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DECISIONES 39



Lucas se encogió de hombros, asustado quizá por lo impetuoso de la pregunta. Tenía que reconocer que nunca se había preocupado por esos temas. Con su hija no había hablado del asunto cuando era una adolescente; como era una chica confiaba en que su madre lo hubiese hecho. Nunca llegó a saberlo, pero Alicia no les había causado ni el más mínimo problema. Y desde luego con el nieto ni siquiera se lo había planteado. Supuso que sus padres le habrían aleccionado; o quizá en el colegio. Pero el caso es que cuando les sorprendió de repente se le pasó por la cabeza la idea de que no hubiesen tomado precauciones y la sangre se le heló en las venas. Ante la mirada inquisitiva de Laura, se despidió antes de que le regañase más.
Cuando se quedó sola en la cocina pensó que el tiempo pasaba muy rápido. Estaban ya a finales de agosto; pronto empezaría de nuevo el curso y llegaría el otoño, los días más cortos, las hojas alfombrando el bosque trasero y los parques, y también la lluvia y el frío. Hubo una época de su vida, cuando trabajaba, que medía el tiempo por cursos y no por años. Ahora…había dejado ya de llevar la cuenta.
Apagó el fuego y se sentó en la mecedora. Se encontraba tremendamente cansada, sin fuerzas. No sabía cómo pero en apenas un par de meses había tenido que acostumbrarse a cambios en su vida que nunca había planeado. Primero la gata que ahora mismo se acababa de subir a su regazo y a la que estaba acariciando sin saber muy bien lo que hacía, casi por la fuerza de la costumbre. Luego esos vecinos inesperados; cuando aquella casa había estado cerrada tanto tiempo. Y luego Isabel, a la que había conocido de la manera más excéntrica. De manera tácita no habían vuelto a tocar el tema que las había puesto en contacto: el suicidio. Laura había entrado apenas quince días atrás en aquel siniestro foro y comprobó que ella había cancelado la cuenta; lo cual la hizo sentirse un poco mejor. Independientemente de lo que ella decidiese hacer, no era lógico que esos pensamientos destructivos poblasen la mente de una adolescente que tenía toda la vida por delante.
Y precisamente la adolescente estaba llamando a la puerta. Laura se apresuró a abrirle y la chica entró con el mismo aire taciturno que de costumbre, limitándose a saludar con un hola apagado, sin mirarla apenas. Se sentaron a la mesa y Laura sirvió la comida para ambas.
-¿Qué has estado haciendo esta mañana?-le preguntó en un tono que pretendía que fuese casual.
Se encogió de hombros y siguió empuñando el tenedor como si fuese una pala de picar piedra. Laura intentó no enfadarse. Llevaba ya un tiempo en que sus modales en la mesa habían mejorado mucho, pero de vez en cuando todavía dejaba que se le viese de nuevo el pelo de la dehesa, y sabía que era simplemente para fastidiarla.
-Nada de particular. Por aquí y por allá.
-Que es lo mismo que en ningún sitio. Pues me pareció verte entrar en la casa de tu amigo Carlos a media mañana-dejó caer, jugando al despiste.
-Tenía que enseñarme un nuevo videojuego.
Habían terminado de comer y Laura le pidió que recogiese la mesa mientras ella traía el postre.
-No es necesario que hagas tanto ruido con los platos. No estamos en una taberna-la amonestó. Dime una cosa Isabel, ¿Qué sabes tú de anticonceptivos?
Le hizo la pregunta de sopetón, sin más preámbulos, porque quería pillarla desprevenida. Isabel volvía a estar sentada y con las manos encima de la mesa pareció centrar toda su atención en sus uñas, donde se descascarillaba la pintura negra, lo cual le daba el aspecto de tener las manos sucias.
-¿A qué viene eso, tía?
Laura resopló. Le había prohibido incontables veces que se dirigiese a ella de esa manera, pero de vez en cuando, sobre todo si estaba enfadada, todavía lo hacía.
-No te imagines que por tener muchos años soy idiota, jovencita. No he nacido vieja, ¿sabes? Y me doy cuenta de lo que os traéis entre manos el holgazán ese de la moto y tú. Así que será mejor que tomes precauciones si no quieres tener un disgusto. No quiero ni imaginarme la clase de engendro que podría salir de vosotros dos. Te voy a llevar al médico.
Isabel se levantó con furia y a punto estuvo de derribar la silla en que había estado sentada.
-Ni loca iré.
-Claro que vendrás. Porque si no hablaré con tu madre, y por muy poco interés que tenga por ti, que no me cabe duda de que es escaso, algo hará. Y seguramente preferirás que sea yo quien tome cartas en el asunto. Esta misma tarde pediré cita con mi ginecólogo para que te vea.
-No me desnudaré delante de un viejo asqueroso.
-No es ningún viejo, niña estúpida, es un muchacho de apenas cuarenta años.
-Un viejo-señaló Isabel, entornando los ojos.
-Bueno, me da igual el concepto que tú tengas de viejo. El caso es que te llevaré, te guste o no. Y no temas, no es la primera vez que ve a una mujer desnuda. ¿Te crees que tienes algo especial?
Ella se quedó callada, mirándola.
-¿No me vas a decir que está mal, o que me comporto como una puta? Es lo que me dijo mi madre cuando se enteró de que me había acostado con Iker.
-Ya sabes cuál es mi opinión sobre las putas-le recordó Laura. Tampoco creo que esté mal, si bien es un comportamiento más propio de adultos con dos dedos de frente que de niñatos. Así que si quieres hacer cosas de adulta, tendrás que empezar a comportarte como tal. Grábate a fuego en tu tonta cabecita que todo acto conlleva una consecuencia, así que mira bien lo que haces si no quieres complicarte la vida sin necesidad.



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