3 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 28



Me quedé sentada como una muñeca de trapo, mirándola sin saber qué decir. Sentía los brazos y las piernas como ajenos a mi cuerpo, como si fuesen de goma y no me sostuviesen. Había vivido toda una vida engañada, en una situación artificial que en nada se parecía a lo que de verdad pasaba a mis espaldas. Aquella noche me quedé a dormir en mi habitación de siempre en la casa de mi madre y decidí que no quería saber nada más, al menos por el momento. Cuando estuviese más fuerte le preguntaría a mi madre más detalles.

Me marché a la mañana siguiente antes de que mi madre se despertase. No tuve las fuerzas necesarias para enfrentar su mirada. Estaba decepcionada y furiosa a partes iguales. ¿Había algo en mi vida que estuviese bien?
El sábado por la mañana me dediqué a limpiar mi casa a fondo. No hay mejor terapia que ponerse ropa vieja, atarse un pañuelo en la cabeza y frotar con ahínco para hacer salir la mugre, toda, hasta la del alma. Me arrodillé ante la bañera y le saqué brillo hasta que me dolieron los brazos y las rodillas. Trastabillando me levanté y me arrastré a la cocina para prepararme un té. Seguía teniendo un peso en el corazón. Eran demasiadas cosas las que no funcionaban; mi hija con el norte perdido, mi hijo encerrado en la torre de cristal en la que se aislaba del mundo, mi ex marido molestándome todavía cuando sentía que no tenía a mano un saco de boxeo adecuado; Alexander jugando al ratón y al gato, dándome a veces su amor y en otras ocasiones escondiéndose tras una máscara de cortesía. Y ahora mi padre; tenía que enterarme de que mi padre había tenido una amante y yo de regalo me encontraba a mis casi cincuenta años con una hermana.
Estaba pensando en darme una ducha y comer algo cuando tocaron a la puerta. Era Leo, que como siempre se presentaba sin avisar. Había venido en moto, supongo, por las pintas. El pelo, que se había teñido recientemente de un rojo anaranjado, de punta, chupa de cuero con tachuelas, botas de neonazi y pantalones haciendo juego con la chaqueta. Como concesión a la elegancia, una blusa blanca de chorreras en el más puro estilo Felipe II.
-Hay que tomar cartas en el asunto-me dijo mientras abría la nevera para sacar una cerveza.
-¿En qué asunto? Tienes la estúpida tendencia de imaginar que yo estoy dentro de tu cabeza y sé de lo que hablas, pero no tengo bola de cristal.
-Quiero decir-me aclaró-que tenemos que hablar con Luisa Fernanda.
-Ya he hablado con ella; hemos iniciado el proceso de divorcio y al gilipollas de su marido le voy a dejar en la calle.
-No hablo de eso.
Miró a ambos lados como si mi casa estuviese plagada de espías de la CIA.
-¿Es qué no sabes que bebe?
-¿Bebe?
-No repitas lo que digo como una mema. Bebe, sí.
-Mujer, nosotras también nos tomamos nuestros vinitos de vez en cuando. ¿Qué hay de malo?
Me pegó un golpetazo en la muñeca.
-No seas imbécil. Cuando digo beber, me refiero a algo serio. ¿Acaso tú bebes a solas y escondes las botellas vacías en el cesto de la ropa sucia?
La miré fijamente, sin parpadear, en mi mejor estilo “ya no puedo con más novedades en mi vida”.
-Te digo que tiene un problema gordo. Hace dos días fui a su casa y no me abría a pesar de que toqué a la puerta cinco veces.
-No estaría en casa.
-Claro que estaba. Oía la tele a todo trapo. Al final recordé que tenía una llave de su casa, de cuando me la dejó en Navidad para regalarle las plantas cuando se fueron de vacaciones.
-¿Y entraste?
-Entré-confesó en voz baja. Y me encontré un espectáculo lamentable, cuando menos. Estaba despatarrada en el sofá, en bata y pijama, apestando a rancio y con cuatro botellas a sus pies. La metí a empujones en la ducha y la restregué hasta que soltó la primera papilla. Y cuando iba a meter la ropa en el cesto del baño, me lo encontré lleno de botellas vacías.
-¿Has hablado con ella?
-Lo he intentado, pero se niega a reconocer que tiene un problema.
-Pues tendremos que llamar a Sara Patricia para que nos eche un cable. Ella es la profesional.
Sacudió la mano con un gesto de incredulidad.
-Nada, ya lo hice, pero nos ha echado a las dos de su casa. Dice que sólo hablará contigo.
Pues vaya lotería…otro problema más. A ver si recordaba esta noche rogarle al Señor que me llevase pronto a su vera.
Se lo pedí hasta de rodillas, pero para mi disgusto a la mañana siguiente me desperté, y fresca como una lechuga. Había llegado a un punto en mi vida en que me encontraba sin fuerzas, sin ganas de continuar adelante. No estaba pasando una etapa buena pero tampoco era de las peores con las que había tenido que lidiar en mi vida. Pero había una diferencia; cuando los problemas eran muy grandes el afán de salir adelante no me permitía detenerme a pensar. Ahora que mi hijo estaba curado y otras cosas se habían ido solucionando por sí mismas, me permitía sentirme agotada, hastiada hasta un punto en que levantarme por las mañanas era una tarea ímproba. No tenía ganas de vivir; más bien no tenía nada por lo que mereciese la pena luchar. ¿Cómo podía ayudar a Luisa Fernanda si yo misma era una pobre alma que vagaba perdida y sin rumbo?

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