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DECISIONES 43




La mentada sobrina nieta de Matalascañas llegó al día siguiente a comer y dado que Laura la había prevenido que irían al médico se había esmerado un poco más en el atuendo, lo cual no era decir mucho. La concesión a la elegancia la ponía que en vez del habitual pingo negro y largo que solía usar como vestido, se había puesto una minifalda; negra también pero al menos parecía limpia y sin arrugas. Las botazas militares, más propia de un miembro de la SS, no debían de ser negociables, puesto que daban remate a unas piernecillas flacas como alambres y blancas como la leche. Los pelos totalmente de punta, como si acabase de meter los dedos en un enchufe, aunque menos negros que un mes atrás; señal de que había dejado de teñirlos. De su cuello colgaba un collar lleno de calaveras, a cada cual más siniestra; y la camiseta había conocido tiempos mejores. De todos modos Laura no le hizo ningún comentario. Tan sólo cuando ambas terminaron de comer y estaban recogiendo la mesa le preguntó, como quien no quiere la cosa, sí se había lavado bien.
-Ahora voy a limpiarme los dientes; no seas pesada. Ya me sé la canción de memoria: después de comer, cepillado de dientes, cinco minutos, y hay que usar coloturio-dijo imitando la voz de la anciana.
-No me refería a los dientes. Te pregunto si te has bañado esta mañana en condiciones. No me avergüences delante de Silverio. Ha sido alumno mío. Y ya sabes que tendrás que desnudarte y…
Isabel la detuvo con un gesto y se puso colorada como la grana.
-Claro que me he duchado. Lo hago todos los días. ¿Es qué me estás llamando guarra?
La sangre no llegó al río, pero de todos modos las dos estuvieron enfurruñadas el corto trayecto en coche hasta la consulta, que estaba en el centro del pueblo. Laura encontró un hueco para aparcar detrás del ayuntamiento y cinco minutos antes de la hora prevista estaban en la sala de espera. No tuvieron que esperar; le enfermera las hizo pasar casi de inmediato. Laura pretendía quedarse allí, leyendo las insulsas revistas que siempre hay en esos lugares, pero Isabel le dirigió una mirada suplicante y ella entró.
Todo fue mucho mejor de lo que ambas esperaban. Silverio era un gran profesional y aunque la chica estaba hecha un manojo de nervios porque era la primera vez que iba a un ginecólogo, él supo tranquilizarla debidamente. Contestó lo mejor que supo a todas las preguntas que el médico le hizo y cuando se sentía insegura miraba a Laura, como pidiendo ayuda.
Silverio las despidió en la puerta y cuando se quedó solo se reclinó en su sillón y cerró los ojos un rato. Estaba cansado. El día anterior había sido largo e intenso y aunque no lo reconociese, el resultado de las elecciones le había defraudado un poco; o mucho sí tenía que ser totalmente sincero. Había pensado que el haber nacido en el pueblo y ser uno de los médicos más reconocidos de la zona jugaría en su favor y la gente le votaría; pero no fue así. Tendría que darle la razón a su mujer y también a Laura; porque cada una a su manera le habían dicho que la política no era para él. Las mujeres siempre sabían lo que le convenía, aunque él les hiciese poco caso. Le pasaba con su madre, con su hermana, con Andrea, hasta su hija Leticia, de ocho años, tenía cierta tendencia a dirigirle la vida y decirle siempre lo que tenía que hacer.
Pensó en la señorita Laura, como él todavía la llamaba. De pequeño la adoraba; era su norte y su guía, y todo lo que ella decía era palabra de Dios. Tuvo muchos más maestros a lo largo de su vida, pero ella fue especial. Y no porque fuese cariñosa con los niños; porque desde luego no lo era. Ni siquiera era amable. Tampoco era una persona excesivamente alegre y desde luego de permisiva no tenía nada. Cuando te portabas mal sabías que te esperaba un castigo. Siempre justo; ni mucho ni poco. Adecuado a lo que hubieses hecho. Pero Laura le había influido mucho en cosas tan importantes como el amor por los libros o la afición que seguía cultivando a la poesía. Algunas veces en clase solía leerles poemas; unos versos que ellos no entendían y que a la mayoría le aburrían soberanamente. Silverio tampoco entendía gran cosa, pero sabía que le gustaba como sonaban aquellas palabras. Eran algo parecido a la música, sólo que más suave, más íntimo. Ahora, en los momentos de desánimo o cuando se encontraba muy cansado todavía buscaba solaz y calma en los libros de poesía. Laura le había regalado algo que no tenía precio: saber disfrutar de la Belleza.



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