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DECISIONES 41



Con aquel muchacho cuyo nombre era incapaz de recordar no fue mucho más allá. Él estaba de vacaciones en el pueblo, visitando a sus abuelos, y cuando acabó la Semana Santa se marchó y nunca más volvió a verlo. Pero todavía ahora recordaba el sabor a menta de sus labios. Se habían pasado la sesión de cine comiendo caramelos y después de ese primer beso él le había susurrado al oído en voz baja “ahora tienes dos caramelos en la boca y yo ninguno”. Y ella, como la tonta inocente que era, se había puesto roja como la grana.
Por eso pensaba que aunque en algunas cosas los tiempos habían cambiado para mejor, ahora los adolescentes carecían de algo que era muy importante; la capacidad de ilusionarse, de querer conseguir algo y luchar para tenerlo. A veces cuando miraba a Isabel pensaba que en realidad la chica se rebelaba contra la excesiva libertad de que gozaba. Su madre, por desidia, falta de interés o porque no sabía hacerlo de otra manera, la dejaba que campase por sus respetos y no le imponía horarios ni ningún tipo de disciplina. Y en el fondo la chica sabía que eso no era bueno, y no estaba contenta. Una tarde lo había comentado con Lucas, hablando de Isabel y de Carlos. A su vecino le extrañaba que Isabel viniese todos los días para que almorzasen juntas cuando en realidad apenas decía ni media palabra.
-Y no parece tampoco que coma demasiado. Está como un palillo. Da miedo ver esas piernecillas de gorrión.
-No se equivoque, esa niña come como una lima. Será su metabolismo, que todo lo quema. Y en cuanto a por qué viene, yo tengo para mí que a buscar broncas y regañinas.
-Explíquese, querida; tengo que reconocer que aunque siempre me tuve por un hombre medianamente inteligente, mi mente no es capaz de seguir sus elucubraciones mentales.
Laura soltó una carcajada. Estaban en el jardín en ese momento delicioso de las tardes de verano cuando el sol ya no molesta pero sigue calentando lo suficiente. Había conectado el riego automático y olía a tierra mojada y a geranios. De todos los olores florales, siempre había preferido el de los geranios. Durante mucho tiempo no supo explicarse por qué; pero de pronto una mañana mientras ponía la lavadora le vino a la mente el recuerdo adecuado: el patio de su abuela, lleno de geranios y ella jugando con su primo Vicente, al que veía muy poco porque vivía en Tafalla y solo venía en vacaciones durante unos días. Pero en la mente se le había quedado ese olor entre picante y dulzón de las flores y el sabor del bocadillo de chorizo que les hacía la abuela.
-¿Me va a decir algo o se ha ido de nuevo a su planeta?
-Lo siento, estaba recordando los geranios de mi abuela-contestó ella, sacudiendo la cabeza, como para volver al presente. Lucas la miró de reojo, pero no dijo nada porque si lo hacía ella se iría, como de costumbre, por los Cerros de Úbeda. Se acomodó mejor en su tumbona y entrecerró los ojos para escucharla mientras sorbía su limonada con una pajita. Aunque aquel invento al principio no le había gustado y le parecía ridículo, ahora reconocía que era muy cómodo.
-Estoy más que convencida de que a Isabel le gusta que yo la regañe cuando no se sienta bien a la mesa, cuando mastica como una vaca en el pastizal o empuña los cubiertos como si fuesen puñales. Todas esas cosas solamente las hace alguien que se interesa por la otra persona. Ni a su madre ni a su padre les preocupan sus modales, eso está claro. Y los adolescentes, al igual que los niños, para ser felices necesitan cierto grado de disciplina y de negaciones. En esas edades la gracia está en discutir por las horas de entrada y salida, por los amigos, por la ropa. Si a todo le dicen que sí, la vida deja de tener su puntito picante. ¿Usted cree que la pobre niña no se da cuenta de que a muchas de sus compañeras de clase sus madres les controlan lo que se ponen encima o a qué hora llegan a casa? Yo no soy su madre; ni Dios lo quiera-y fingió horrorizarse con un gesto-pero hasta ahora creo que he sido la única persona que se ha preocupado lo bastante de ella como para echarle broncas y ponerle límites.
Lucas se quedó callado, pensando. Y podía ser que Laura estuviese en lo cierto. Quizá ese era también el problema de Carlos. Sus padres, los de ambos, se los habían quitado de encima como mejor habían podido. Y los chicos a la fuerza tenían que darse cuenta.

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