12 de octubre de 2015

LA REAL ORDEN DE LAS PERDULARIAS 34


Eran apenas las seis de la tarde cuando salí del piso de Alicia, pero no me apetecía irme a mi casa, donde nadie me esperaba. Y la soledad es mala consejera, sobre todo cuando tenemos miedo y dudamos de los pilares que han sostenido nuestras vidas. Me daba cuenta de que los cimientos en los que había edificado mi casa se tambaleaban. Nadie como alguna de mis amigas para quitarme las penas. Y entre todas ellas pensé en Sara Patricia; no sé por qué. La llamé y quedamos en su casa, aunque me avisó de que también Leticia estaría allí. Me alegré; necesitaba el frescor de alguien inocente como ella para alejarme de la pesadilla surrealista en que se había convertido mi vida en los últimos tiempos, con hermanas nuevas, amantes silenciosos pero irresistibles, y niñas difíciles.
Ya me estaban esperando con el café servido cuando llegué. Pero apenas entré en el salón Sara Patricia se me quedó mirando con ojos vidriosos y rictus amargo.
-Eres una guarra asquerosa.
Pensé que se había vuelto loca. Acababa de entrar y ya estaba insultándome. ¿Qué podía haber hecho en menos de cinco minutos? Ni siquiera me había sentado. ¿Olía mal, había pisado mierda de perro y le estaba manchando la alfombra? No, no podía oler mal, me había duchado antes de ver a Alicia y llevaba puesto mi perfume de siempre. En cuanto a lo segundo, me miré la suela de las botas con disimulo, y estaban limpias.
-Te llamé antes de venir, con lo cual ya me dirás por qué te pones así. Si te molesto me voy.
-¿Tenías que venir vestida de esa manera? ¿No te he escuchado yo con tus pesares con ese maldito alemán gilipollas?
Me pasé la mano por el pelo intentando calmarme. No tenía ni la más remota idea de lo que quería decir. Ya ni me acordaba qué ropa me había puesto y aproveché para echarme un vistazo en el espejo de la librería. Llevaba unos vaqueros que tenían al menos veinte años, pero que me seguía poniendo porque eran muy cómodos y una camiseta con estampado del que yo llamaba estilo Rambo, como de camuflaje militar. ¿Estaba prohibido? Y de repente una luz se me hizo en la cabeza, algo semejante a lo que debieron de sentir los hombres de las cavernas al descubrir el fuego. Aunque tengo para mí que como la Historia la han escrito ellos, los hombres, nos han ocultado información y han omitido que el fuego lo inventaron varias comadres cavernícolas para comer mejor y calentar la cueva.
-¿Te recuerdo al novio de la muerte? Pensé que ahora que le habías catado y no tenías dudas de su hombría estaríais a partir un piñón.
Leticia me miró con asombro y se llevó la mano a la boca en un gesto de incredulidad.
-¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿No sabes que Manolo el legionario la ha dejado plantada?
¿Y yo que iba a saber? Hacía días que no ganaba para disgustos con mis propios problemas y estaba algo desconectada de las chicas. La mirada rencorosa de Sara Patricia me demostró que estaba dolida no solo por el abandono del novio de la muerte, sino también porque entendía que yo le había dado la espalda.
-Bueno, pues lo siento. ¿Qué puedo decir? ¿Vais a decirme que ha pasado?
Leticia puso morritos, algo que siempre hacía cuando se preparaba para impactar, fuese a un hombre, seduciéndole con sus encantos, o para soltar una bomba informativa entre sus amigas.
-Él es muy tradicional y piensa que ésta es un putón-resumió de manera rápida.
Decidí que las explicaciones iban para largo, y como me dolían los pies, me senté en el sofá, me quité las botas y recliné la espalda, rogando a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, que este par de chaladas no me desestabilizasen más.
-Define putón-le pedí a Sara Patricia, porque Leticia nunca había entendido muy bien que definir es contar algo en pocas palabras.
-Básicamente opina que cuando él se vaya a Afganistán, dentro de quince días, yo habré de ponerme un cinturón de castidad, encerrarme en mi casa y salir única y exclusivamente para ir a trabajar. Bueno…creo que también tengo permiso para ir a ver a mi madre y a la iglesia, los domingos. Él es muy religioso-me explicó.
Me abracé las rodillas en un intento por poner en orden mis ideas y saber qué contestarle. Pero, ¿Qué se le puede decir a una mujer de más de cuarenta y cinco años que siempre ha hecho de su capa un sayo y cuya lista de amantes era más larga que mi brazo cuando intentan meterla en una máquina del tiempo y llevarla a las Cruzadas?
-¿Qué piensas?-me preguntó, encendiendo un cigarrillo. Y eso me preocupó. Había dejado de fumar cinco años atrás, cuando su padre se murió de cáncer de pulmón. Su desesperación debía de ser total.
-¿Qué le has contestado?-le pregunté yo a mi vez, para ganar tiempo.
-Que se meta el cinturón de castidad por el culo y me deje en paz de una puta vez.
Ahora sí que me preocupé. Sara Patricia no era mal hablada; a diferencia de Leo. Si estaba diciendo esas barbaridades es que se había quedado muy colgada de ese maldito legionario y esto la estaba haciendo sufrir.
-Habéis roto, supongo.
Resopló como un toro al que están a punto de soltar a la plaza.
-Pues a ver…si te parece me quedo en casa tejiendo colchas para nuestro tálamo nupcial. Si ese imbécil disfrazado de Rambo cree que se le puede poner puertas al campo…va listo. Antes le corto los huevos, los frío y se los sirvo de desayuno.
Incluso yo, que no tengo esas cosas que cuelgan, me estremecí al oírla hablar. Si le había contestado eso, y no dudaba de que era capaz de decir cosas todavía peores; me imaginaba que el pobre hombre estaría atemorizado. Comparado con la ira de Sara Patricia, los ataques talibanes eran un juego de niños.
Me quedé a cenar con ellas y Sara Patricia me hizo partícipe de todo lo que Manolo le había prohibido que hiciese en su ausencia. La verdad es que la lista era tan larga que más le habría valido a la pobre hacerse carmelita descalza.
-Bueno, pues no te desesperes, guapa. Si ese Manolo es tan gañán y troglodita, te has librado de una buena-la consolé.
Por la manera en cómo empuñó la cucharilla para tomarse el flan me di cuenta de que ella no pensaba haberse librado de nada, ni bueno ni malo.
-¿No estás de acuerdo conmigo?-le pregunté.
-Por una parte, si
-¿Y por la otra?
Encendió otro cigarrillo sin preguntarnos nada, y las dos nos callamos, aunque el humo nos molestaba a ambas. Pero ahora necesitaba de una válvula de escape, no era hora de poner normas.
-Pues por la otra más que haberme librado de una buena, he perdido la oportunidad de mi vida.
-Vaya…me asombra oír eso. Por lo que me has contado ese tío parece recién salido de un comic de caballeros cruzados; esos que dejaban a sus damas en las almenas esperando su vuelta y con salva sea la parte a buen recaudo. Pensaba que ibas a seminarios feministas y todas esas vainas en las que yo nunca he creído.
Me miró con los ojos entornados por la rabia y con un gesto airado me hizo entender que estaba mejor callada. Esta era una vieja discusión entre ambas. Ella era una abanderada feminista y con Leo al lado eran dos temibles amazonas dispuestas a destrozar a cualquiera que no tuviese vagina. Y yo, aunque había tenido una mala experiencia con mi ex marido no pensaba, ni por asomo, que todos los hombres fuesen de la piel de Barrabás. Más bien creo que la vida se compone de buenas y malas personas, sean hombres o mujeres.
-El caso es que el legionario es un portento en la cama-confesó, apagando el cigarrillo con furia en el cenicero.
-¿Y qué?-le refuté. No es el primer hombre experto entre las sábanas al que conoces. Todavía recuerdo cuando te pasaste cuatro días sin salir del hotel en Oslo, con aquel dios rubio que parecía la rencarnación de Thor.
-Es que no es solo eso-tuvo que confesar, a desgana-aunque también influye.
-¿Entonces?
-Pues que me hace sentir cosas que nunca había sentido; me cuida, me protege…con él tengo la sensación de que necesito a alguien.
Empecé a recoger la mesa. Leticia me ayudaba y nos miraba, por turnos, a una y a otra, como en una partida de tenis.
-No sé hasta qué punto es bueno necesitar a alguien, Sara.
-Tú quieres a tu alemán-me reprochó.
-Exacto, le quiero, tú lo has dicho. Le quiero mucho; pero creo que no le necesito. O al menos no dependo de él. Es decir, necesito saber que está bien, que me ama, oír su voz, pero si se fuese de mi vida, ¿qué cambiaría en ella? Estaría triste una buena temporada, sufriría, pero seguiría con mi trabajo, con mis hijos, con vosotras…Por eso me da miedo cuando precisamente tú dices que le necesitas.
-¿Es qué soy distinta a las demás?
-Sí, claro que lo eres. Nadie es igual a nadie. Tú siempre has sido libre, a veces creo que incluso demasiado, y no sé hasta qué punto te conviene un hombre así en tu vida.


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