13 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 35




Me había comprometido a ir a ver a mi recién encontrada hermana en dos días, el domingo, y aunque era yo quien había dado el primer paso, ahora me estaba entrando el miedo. El sábado por la mañana cuando estaba a punto de salir al mercado me llamó Nuria, la novia-amiga o lo que fuese de la pequeña Claudia. La encontré angustiada y con ganas de hablar, y me propuso comer juntas al día siguiente. Iba a decirle que tenía un compromiso y tendríamos que dejarlo para otro día cuando de repente una lucecita en mi cabeza me inspiró. La invité a que me acompañase sin explicarle más; le conté simplemente que tenía que ir a un pueblo pintoresco a unos cien kilómetros y que podríamos comer en un restaurante agradable e ir hablando en el coche. Le gustó la idea y quedamos en que la recogería en su casa a las once de la mañana.
Y a las once en punto se hallaba Nuria esperándome. La encontré con la cara demacrada y ojeras, como si hubiese pasado días durmiendo mal; pero cuando entró en el coche me besó en la mejilla y me sonrió. Emprendimos el camino con buen ánimo y antes de que ella me contase nada, quizá para evitar que pasase por la incomodidad de no saber qué decir y darle la confianza de ser yo la primera que se sincerase, le conté lo más brevemente que pude cual era el motivo del viaje. Cuando acabé de hablar ella no dijo nada. Se mantenía sentada, muy tiesa, a mi lado, agarrando el bolso como si en ello le fuese la vida.
-¿Te he escandalizado?-le pregunté.
Se echó a reír, con una carcajada ronca y plena.
-Ni lo más mínimo. Ya comprenderás que con lo que me traigo entre manos, poco hay en la vida que me pueda parecer extraño. En todo caso creo que es una idea estupenda que conozcas a tu hermana. Vosotras dos sois ajenas a los errores que hayan cometido vuestros padres.
Me encogí de hombros y aminoré la velocidad; me había adentrado en una carretera secundaria llena de baches. A ambos lados se veían diseminadas en el campo granjas y tierras de labor, y las vacas que pastaban libremente en los campos. Me recordaba al tiempo pasado en el pueblo, cuando era pequeña.
-Y ni siquiera sé si han sido errores.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que me he propuesto no juzgar a nadie. Mi padre quería, de la manera en que podía, a mi madre, y luego quiso a Alicia, la madre de mi hermana. Puede que las haya hecho felices y desgraciadas a las dos a partes iguales, pero los tres conocían cual era la situación y de alguna manera tácita, los tres la aceptaron. ¿Quién soy yo para juzgar nada? También hay cosas en mi vida que no he hecho de la manera adecuada si seguimos los cánones que nos fijan las normas y estructuras sociales.
-Te entiendo, claro que te entiendo. Mi caso tampoco se ajusta a lo que la gente califica de normal o correcto.
Aparqué delante de una especie de mesón con el techo de teja. El edificio era achaparrado y estaba pintado de un color que en algún momento debió haber sido blanco, aunque ahora se presentaba deslucido y con desconchones. Eran ya las dos de la tarde y había quedado con mi hermana a las cinco. Necesita comer antes, relajarme, y también escuchar a Nuria, que al fin y al cabo me había acompañado para contarme sus cuitas. Me dejó a mí que eligiese el menú, y pedí una ensalada de rúcula y canónigos con queso de cabra y truchas asadas. Para Nuria, un buen vino de la casa; mientras yo me contentaba con una cerveza sin alcohol. Las esclavitudes de llevar coche. Las truchas eran pequeñas y estaban deliciosas, y la ensalada unía a la perfección la untuosidad del queso con el frescor ligeramente picante de los vegetales. Comimos casi en silencio y fue tomando el café cuando la urgí a que me contase lo que le pasaba.
-Mi marido lo ha descubierto-me dijo, simplemente.
-¿Se lo has contado?
-Lo ha descubierto-me repitió. Hay una diferencia. No estaba preparada todavía para contarle nada, pero él me espió y se enteró de todo, y de la peor manera.
-¿Cómo lo descubrió?
Bajó la mirada, doblando un montón de veces el sobrecito en que venía el azúcar. No le di prisa, imaginaba que no era fácil para ella exponer su vida y su intimidad con una mujer prácticamente desconocida.
-Mi marido es informático-me dijo, como si tuviese una tremenda importancia, por más que yo no acertase a imaginar por qué. Quiero decir que gracias a sus conocimientos profesionales entró en mi correo electrónico y leyó los mensajes cruzados con Claudia.
En un gesto involuntario me llevé la mano a la boca, de pura sorpresa. Me parecía del todo improcedente que alguien husmease en la intimidad de otra persona, aunque les uniese un vínculo matrimonial.
-¿Y te lo dijo?-quise saber.
-Pues no inmediatamente. Tuvo la enorme sangre fría de guardar la información al menos una semana y poco a poco iba lanzándome pullas y soltando frases que me hicieron sospechar. Había muchas cosas que solo podía saberlas si hubiese leído nuestros correos.
-Menudo hijo de puta-dije, sin poder contenerme. Al final confesó lo que había hecho, supongo.
-Pues no le quedó más remedio porque le acorralé. Lo peor es que se lo ha dicho a Marina, a mi hija, aunque por suerte no saben ninguno de los dos de quien se trata; solo que es una mujer, y más joven que yo.
No supe qué decirle. La maldad del ser humano es inexplicable en ocasiones, y ésta era una de ellas. Aquel hombre se había sentido tan herido que no había dudado en implicar a su propia hija en el problema, aun sabiendo que le haría daño.

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