5 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 29



Hacía dos días que me negaba a hablar con Alexander. Supongo que algún día tendría que hacerlo, pero ahora no era capaz. Me había hecho mucho daño, creo que sin darse cuenta; pero eso no hacía que el dolor fuese menor. Por error me había envidado un correo electrónico que iba dirigido a su ex mujer, a la madre de sus hijos. Y lo que leí no me gustó. Advertí todavía una cierta complicidad en la manera en que se dirigía a ella, un grado de intimidad que seguían compartiendo. Si quería ser racional me veía obligada a enfocar las cosas de la manera correcta y pensar que habían compartido una vida y tenían dos hijos pequeños en común, con lo cual era normal que tuviesen que hablar con frecuencia y tratar de muchas cosas. Pero la guinda que coronó el pastel fue que cuando aquella noche hablamos por teléfono me llamase por el nombre de ella. Le colgué sin decir nada y no contesté a las muchas llamadas que me hizo ni a ninguno de sus correos. Yo también estaba separada del padre de mis hijos, también habíamos estados mucho tiempo casados, mucho más que ellos, y para mí era un capítulo cerrado de mi vida. Alexander podía en un momento decir que le había hecho mucho daño para ponerla al poco rato en los altares, como si fuese Santa Teresa de Jesús. Y eso me hacía daño, además de que me costaba tanto llegar a él. Me dejaban desolada esas llamadas plagadas de silencios o que rellenaba contándome como estaba el tiempo en su ciudad. ¿Pensaría que estaba en mis planes hacerme meteoróloga? Odiaba a muerte su estúpida cortesía germana. Le faltaba dar un taconazo y saludarme militarmente. Había en él un punto frío y reservado que le colocaba en un pedestal inaccesible. Era como un cangrejo; un paso hacia delante y dos pasos atrás. Y yo estaba tan cansada…no sabía ya cómo luchar para llegar hasta él, ni siquiera sabía si el esfuerzo merecía la pena.
Pero como siempre, dejé de compadecerme de mi misma y empecé a pensar que había personas queridas que me necesitaban. Los fines de semana no eran mis mejores momentos, así que pensé que sería bueno aprovecharlos. El viernes después de comer empaqueté con mucho cuidado un bizcocho de manzana recién horneado y fui a ver a Luisa Fernanda. En contra de todo lo que mi madre me había inculcado y de las más elementales normas de cortesía, no avisé de mi visita. Si era verdad que bebía a escondidas quería pillarla con las manos en la masa. Tuve que tocar varias veces al timbre y a la cuarta vez la puerta se abrió. Me sorprendió el aspecto de esta mujer que se presentaba ante mí. Siempre había pensado que Luisa Fernanda era la quintaesencia de la elegancia y la corrección. Y ahora mismo tenía ante los ojos a una mujer derrotada, con los pelos desgreñados, mal vestida y con los ojos legañosos. Parecía una puta barata de las que se aposentan en las esquinas mugrientas de los barrios de mala nota. Apestaba a alcohol, a soledad y a desidia. Me miró con ojos vidriosos y se tambaleó sobre sus pies vacilantes, calzados con unas zapatillas raídas. Ella, que ni en casa dejaba sus tacones. Eso me hizo valorar lo mal que debía estar. La empujé hacia la cocina y le preparé un café bien cargado, sin azúcar, que se tomó a regañadientes. Como era de esperar, todavía no se lo había acabado cuando sin poder llegar al baño empezó a vomitar ya en el pasillo. Me felicité a mí misma por tener los suficientes reflejos de apartar la alfombra a tiempo. Sostuve su cabeza y la dejé que soltase hasta la primera papilla. Lo limpié todo sin quejarme y tampoco ella profirió lamento alguno cuando la restregué sin piedad en la bañera, de donde salió con la piel colorada como un cangrejo y el alma hecha pedazos. La ayudé a que se pusiese uno de sus monjiles camisones. La verdad, podía hasta entender que el crápula de su marido se hubiese beneficiado al pendón desorejado de su prima. Aquel camisón que le llegaba por abajo a los pies y por arriba a la barbilla mataba la libido de cualquier ser humano normal.
-¿Estás mejor?-le pregunté después de ayudarle a que se metiese en la cama.
-No-gimió ella, haciendo pucheros como una niña pequeña. Todo me da vueltas y me duele el estómago.
-Pues me alegro. Te está bien empleado, por borracha y gilipollas. Cuando quieras beber, idiota, nos llamas a dos o tres de tus amigas y pillamos juntas una trompa. Cuando una empieza a beber sola se puede acabar con el hígado hecho puré a costa del vino de cartón. Hasta para emborracharse hay que tener clase, pánfila. ¿Tú crees que esta es la mejor solución a tus problemas?
Tuvo la decencia de encogerse de hombros y no contestar, lo cual me dio la oportunidad de seguir insultándola. Sara Patricia no aprobaría esta terapia, pero afortunadamente yo no había estudiado Psicología; así que seguí fustigándola sin piedad.
-¿Te has mirado al espejo? Cuando llegué parecías una puta barata, de las que se venden en las esquinas por cinco euros. Y así acabarás para pagarte el vino de cuarta categoría como no abras los ojos y te des cuenta de que te estás convirtiendo en una ruina. Ahora mismo vas a dormir la mona hasta mañana y cuando te despiertes no volverás a hacer estas locuras si no quieres que te pegue tal somanta de palos que no te conocerá ni la madre que te parió.
Cerré las contraventanas y desde la puerta la amenacé con descerrajarle un tiro si se movía de la cama cuando vi que intentaba incorporarse. Se acostó de nuevo y yo pasé la noche tumbada en el sofá del salón, tapada con una manta y levantándome cada cierto tiempo para comprobar que roncaba como un oso hibernando. Me preocupé de tirar por el fregadero toda su provisión etílica: dos botellas de brandy, una de ron y cinco de vino, del barato. No se andaba con chiquitas.
A la mañana siguiente nos encontramos a las nueve en la cocina y tuvo la suficiente vergüenza para agachar la cabeza.






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