2 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 27


-¿Ha pasado algo?-me preguntó mientras se hacía a un lado para que yo entrase.
-¿Tiene que pasar algo para que venga a verte?-me ofendí.
No me contestó, iniciando la marcha hacia la cocina, y la seguí sin decir nada tampoco yo. La ayudé a preparar café, y mientras lo hacíamos las dos permanecimos calladas, como sopesando quien de las dos rompería el hielo. Fue ella la primera en hablar, cuando ya estábamos sentadas tomando café.
-Y bien, ¿qué pasa con Laura y qué te pasa a ti?
-Laura ha conocido a alguien, y están viviendo juntos desde hace pocos días. Después de lo de Eusebio no quería decírselo a su madre ni a la niña y me ha pedido que lo haga yo.
Mi madre se atusó el pelo canoso, aunque no le hacía ninguna falta. No sé cómo pero nunca se le escapa ni un mechón de su sitio. Puede estar cayéndose el mundo pero ella siempre está arreglada y con buen aspecto.
-Pues ya es mayorcita para enviar mensajeros. Cuando una mujer toma sus propias decisiones debe ser capaz de defenderlas ante todo el mundo. Y si no lo hace es que hay algo malo en esa relación.
-No empecemos, Mamá. Yo soy abogado, no juez, y no pienso juzgar la vida de nadie. Laura se equivocó dos veces y ya está, no es un crimen. Tendrá que probar hasta que consiga dar con el hombre adecuado.
Mi madre chascó la lengua, como hacía siempre que no le gustaba el rumbo que tomaba una conversación.
-¿Cuál es el hombre adecuado? Créeme que yo, que tengo cerca de ochenta años, no lo sé todavía. Lo que pasa es que antes las mujeres teníamos más aguante y no rompíamos las familias así como así.
Doblé varias veces la servilleta de hilo sobre mi regazo, más que nada para calmarme antes de decir una inconveniencia.
-Los tiempos, afortunadamente, han cambiado, Mamá. Y te recuerdo que Laura se quedó viuda, no se divorció. Si lo de romper familias iba por mí, ya no me hacen daño tus pullas. Hice lo que era mejor para mí, lo que debía.
-¿Y desde cuando una madre hace lo que es mejor para ella? Antes que en ti misma tendrías que haber pensado en tus hijos, como hemos hecho las demás.
-Mis hijos eran ya mayores cuando me divorcié-le recordé. Pero, ¿qué es eso último que has dicho? ¿Qué has sacrificado tú por tus hijos? ¿Hay algo que yo deba saber?
-Bah, claro que no.
-No me engañas Mamá, si no quieres decírmelo es cosa tuya, pero esa frase se te ha escapado y quiere decir algo. ¿Es que tú tuviste problemas graves con Papá? Nunca me di cuenta.
-Y contenta estoy de ello, eso quiere decir que mi trabajo fue perfecto. Y no voy a decir nada más.
-Claro que lo harás. Porque no me pienso ir de aquí hasta que me cuentes cuales fueron esos problemas.
Como seguía callada y con los labios firmemente apretados, le insistí.
-Tengo derecho.
-Ninguno, no tienes ningún derecho. Aunque igual es hora de que sepas que tu padre no fue nunca el santo que tú imaginabas.
Ahora era yo quien lamentaba haber pedido explicaciones. Quizá debido a mis años, a mi trabajo, o a la vida en general, siempre he sabido que la gente no suele ser lo que parece, sobre todo la gente que nos importa y a la que queremos. Y en ocasiones es mejor no saber. Estuve a punto de decirle a mi madre que se callase, pero ella ya se había puesto en marcha y era imposible detenerla. Supuse que habían sido muchos años, demasiados, guardándose dentro cosas que la habían dañado y ahora que tenía la oportunidad, quería sacarlas fuera. Me dijo que la conversación iba a ser larga y que quizá sería bueno prepararnos algo de cena. A mi madre le encanta la tortilla de patata que yo preparo y aunque el médico le ha prohibido ciertos alimentos, pensé que por una noche no iba a pasar nada. Así que me puse un delantal y empecé por pelar tres patatas de buen tamaño y luego picarlas en trozos pequeños. El secreto de una buena tortilla es que las patatas deben machacarse a fuego lento, sin que se frían, pues entonces quedará una cosa dura y crujiente, desagradable en la boca. Hay que emplear a fondo el tenedor o una cuchara de madera y pisarlas poco a poco hasta que se forma una pasta de patata parecida al puré. Luego se sacan del aceite escurriéndolas perfectamente, se mezclan con el huevo y se cuaja la tortilla. A mi madre, que es una excelente cocinera, este plato tan sencillo le sale mal, yo creo que por falta de paciencia, y por eso cuando quiere comerse una buena tortilla me cede a mí los trastos. La coloqué en la mesa y serví un trozo para cada una y medio vasito de vino tinto. Si la cosa se alargaba me quedaría a dormir allí, mi habitación de soltera siempre estaba preparada y no tendría que conducir hasta mi casa.
-Y bien, ¿quieres empezar?-la invité.
Dejó los cubiertos sobre la mesa y me acercó el vaso para que le sirviese más vino. La reconvine con la mirada, pero se lo serví. Nunca había vivido la experiencia de emborracharme con mi madre, igual tenía que pasar por ello.
-Tu padre era, en líneas generales, un buen hombre y un estupendo padre-se detuvo para tomar un sorbo de vino. Pero por desgracia era un mal marido…nefasto si tengo que ser sincera.
-Nunca os oí discutir, Mamá.
-No, es que no lo hacíamos, al menos los primeros tiempos. Al principio yo era demasiado joven para darme cuenta de nada y no me llamaba especialmente la atención que tu padre llegase siempre tarde a casa o que los domingos tuviese cosas que hacer por la mañana. Estaba acostumbrada a callar y aguantar, como mi madre me había enseñado y como hacíamos siempre todas las mujeres. Luego nació tu hermano, a los dos años llegaste tú y la verdad es que estaba demasiado ocupada para pensar en que cada día él se alejaba más.
Volvió a beber un sorbo de vino y miró al frente, a un punto lejano a través de la ventana. Cuando empezó a hablar de nuevo seguía sin mirarme a los ojos, como si le resultase más sencillo contar las cosas como si yo no estuviese allí. Me acomodé mejor en la silla, algo incómoda, para seguir escuchándola.
-Pero una tarde una buena amiga-y recalcó con ironía estas dos palabras-vino a casa a pedirme la receta de mi tarta de mi manzana y dejó caer que había visto a tu padre comiendo un domingo en una cafetería del centro con una muchacha joven. Yo me repuse como pude y tuve fuerzas, aunque no sé de dónde las saqué, para decirle que ya lo sabía, que era una conocida de los dos y que como yo no pude salir porque tenía algo de fiebre, él había ido solo a comer porque habíamos quedado desde hacía una semana. No sé cómo pude inventarme todo aquello, pero prefería cualquier cosa antes de la compasión. No importa lo mal que vaya tu vida, siempre tienes que presentar la mejor cara ante el mundo e ir arreglada y con la cabeza alta. Puedes estar rompiéndote en pedazos por dentro, pero no permitas nunca que nadie te vea llorar o tenga piedad de ti. Prométemelo, hija-me exigió tomándome con fuerza de la mano.
Le di unas palmadas para tranquilizarla, por un momento pensé que le daría algo…me sacudía la mano con fuerza y me miraba con la cara desencajada, como devorada por un dolor interno más fuerte que cualquier otra cosa. Me pregunté cuánto habría sufrido mi madre en silencio, sin contárselo a nadie, y los esfuerzos titánicos que se vería obligada a hacer cada día para seguir adelante con su vida.
-Durante mucho tiempo no dije nada a tu padre; me limité a observarle cuidadosamente sin que él se diese cuenta. Incluso alguna tarde le seguí. Después de muchas pesquisas supe que tenía una amante.
-¿Quién era ella? ¿Una amante fija?
-Sí, una amante fija. Era una chica de unos treinta años, unos diez más joven que tu padre y que yo. Se conocieron por motivos de trabajo; tu padre llevaba la contabilidad de la empresa en donde ella era secretaria y se veían obligados a reunirse a menudo para temas contables y esas cosas.
-¿Y cuánto duró la aventura?
Mi madre se llevó las manos a su collar de perlas; el mismo gesto que también yo hacía cuando estaba nerviosa.
-No fue ninguna aventura, Guiomar. Y duró hasta que tu padre se murió.
-Pero…Mamá, ¿cómo pudiste consentirlo?
Ella se encogió de hombros, como temerosa de mi juicio; aunque cuando de nuevo habló lo hizo con voz firme.
-Porque si no lo consentía tu padre se iría con ella y nos dejaría a los tres, a tu hermano, a ti y a mí, en la estacada. Lo hice por vosotros, y también por mí, si soy sincera. Una noche ya no puede más y le confesé que sabía todo.
-¿Y él qué hizo?
-Tengo que decir, en su defensa, que desde el principio lo admitió, no me contó mentiras estúpidas para humillarme todavía más. Me dijo la verdad, que se habían enamorado sin pensarlo, que la quería y no podía dejar de verla. Además de eso, tenían una niña de dos años.
-¿Qué estás diciendo?-le dije gritando y tirando al suelo la silla al levantarme con furia de la mesa.
Mi madre no se inmutó, siguió mirando hacia la ventana con toda tranquilidad. No podía creerlo. Tenía una hermana por esos mundos de Dios y no sabía nada. Mis padres nos habían ocultado a mi hermano y a mi toda esta historia durante una vida entera. Me pregunté para qué demonios ahora se estaba molestando mi madre en contármelo. Yo vivía muy bien sin conocer esa faceta de mi padre que me repugnaba y me intrigaba a partes iguales. Antes, hacía menos de una hora, yo pensaba que la mayoría de los hombres se dedicaban a romper el corazón de las mujeres, pero había un hombre en el mundo, mi padre, que era distinto. Y ahora el castillo de naipes se había venido abajo.
-Haz el favor de sentarte y no armar escándalo-me aconsejó mi madre con voz pausada.
-Eres fría como un témpano de hielo, Mamá. Me acabo de enterar de que tengo una hermana por ahí, por el mundo…
-No, por el mundo, no. Vive cerca de aquí.
-Pero, ¿tú te tratas con ella?
-Con ella casi nada, pero a su madre la veo de vez en cuando.
El agua que estaba tomando se me atragantó y me salió por la nariz, poniendo perdida a mi madre, que estaba enfrente y me miraba con profundo desagrado.
-Sencillamente no me lo puedo creer. Eres imposible. Tu marido tuvo una amante y resulta que sois amigas y os vais de compras juntas.
-Pues claro que no, no nos vamos de compras juntas. Pero la vida hay que tomarla como viene, hija mía, y dramatizar lo menos posible. Tuve que aceptarla en mi vida porque no quería perder del todo a tu padre.
No sabía si sentir pena o desprecio, o ambas cosas, por esta mujer que me estaba abriendo su corazón. Me repetía a mí misma que no se debe juzgar, que cada uno tiene sus razones para actuar de determinada manera, pero no era capaz de distanciarme lo suficiente de la situación.
-Además, tú la conoces-me dijo, tan tranquila, al tiempo que recogía la mesa.
-¿Cómo que yo la conozco?
-Sí. ¿Recuerdas aquella mujer que iba a ver a tu padre al hospital cada dos días?
-¿Te refieres a Alicia, su compañera de trabajo?
-Alicia, sí. Sólo que no era su compañera de trabajo, sino su amante.
-¿Y tú le permitías que fuese a verle?
-Sí, lo hacía. Porque tu padre la quería, y se estaba muriendo, así que no me pareció justo impedir que se despidiesen ni que ella le llevase algo de paz. Tu padre nos quiso a las dos, a cada una de una manera, y yo lo acepté. Sufrí mucho y me costó lo indecible acostumbrarme a la situación pero lo acepté. Y no te voy a permitir que me juzgues, no creo que tengas derecho.

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