31 de octubre de 2015

DECISIONES 45



No, Isabel no era una bruja. Tan sólo era una niña muy sola, muy aterrorizada por todo y con mucha necesidad de afecto. Nadie había tenido tiempo para ella hasta que llegó Laura, y de rebote, también Carlos, aunque de él no se fiaba del todo. Con los tíos, ya se sabía lo que pasaba. Desde que Iker la había dejado tirada como se hace con las colillas de los cigarros, sin importarle lo mal que se encontrase, le costaba fiarse de alguien a ese nivel. Pero de momento estaba bien con Carlos. Nunca le había mentido, al menos que ella supiese, y se hacían compañía mutuamente. Le gustaba, eso no podía negarlo; pero no quería pensar más allá. En ocasiones desearía meterse en una cama muy honda y muy grande, taparse con muchos edredones, poner música muy alta y que le reventasen los oídos y el corazón mientras su sangre iba empapando poco a poco la cama y llegaba hasta el suelo, y se quedaba ahí para siempre. Había leído en un libro que encontró en la biblioteca de Laura que las manchas de sangre, aunque se laven muy bien y a simple vista no se aprecien, se mantienen muchos años. Algunas veces, cuando estaba muy mal y todo lo veía negro, necesitaba sentir dolor para saber que todavía era un ser humano. Empezó con cosas ligeras. Cuando sus padres se separaron y ya antes, cuando escuchaba sus gritos y los golpes contra las paredes o las puertas, la vajilla que se estrellaba contra el suelo, se tapaba los oídos primero con las manos y luego con las mantas de la cama. Cuando nada de esto era suficiente y en su cabeza seguía oyendo los gritos, se provocaba dolor. Empezó a pellizcarse fuerte, cada vez más fuerte, hasta que la carne de los muslos se le quedaba amoratada y con marcas. Pero pronto esto no fue suficiente y necesitaba más dolor; el dolor purificador que le hiciese olvidar el otro, el que dolía más y más adentro. Fue cuando empezó a derramarse cera caliente en los brazos o en la tripa. También a veces optaba por no comer durante días y días. En aquella discusión en que abofeteó a su madre estuvo una semana entera sin probar bocado, hasta que en la clase de Inglés se desmayó y la llevaron a la enfermería del Instituto. Le echaron una bronca y la mandaron a casa con una nota para su madre. Nota que nunca le entregó ni tampoco en el colegio se la reclamaron.
Nunca se había hecho cortes, aunque había leído mucho sobre ello en internet. Pero la sangre le daba algo de miedo, y no tenía la voluntad suficiente para rajar su propia carne. Ni la de otros, si lo pensaba con detenimiento. Los cuchillos le asustaban. Prefería matarse de hambre o en otras ocasiones comer porquerías que le provocasen vómitos y dolores de estómago. No se lo había contado a nadie; aunque sospechaba que Laura la invitaba a comer a diario en su casa porque sabía de alguna manera que no se alimentaba de manera correcta. Y allí si comía. No sabía el motivo. Quizá porque le reconfortaba el corazón saber que alguien había cocinado algo para que ella se alimentase.





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