Isabel venían de visita. Sin embargo, se dio cuenta de que algo debía haber pasado porque su cara estaba más seria que de costumbre y apenas la saludó. Pasó sin esperar a que ella le invitase y también sin permiso alguno se sentó y se quedó mirándola fijamente.
-¿Podría darme un vaso de agua fría?
Sacó una jarra de limonada de la nevera y llenó un vaso, que le puso delante.
-Aquí tiene. Mejor que el agua.
Él asintió con la cabeza y se bebió de un trago todo el vaso.
Laura esperó pacientemente a que recuperase la compostura que parecía haber perdido. Nunca le había visto de esa manera; aunque era verdad que se conocían hacia poco y no sabía cuál era su manera de reaccionar según qué casos. Intentó imaginarse qué podría haber pasado para que Lucas no pareciese encontrar palabras.
-¿Le sucede algo?
Había decidido no forzarle, pero la paciencia no era su fuerte y estaba empezando a perderla.
-No exactamente. Estoy bien, aunque asombrado. He visto algo que me ha dejado un poco confuso, por decirlo de alguna manera.
Hizo ademán de encender un cigarrillo pero Laura denegó con la cabeza y él volvió a guardarse el paquete en el bolsillo.
-No quiero humo de cigarro en mi cocina. Normas de la casa. Si quiere estar entretenido le pondré una cerveza y unas aceitunas y mientras yo cocino usted puede decirme qué demonios es lo que ha visto.
Para facilitarle las cosas y que empezase a hablar, le dio la espalda con el pretexto de seguir cortando verdura. La cebolla la hacía llorar, como de costumbre, por más que abriese el grifo o mojase el cuchillo en agua.
-Perdóneme. Tengo que seguir trabajando porque hoy Isabel vendrá a comer. Pero le escucho.
Lucas soltó una carcajada floja y con un deje de ironía.
-Y puede estar segura de que traerá hambre. Ha hecho ejercicio.
Laura se dio la vuelta con el cuchillo en la mano y los ojos llorosos por la cebolla. Intentó limpiárselos con el brazo izquierdo, pero seguía lagrimeando. Desistió; sería mejor acabar de una vez con la maldita cebolla. La próxima vez debería acordarse de usar puerros.
Por fin parecía que Lucas se había decidido a dejar los misterios de lado.
-Les he encontrado en la cama. Salí temprano para hacer unas gestiones pero volví antes de tiempo porque me había dejado en casa unos papeles que necesitaba. Al principio pensé que habrían entrado ladrones porque supuestamente mi nieto había salido con la moto. Pero enseguida me di cuenta de que el ruido venía de su cuarto y era revelador de lo que estaban haciendo.
-¿Me está diciendo que ese depravado de nieto suyo se ha acostado con la niña?
-Por lo que vi no estaba violándola precisamente. Además, no diga tonterías. Hay solo un año de diferencia entre ellos. Ninguno de los dos se aprovechó del otro. El caso es que ahora me preocupa que esto traiga consecuencias, es decir, que no hayan tomado precauciones.
-En nombre de Dios, pero ¿usted en qué mundo vive? ¿Es que no ha provisto a ese semental de nieto que tiene de varias cajas de condones? ¿Qué clase de abuelo es usted?
-De la clase de los que no esperan hacerse cargo de nietos adolescentes. Igual usted debería haber advertido también a la chica, ya que parece que la madre es como si no existiera.
-Yo no soy su abuela. Bastante hago con alimentarla y tratar de que aprenda los modales mínimos para sentarse a una mesa. Y bien-prosiguió, limpiándose las manos en el delantal-¿qué es lo que quiere que yo haga? ¿Ha hablado usted con ellos?
-Claro que no. La puerta estaba entreabierta, pero ellos ni se dieron cuenta de que había llegado. Me escabullí enseguida y vine aquí directamente, a buscar su ayuda- confesó, como si fuese algo vergonzoso. Yo no soy capaz de hablar con Carlos. ¿Puede usted tener una charla con la niña?-casi suplicó.
-¡Qué calamidad de hombre! Déjelo en mis manos. Hablaré con ella cuando venga a comer. ¿Nunca le han dicho que es usted un inútil?


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