6 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 30




Se acercaba la Semana Santa y aunque hacía tiempo que Alexander y yo habíamos planeado irnos a una casa rural con los niños, en este momento preferiría arrojarme bajo las ruedas de un camión que estar con él ni media hora. No había contestado a ninguna de sus llamadas ni a sus correos, ni pensaba hacerlo hasta que se me pasase el enfado. Iba listo ese alemán asqueroso si pensaba que podía llamarme por el nombre de su ex mujer y mandarme correos equivocados así, de rositas. Le haría sudar sangre si quería que volviese a su vida. ¿Quién se creía que era? No necesitaba a mi lado a ningún hombre para ser feliz. ¿O sí? La verdad es que había vuelto a dormir mal y me levantaba todos los días enfadada, pero se me iría pasando poco a poco. Como la reserva en la casa rural estaba hecha a mi nombre, decidí que sería una buena idea aprovecharla. Así que cuando terminamos de desayunar le dije a Luisa Fernanda que preparase una maleta pequeña con ropa de trabajo.
-¿Ropa de trabajo? No entiendo lo que quieres decir
-Pantalones vaqueros, jerseys viejos, botas de agua, algún impermeable por si llueve.
-¿Para qué?
Me miraba con los ojos entornados, como si yo fuese una aparición.
-Porque te voy a sacar de la adicción a la botella como Guiomar me llamo. Y para eso lo mejor es trabajar duro e irse a la cama hecha polvo. Nos vamos tú y yo a una casa rural, a una granja donde ayudaremos en las labores con las tierras y los animales.
-No cuentes conmigo para eso-me rebatió intentando levantarse de la mesa.
Pero la senté de nuevo y la miré con aire amenazante.
-Vendrás conmigo, por las buenas o por las malas. Tú verás si quieres hacerlo como una persona sensata y normal o prefieres que llame a Leo para que te pegue dos leches y te meta en mi coche mientras estás sin sentido. Aquí no hay terapias que valgan. Terapia de sudor y trabajo te voy a dar yo a ti y verás cómo olvidas pronto la botella. No te quedarán fuerzas ni para rascarte la espalda.
No me contestó; permanecía con los brazos cruzados y aire enfurruñado. Pero la obligué a que me ayudase a despejar la mesa y después de que se hubo vestido yo misma busqué en su armario la ropa apropiada, lo cual fue un ímprobo esfuerzo porque el noventa por cierto de su armario estaba poblado de trajes de chaqueta.
Llegamos a la granja a las dos de la tarde. Estaba en un lugar apartado, a unos doscientos kilómetros de la ciudad, en un paraje entre montañas y con un río en cuyas orillas, ahora que estábamos iniciando la primavera, se habían aposentado las mimosas. Mientras sacaba las maletas del coche iba pensando cuánto me gustaría pasar aquí unos días con Alexander. Sería el lugar ideal para ganarme a los niños e intentar ser felices al menos unos días. Pero él lo había estropeado, y ahora mi deber era intentar al menos que esta loca no echase su vida por la borda por el gilipollas de quien se estaba divorciando.
La habitación que nos habían destinado daba al río y en lo alto de la montaña, a lo lejos, quedaban todavía restos de la última nevada. Miré con tristeza la enorme cama con la colcha blanca bordada…hubiésemos pasado aquí muy buenos ratos el puñetero alemán y yo; pero por sus majaderías ahora me tocaba compartirla con una chalada borracha; que además no quería dormir conmigo.
-No entiendo por qué no puedo tener mi propia habitación-se quejó, colocando su ropa en el armario. No quiero dormir en la misma cama que tú, no estaré cómoda.
-Pues te jodes. Tampoco a mí me entusiasma dormir contigo, no te vayas a creer. Pero no me arriesgaré a que te vayas sola a una habitación y asaltes de noche el mueble bar. Dormirás conmigo, te guste o no. Esta tarde daremos un paseo por los alrededores, pero hay que acostarse temprano, que mañana a las seis toca diana.
-¿A las seis de la mañana?
-Si, a las seis. Tendremos que ayudarle al granjero a ordeñar las vacas, dar de comer a los cerdos y a las gallinas y limpiar el estiércol en la cuadra del caballo. Y luego mientras yo aprendo a conducir un tractor, tú harás quesos con la señora de la casa y te enseñará a amasar y hornear pan.
-Ni sueñes que yo ande en medio de la mierda de animales. ¿Tú te crees que soy tan imbécil como Laura?
-Laura lo hizo por un tío, la muy mentecata. Tú lo harás por ti misma, para salir de la porquería en la que te has metido, condenada estúpida. Cuando acabe el día no podrás ni rascarte la cabeza de cansancio, nada que decir de trasegar litros de vino.
La pesqué atisbando por el espejo del tocador haciéndome burla y sacándome la lengua. Si, que se lo tomase con humor porque lo iba a necesitar.
Me hizo pasar el peor fin de semana de vida, llevándola siempre a remolque y lidiando, vigilante como águila en su atalaya, para que no se lanzase sobre la primera botella que pillase. Nunca me imaginé que la Luisa Fernanda que yo conocía, tan elegante, comedida y religiosa, toda una dama siempre, pudiese emplear aquel lenguaje de camionero embrutecido que a la propia Leo habría sonrojado si fuese capaz de hacerlo. Pero yo no solía arredrarme ante los retos, y cuanto más me gritaba que era una puta desorejada y que me deseaba que pillase una buena gonorrea y una sífilis, más la azuzaba yo para que palease la bosta del caballo hacia una carretilla. Al final del primer día cruzamos la puerta de nuestro cuarto; completamente desmadejadas y malolientes. Afortunadamente el baño tenía ducha y bañera, así que le dije que se diese un baño de espuma y yo me conformé con una ducha. Al principio la muy tonta no quería desnudarse delante de mí.
-No seas imbécil. ¿Es que crees que tienes algo distinto a mí? Puede que varíe el color, el tamaño o el grado de la caída, pero te aseguro que más o menos somos parecidas. Desnúdate de una buena vez, atontada, y métete en la bañera.
Por una vez me hizo caso. Estábamos las dos tan cansadas que pedimos que nos sirviesen la cena en el cuarto. Comimos con apetito y al terminar fue capaz de sonreírme por encima del plato.
-Reconozco que por primera vez en mucho tiempo me encuentro cansada, pero bien.
-Mi abuela solía decir que no hay mejor terapia que el trabajo para todos los males-le respondí.
-Yo creo que se te ha pegado algo de ese alemán tuyo.
Enarqué las cejas; no tenía ni idea de lo que quería decir.
-Por eso de que el trabajo os hará libres.
-Eso lo decían los nazis, y Alexander es solo alemán. Hay una diferencia considerable-puntualicé.
-¿Cómo te va con él?
Su pregunta me dejó sin saber qué decir, quizá porque de todas mis amigas era ella con quien menos confianza tenía en cuanto a la intimidad. Siempre temía que me juzgase. Pero ahora quizá por lo que había pasado estaba más receptiva a escuchar a los demás. No hay nada mejor que el propio sufrimiento para entender mejor el ajeno. Fue eso lo que me animó a hablarle con claridad.
-Ahora mismo mal-le confesé. Muy mal.
-¿Por qué?
-Porque es muy egoísta, como la mayoría de los hombres. Y porque no entiende el enorme esfuerzo que tengo que hacer para llevar esto a buen puerto; si es que hay algún condenado puerto al que ir.
-No entiendo.
Le conté las últimas novedades; el correo equivocado, el llamarme por el nombre de su ex mujer…desnudé ante ella todas mis debilidades; aunque sin ser capaz de mirarla a los ojos. Sólo cuando acabé de hablar fui capaz de mirarla, tal vez temiendo ver rechazo. Pero sin embargo lo que vi fue comprensión y cariño.

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