8 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 31



Las bofetadas y hasta palizas con que la vida nos obsequia casi siempre son para bien. Sé que esto suena un tanto raro y hasta a sermón dominical; pero es verdad, y en mis propias carnes he tenido ocasión de comprobarlo. Soy mejor persona desde que he sufrido; sobre todo porque el dolor me ha dado la suficiente grandeza de espíritu para no juzgar nunca a los demás. Y pienso que eso mismo le ha ocurrido a Luisa Fernanda. Antes de lo ocurrido con su esposo siempre estaba dispuesta a blandir el puñal ante cualquier cosa que se saliese de lo que ella consideraba normal. Y durante ese fin de semana nos acercamos de una manera que nunca pensé que fuese posible. Le conté mis más íntimos anhelos y miedos y ella me entendió y me consoló. Quizá el darse cuenta de que yo era tremendamente vulnerable le sirvió también para entender la terapia tan fuera de lo común que le había impuesto, sin tener derecho a ello. Cuando la noche del domingo la dejé en su casa, me dio un abrazo apretado y me miró profundamente a los ojos. Fueron las gracias mejor dadas que nunca he recibido. Y eso me reconcilió con el mundo, y hasta un poco con Alexander. Cuando vi que me había enviado diez correos entre el sábado y el domingo decidí contestarle; sólo para hacerle saber que estaba bien pero que necesitaba tomarme un tiempo para pensar y poner en orden mis ideas. Era más de lo que habría podido hacer simplemente tres o cuatro días antes.
Los lunes para mí nunca son tristes, todo lo contrario. Los malos días, los que me llenan de miedos y atan a mi alma una extraña melancolía que a veces hasta me hace pensar en lo agradable que debe ser desaparecer, son los domingos. Pero cuando llega el lunes todo va bien, porque de nuevo entramos en la rutina, en el trabajo, en las cosas que conozco y que controlo; donde nada puede salir mal porque yo manejo los hilos. Por eso me levanté aquel lunes llena de energía y contenta de empezar una nueva semana. Cuando abrí la ventana de mi cuarto un débil sol tempranero se me coló y sacó destellos a la madera del suelo. El frío todavía no se había ido; pero había luz, y por eso me puse un vestido de color vainilla, quizá algo impropio todavía de la estación; y encima una gabardina roja que me reconciliaba con el mundo y sobre todo y más importante, conmigo misma.
Pasé un día muy agradable en el trabajo y volví a casa agradablemente cansada, que es más de lo que podía decir en los últimos días. Cuando salí de la ducha mis planes inmediatos eran tomarme una ensalada, anestesiarme con alguna serie sobre asesinatos en la televisión, porque no hay nada como algo de sangre para conciliar el sueño, y dormir diez horas. Por eso me sentó tan mal oír el timbre, y el de la puerta, no del portal de entrada, lo cual quería decir que alguno de los vecinos se había dejado de nuevo abierto el enorme portalón que se supone que nos aislaba de los peligros de la calle.


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