Ir al contenido principal

DECISIONES 40



Isabel se quedó callada, sentada a la mesa con los brazos cruzados debajo del pecho y el gesto enfurruñado. Laura la miró con desagrado. Con lo guapa que podría ser esta muchacha a poco que dejase de vestirse como una enterradora y se dejase crecer el pelo con su color natural. Se marchó sin apenas despedirse, pero era ya algo habitual en ella.
Al quedarse sola recogió lo que había en la mesa y volvió todo a su estado habitual. El orden era algo connatural a ella; a menudo pensaba que si supiese que el mundo se acabaría en media hora, ese tiempo lo pasaría recogiendo cosas e intentando que todo estuviese en su sitio. Detestaba el caos y el desorden. Y por eso desde primera hora de la mañana estaba desorientada porque algo inesperado había venido a romper su rutina. Se celebraban elecciones municipales en pocos días y le había llegado una carta avisando que le tocaba ser nada menos que presidenta de una de las mesas. Detestaba esas cosas; ni en su mente ni en su corazón había sitio a eso de ser una buena ciudadana. Pagaba religiosamente sus impuestos, pero aparte de eso era una completa anarquista que no creía en nada. Pensaba que el mundo estaría mucho mejor sin partidos políticos ni gobiernos. ¿Para qué les necesitaban? Cuando era más joven si se había interesado por la política, y también había creído en el amor; pero de ambos males la curaron el tiempo y los desengaños.
Para sacarse de encima la sensación de agobio con las malditas elecciones subió al desván, llevando consigo varias bayetas y productos de limpieza. Abrió la ventana que daba al jardín y las motas de polvo comenzaron una danza al sol de la tarde. Por suerte había subido también la aspiradora y la empuñó con la misma rabia con la que atacaría a quien fuese el culpable de nombrarla presidenta de mesa; aunque probablemente se tratase de una máquina que actuaba de manera aleatoria.
Después de media hora se dejó caer, agotada, en un sillón algo desvencijado que siempre se proponía llevar a tapizar pero que llevaba allí más de treinta años. Arrastró hasta sus pies un baúl pequeño en donde su madre solía guardar mil cosas inservibles que ella siempre planeaba tirar a la basura, pero cuando llegaba el momento le faltaba valor. Era como si temiese que la anciana regresase de la tumba para echárselo en cara. Nunca habían tenido una relación fácil y ahora que ella tenía casi setenta años entendía que podría ser porque en el fondo eran muy parecidas. A su madre le gustaba mangonear la vida de todo el mundo y pensaba que solamente ella estaba en posesión de la verdad. Y Laura no era de las que se dejan aconsejar.
Dentro del baúl encontró un viejo álbum de fotos, de cuando era pequeña. Las páginas estaban amarillas por el paso de los años, y en muchos lugares cuarteadas. Se detuvo en una foto en donde aparecía con trenzas y sin los dos dientes delanteros. Debía de tener siete años por aquel entonces. Recordaba muy bien el vestido que llevaba en la foto; era de color naranja con patitos blancos que parecían nadar unos detrás de otros. Se lo había hecho su madre, como toda la ropa que tenía. En aquel momento su cara era todavía redonda y con los mofletes de la niñez. Luego, con el paso de los años, los pómulos se le fueron marcando cada vez más hasta ser lo que más resaltaba en su rostro. Estaba sonriendo. No recordaba en qué momento de su vida perdió la cualidad de sonreír sin motivo aparente; tan solo porque le agradaba hacerlo. Ahora, cuando se reía, solía ser irónicamente. ¿Quién le había robado la inocencia?
Estúpida pregunta, se dijo. La inocencia, como los dientes de leche, se pierde con los años. Es la propia vida la que se encarga de enseñarnos a ser prudentes, a no decir siempre lo que pensamos, a ponernos una coraza para que nadie nos pueda dañar. Y de repente, mientras seguía pasando las páginas llenas de fotos se vio a los catorce años, una niña espigada pero con la cara todavía con redondeces infantiles, con su amiga Marta y Mateo, su hermano, que tenía dos años más que ellas y que le había dado su primer beso de verdad. Los tiempos habían cambiado mucho; eso era indudable. Con solo un año más Isabel ya se había acostado al menos con dos chicos, que ella supiese. Y Laura, pobre tonta, pensó al llegar a casa que su madre se daría cuenta de que la habían besado solo con mirarla. Recordó que aquella primera vez no le resultó demasiado agradable. Mateo tenía un incipiente bigotillo que le hacía cosquillas en los labios y olía al cigarrillo que acababa de fumar. El concepto que ella tenía de beso en los labios era precisamente eso, el roce de labios que se veía al final de las películas; no esa invasión de una lengua áspera y húmeda que empujaba para entrar en su boca y dejarla sin respiración. Sonrió al recordarlo. Seguramente él tampoco tendría mucha más experiencia. El segundo chico que la besó supo hacerlo mucho mejor. Ella tenía dieciséis años y él veinte, y evidentemente, no era la primera chica a la que besaba. Quizá por eso ella se quedó con una sensación de mareo y de flotar entre nubes que le duró el resto de la película. Una película que recordaba muy bien. “Cuando ruge la marabunta”. ¡Qué escena aquella del piano! Siempre había sido de sus favoritas. El fanfarrón Charlton Heston dándoselas de troglodita celoso mientras la actriz rubia de la que no podía recordar el nombre le paraba los pies sin dudarlo. No había olvidado la frase: “si supiese usted algo de pianos, se daría cuenta de que para que suenen bien deben haber sido usados y afinados”. ¿Se puede decir algo de manera más clara y a la vez elegante?



Comentarios

Entradas populares de este blog

JOHNNY Y JUNE

“June era mis señales en el camino, me hacía alzarme cuando estaba débil, me animaba cuando estaba desanimado y me amaba cuando sentía solo y desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido. Nadie más, excepto mi madre, se le acerca”.
Esto es lo que decía Johnny Cash de la mujer de su vida, June Carter. Fue su segunda esposa, pero para él la única mujer que marcó su vida y su camino, y también la que le salvó de perecer en un infierno de drogas y alcohol.
No quiero hablar de él como cantante, todos sabemos que fue una de las leyendas del country, el icono de los presidiarios y tipos duros, y quien mejor supo entenderles y cantarles. También que vestía siempre de negro y saludaba con un parco “Hi, I´m Johnny Cash”. No, quiero hablar del hombre, de la persona tímida y reservada que tuvo una vida complicada y salió a flote con mucha voluntad por su parte y con la ayuda de alguien que le amaba.
Cash y June se conocieron en los escenarios. Ella provenía de una familia que cantab…

ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

¿POR QUÉ ESCRIBO?

Hace poco me preguntaba para qué escribir. Hoy quiero saber por qué escribo, cual es el motivo que me lleva a esto que hago a diario. Desde hace ya mucho tiempo sé que así como hay gente que necesita, para sentirse bien, hacer deporte, o cantar, o bailar, o coser… yo necesito escribir. Pero además, pensando y analizando muchas cosas me he dado cuenta de que para mí el escribir se ha convertido, además de en una importante terapia, en un acto de poder y de soberbia.
Si…mal que me pese reconocerlo, es así. Yo no soy por naturaleza una persona a quien le guste mandar o controlar. Tampoco me gusta estar del lado contrario; es decir, odio que alguien me diga lo que tengo que hacer. Mi lema siempre ha sido “vive y deja vivir”. Pero esto de escribir tiene tanto encanto porque me permite jugar, por un momento, a ser Dios.
Cuando escribo una novela o narro un cuento, no importa la extensión de lo que escriba, estoy creando personajes, dando vida, interviniendo como mano ejecutora en la cade…

PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.