21 de octubre de 2015

DECISIONES 40



Isabel se quedó callada, sentada a la mesa con los brazos cruzados debajo del pecho y el gesto enfurruñado. Laura la miró con desagrado. Con lo guapa que podría ser esta muchacha a poco que dejase de vestirse como una enterradora y se dejase crecer el pelo con su color natural. Se marchó sin apenas despedirse, pero era ya algo habitual en ella.
Al quedarse sola recogió lo que había en la mesa y volvió todo a su estado habitual. El orden era algo connatural a ella; a menudo pensaba que si supiese que el mundo se acabaría en media hora, ese tiempo lo pasaría recogiendo cosas e intentando que todo estuviese en su sitio. Detestaba el caos y el desorden. Y por eso desde primera hora de la mañana estaba desorientada porque algo inesperado había venido a romper su rutina. Se celebraban elecciones municipales en pocos días y le había llegado una carta avisando que le tocaba ser nada menos que presidenta de una de las mesas. Detestaba esas cosas; ni en su mente ni en su corazón había sitio a eso de ser una buena ciudadana. Pagaba religiosamente sus impuestos, pero aparte de eso era una completa anarquista que no creía en nada. Pensaba que el mundo estaría mucho mejor sin partidos políticos ni gobiernos. ¿Para qué les necesitaban? Cuando era más joven si se había interesado por la política, y también había creído en el amor; pero de ambos males la curaron el tiempo y los desengaños.
Para sacarse de encima la sensación de agobio con las malditas elecciones subió al desván, llevando consigo varias bayetas y productos de limpieza. Abrió la ventana que daba al jardín y las motas de polvo comenzaron una danza al sol de la tarde. Por suerte había subido también la aspiradora y la empuñó con la misma rabia con la que atacaría a quien fuese el culpable de nombrarla presidenta de mesa; aunque probablemente se tratase de una máquina que actuaba de manera aleatoria.
Después de media hora se dejó caer, agotada, en un sillón algo desvencijado que siempre se proponía llevar a tapizar pero que llevaba allí más de treinta años. Arrastró hasta sus pies un baúl pequeño en donde su madre solía guardar mil cosas inservibles que ella siempre planeaba tirar a la basura, pero cuando llegaba el momento le faltaba valor. Era como si temiese que la anciana regresase de la tumba para echárselo en cara. Nunca habían tenido una relación fácil y ahora que ella tenía casi setenta años entendía que podría ser porque en el fondo eran muy parecidas. A su madre le gustaba mangonear la vida de todo el mundo y pensaba que solamente ella estaba en posesión de la verdad. Y Laura no era de las que se dejan aconsejar.
Dentro del baúl encontró un viejo álbum de fotos, de cuando era pequeña. Las páginas estaban amarillas por el paso de los años, y en muchos lugares cuarteadas. Se detuvo en una foto en donde aparecía con trenzas y sin los dos dientes delanteros. Debía de tener siete años por aquel entonces. Recordaba muy bien el vestido que llevaba en la foto; era de color naranja con patitos blancos que parecían nadar unos detrás de otros. Se lo había hecho su madre, como toda la ropa que tenía. En aquel momento su cara era todavía redonda y con los mofletes de la niñez. Luego, con el paso de los años, los pómulos se le fueron marcando cada vez más hasta ser lo que más resaltaba en su rostro. Estaba sonriendo. No recordaba en qué momento de su vida perdió la cualidad de sonreír sin motivo aparente; tan solo porque le agradaba hacerlo. Ahora, cuando se reía, solía ser irónicamente. ¿Quién le había robado la inocencia?
Estúpida pregunta, se dijo. La inocencia, como los dientes de leche, se pierde con los años. Es la propia vida la que se encarga de enseñarnos a ser prudentes, a no decir siempre lo que pensamos, a ponernos una coraza para que nadie nos pueda dañar. Y de repente, mientras seguía pasando las páginas llenas de fotos se vio a los catorce años, una niña espigada pero con la cara todavía con redondeces infantiles, con su amiga Marta y Mateo, su hermano, que tenía dos años más que ellas y que le había dado su primer beso de verdad. Los tiempos habían cambiado mucho; eso era indudable. Con solo un año más Isabel ya se había acostado al menos con dos chicos, que ella supiese. Y Laura, pobre tonta, pensó al llegar a casa que su madre se daría cuenta de que la habían besado solo con mirarla. Recordó que aquella primera vez no le resultó demasiado agradable. Mateo tenía un incipiente bigotillo que le hacía cosquillas en los labios y olía al cigarrillo que acababa de fumar. El concepto que ella tenía de beso en los labios era precisamente eso, el roce de labios que se veía al final de las películas; no esa invasión de una lengua áspera y húmeda que empujaba para entrar en su boca y dejarla sin respiración. Sonrió al recordarlo. Seguramente él tampoco tendría mucha más experiencia. El segundo chico que la besó supo hacerlo mucho mejor. Ella tenía dieciséis años y él veinte, y evidentemente, no era la primera chica a la que besaba. Quizá por eso ella se quedó con una sensación de mareo y de flotar entre nubes que le duró el resto de la película. Una película que recordaba muy bien. “Cuando ruge la marabunta”. ¡Qué escena aquella del piano! Siempre había sido de sus favoritas. El fanfarrón Charlton Heston dándoselas de troglodita celoso mientras la actriz rubia de la que no podía recordar el nombre le paraba los pies sin dudarlo. No había olvidado la frase: “si supiese usted algo de pianos, se daría cuenta de que para que suenen bien deben haber sido usados y afinados”. ¿Se puede decir algo de manera más clara y a la vez elegante?



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